FICHA TÉCNICA



Título obra Murmullos

Notas de autoría Juan Rulfo / autor de Pedro Páramo

Dirección Germán Castillo

Elenco Rodrigo Cervantes, Fidel Monroy, Rafael Pimentel, Humberto Yañez, Ángeles Cruz

Escenografía Germán Castillo

Iluminación Germán Castillo

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Rodolfo Obregón, “Murmullos (I)”, en Proceso, 17 febrero 2002, pp. 82-83.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Murmullos (I)

Rodolfo Obregón

Reverbera aquí la voz altiva y sonora de don Rodolfo Usigli: “Así es como aparece el Teatro en México, y así es como se manifiesta México en la abstracta y alta tierra del Teatro: Telón”.

A falta de un padre visible, o de la obra madre, definitiva, que identifique al drama con su país, los hacedores “teátricos” de aquestos rumbos han buscado insistentemente la mexicanidad escénica en la voz de su patriarca literario, don Juan Rulfo, y se afanan en dotar de un rostro tangible a su criatura señera, Pedro Páramo, o en crear el paisaje concreto de su Llano en llamas.

Ante la ausencia de un repertorio mexicano, sujeto a periódicas revisiones de actualidad (el silencio en torno a los 50 años de El Gesticulador fue la prueba definitiva de nuestra lamentable orfandad), la propia mirada busca cobijo en los parajes reparadores del escritor jalisciense.

Ya sea en la voluntad de crear un eco dramático más o menos evidente, presente en múltiples autores, tales como Óscar Liera (Camino rojo a Sabaiba) o Juan Tovar (Los encuentros); ya sea en la pretensión de dar cuerpo a la voz rulfiana directamente sobre la escena, según lo han pretendido directores como Mauricio Jiménez (quien además de la escenificación de Los encuentros realizó una versión propia en Canadá), José Luis Cruz, Enrique Mijares y una auténtica legión de grupos y creadores escénicos de todo el país.

En la inmensa mayoría de estos casos, reaparece inevitablemente la búsqueda de identidad que obsesionó al arte y el pensamiento mexicanos durante la primera mitad del siglo XX, la asociación mecánica del ámbito rural con una anhelada idiosincrasia escénica.

Y en la mayoría de los casos –también inevitablemente–, estas visiones terminan por revelar la distancia recorrida, los amplísimos matices de la realidad contemporánea, el divorcio entre aquellas formas asociadas al origen y los modos actuales de la escena y el temperamento de sus intérpretes.

Como me dijo alguna vez Germán Castillo, responsable de la más reciente adaptación de Pedro Páramo (que bajo el título de Murmullos se presenta en el Teatro El Galeón), refiriéndose a otra obra de orígenes: “aquí los actores salen sobrando, a estas figuras fantasmales les estorba el bulto”.

Experimentado hombre de teatro y buen aficionado a las letras, el primer acierto de Germán Castillo es situar su versión rulfiana fuera de esta obsoleta discusión y plantearla, a cambio, en los vigentes términos del tránsito entre lo narrativo y lo dramático, entre la emocionalización del teatro y el carácter descriptivo de la novela.

Así, estos Murmullos avanzan sobre los filosos pasos que separan el terreno explícito del escenario del vaporoso paisaje de la palabra, revelan el carácter inmaterial de los conflictos, o se adentran en la prodigiosa confluencia del estallido poético que el director ha explorado, una y otra vez, en diversas situaciones escénicas (de Las musas si existen y son muy cachondas, a partir de poetas de La Espiga Amotinada, hasta su anterior puesta en escena sobre las Palabras de Xavier Villaurrutia).

Director, escenógrafo e iluminador, Castillo despliega su idea a través de un eficaz dispositivo escénico (del que nos ocuparemos en la próxima entrega) que, no obstante la clara liga sensible con su hacedor y su innegable atractivo, carece del aliento necesario para insuflar vida plena a sus desvanecentes figuraciones. Entreacto.