FICHA TÉCNICA



Título obra Como te guste

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría José Ramón Enríquez / versión

Dirección Mauricio García Lozano

Grupos y compañías Teatro del Farfullero

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Rodolfo Obregón, “Como no me gusta”, en Proceso, 10 febrero 2002, pp. 65-66.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Como no me gusta

Rodolfo Obregón

Tomo prestado el título de una famosa “carta abierta” que Peter Brook dirigió a William Shakespeare, para responder a las preguntas que plantea Como te guste, la actual versión de As you like it que hace de El Granero su bosque de Arden.

En aquella carta el joven Brook reconocía que, en contra de la opinión generalizada de los críticos de la época, esta comedia no era precisamente la forma en que el bardo de Stratford-upon-Avon le gustaba.

Pero el gusto personal importa poco, así sea el del gran director, quien años más tarde reconocía que la confirmación de una afinidad personal es un punto de partida limitante, para un grupo de creadores, en comparación con la posibilidad de descubrir algo insospechado (y compartirlo con el espectador) al trabajar sobre una obra.

Estoy seguro que los miembros actuales del Teatro del Farfullero (un bello nombre en trastabillante busca de identidad artística) han descubierto muchos algo en este apenas fragmento del universo shakespeareano, y los comparten con un público que lo celebra. Y eso me gusta.

El novel elenco, en transición entre la escolaridad y el profesionalismo (me temo que la mayor parte de nuestro teatro se mantiene en esa etapa), viene a confirmar una vieja consigna del mundo de las tablas: no hay mejor escuela que el repertorio.

Pero al mismo tiempo, estos jóvenes comandados por Mauricio García Lozano me han ayudado a entender como no me gusta que sean tratados los textos clásicos: siguiendo el estilo (peligro mortal, señalado por el mismo Brook) que en México fijó el entonces vital Teatro Universitario.

Seguramente, el mayor descubrimiento de los farfullantes actores tiene que ver con el sentido del juego presente en una obra que, como bien señala Alfredo Michel, gusta de “desnudar con el encubrimiento”.

Mas al multiplicar el juego a través del cambio permanente de roles, la puesta en escena impide identificación alguna entre actores y personajes, y así, los cuestionamientos que Shakespeare siembra sobre la verdad absoluta de las diversas identidades (sexuales, en este caso particular) se transforma, peligrosamente, en un relativismo cómplice de la irresponsable vacuidad posmoderna.

No me gusta, pues, que el juego se convierta en una nueva forma de encubrimiento, así como sus previsibles formas escénicas (canciones y coreografías) tienden a ocultar la palabra que, en la versión de José Ramón Enríquez, llega al espectador atento de un modo accesible y al mismo tiempo preservador de riqueza y misterio.

No me gusta que nuestro teatro permanezca instalado en una agradecible energía juvenil, resultado del esfuerzo conjunto, pero que deja de lado la capacidad de complejizar individualmente; y, sobre todo, que en contra del espíritu desmitificador de Poesía en Voz Alta, de su énfasis en la actualidad de toda gran obra, las formas que de ese movimiento derivaron sirvan ahora para establecer un tono uniforme que subraya conservadoramente el carácter “clásico” de un texto.

En una hermosa cita que remata la Hoja del espectador del mes de enero (que el INBA otorga junto al programa de mano de la obra), el padre del naturalismo escénico, André Antoine, afirma: “La primera vez que dirigí una obra, me di cuenta que el trabajo estaba dividido en dos partes diferentes: una era muy tangible, es decir encontrar la escenografía correcta para la acción y la manera apropiada de agrupar a los personajes; la otra era impalpable: esto es, la interpretación y fluidez del diálogo”.

Definitivamente, no me gusta decir cada semana lo que no me gusta de aquello que se lleva a cabo sobre nuestros escenarios. Pero es misión del crítico describir (ya no enjuiciar y ni siquiera analizar) justamente la materia intangible del hecho teatral, aquello que no pueden fijar los medios mecánicos de registro y que constituye su esencialidad. Describirla cuando sucede, o jugar el triste rol de desenmascarar su ausencia.