FICHA TÉCNICA



Título obra El lector por horas

Autoría José Sanchis Sinisterra

Dirección Ricardo Ramírez Carnero

Elenco Miguel Flores, Fernando Becerril, Emma Dib

Escenografía Arturo Nava

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Rodolfo Obregón, “El lector por horas”, en Proceso, 3 febrero 2002, p. 73.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El lector por horas

Rodolfo Obregón

En el principio fue la oscuridad; y en ella, la palabra. Al hacerse la luz, el Teatro de Santa Catarina revela una prometedora sorpresa: su hexágono irregular ha sido aprovechado como pocas veces y transformado en una elegante sala y biblioteca.

Una discreta koken (un auxiliar de escena del teatro clásico japonés cuya presencia, en la convención, es ignorada por el público) dispone el escenario acompañada por una música sutil y fija la atención de los espectadores.

El mecanismo está en marcha. Dos actores de peso, Miguel Flores y Fernando Becerril, establecen con calma aparente los términos de la relación. Ismael leerá, sin interferir con su interpretación, a la invidente Lorena.

La promesa inicial se materializa en la sobriedad de ambos actores, en la indescifrable pero evidente tensión del diálogo. Y un momento luminoso sobreviene: en el largo oscuro, que inquieta al espectador y lo remite a las tinieblas del personaje, se escucha la voz del lector que da sonora claridad a un fragmento de El Cuarteto de Alejandría.

A partir de entonces, la situación avanza entre la tersa vitalidad de la lectura y el diálogo entrecortado que refleja la incapacidad cotidiana de la escucha. Una bella y certera paradoja sale a flote, el auténtico flujo de la vida queda mejor atrapado en el artificio de la literatura.

Conforme Lorena descifra, en la supuesta transparencia del lector, su oscuro pasado, el espectador comienza a presentir el estancamiento. En realidad, no se requiere estar ciego; el teatro –está claro– se percibe con el oído.

Los tres actores engañan a la vista y, como lo afirma el personaje sutilmente caracterizado por Emma Dib, “cada vez mienten mejor”. Pero la tensión inicial ha desaparecido y la calma exterior, las construcciones físicas, revelan ahora la ausencia de vibraciones sensibles.

La delicada puesta en escena, firmada por Ricardo Ramírez Carnero, se sumerge así en un ritmo monocorde al que no ayudan los largos y repetitivos enlaces. El atractivo espacio diseñado por Arturo Nava permanece –destino de biblioteca– inexplorado.

Tampoco colabora el texto de José Sanchis Sinisterra (sin lugar a dudas, el autor español más representado en México y admirado maestro de algunos dramaturgos locales) que se regodea en el juego de incomunicaciones y, en su segunda parte, abandona los contrastes con el mundo de la literarura para concentrarse (es un decir, pues la obra se alarga y alarga reiterativamente) en la vida oculta y tormentosa de sus protagonistas.

La “impronta” pinteriana ya se ha hecho demasiado evidente cuando el autor, como si saliera al paso de una posible acusación, pone en boca del lector, descubierto novelista y plagiario, una defensa de la intertextualidad, un alegato autorreferente que desmitifica la idea de una creación absoluta.

Los argumentos son válidos, desde luego. Pero entre el modelo inglés y El lector por horas se interpone una barrera idiosincrásica. La violencia brutal que se oculta tras la refinada existencia de los anglosajones, su dramática ausencia de dramatismo (como lo ha señalado Eric Bentley), podrían encontrar paralelos con las formas de convivencia de las sociedades hispanoamericanas; su trasposición literal se percibe de inmediato como impostura.

Cierto, nada en el texto (tal y como se “lee” en su versión escénica) nos indica el lugar exacto de la acción. Quizás por lo mismo, la dolorosa incertidumbre que provocan las obras de Harold Pinter se convierte, a través de su secuela española, en indiferencia frente a la ambigüedad.