FICHA TÉCNICA



Título obra La Luna en Escorpión

Autoría Carmina Narro

Dirección Carmina Narro

Elenco Humberto Solórzano, Irela de Villers, Tony Marcín, Rodrigo Johnson

Escenografía Carlos Trejo

Espacios teatrales Casa de la Paz

Referencia Rodolfo Obregón, “Cabañuelas”, en Proceso, 27 enero 2002, p. 68.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Cabañuelas

Rodolfo Obregón

“Mal empieza la semana para el que ahorcan en lunes”, dice un bufón shakespeareano. Y mal empieza el calendario teatral cuando en su primer estreno del año se coloca La Luna en Escorpión.

No es que esta obra, escrita y dirigida por Carmina Narro y que realiza temporada en la Casa de la Paz, sea peor que tantas otras del año que se ha ido; de hecho, es muy superior (¿y cómo no?) a la anterior escenificación de una obra suya que, como me dijo una estimada colega, “es mejor pensar que nunca sucedió”.

Incluso, uno puede creer (sin llegar a estar de acuerdo con Sergio Zurita, quien en el texto del programa de mano crea unas expectativas a todas luces injustificables) que se trata de un texto bien construido sobre los rencores secretos de un grupo de supuestos amigos.

Lejos de un insípido enfoque de realismo cotidiano, las situaciones y los personajes se estiran, con una buena dosis de alcohol como detonador, hasta el limite en que revientan la convencional noción de realidad. El Señor disfrazado de pato y la Mujer que pasea un arnés sin perrito, son rasgos perturbadores del enrarecido entorno en que estos amigos se envidian, no tan secretamente.

O debería decir “serían”; ya que en la puesta en escena de la propia autora todo elemento perturbador brilla por su ausencia, pues sus intenciones (clarísimas en el esquema) jamás se materializan en el espacio y el cuerpo actoral, integrado principalmente por Humberto Solórzano, Irela de Villers, Tony Marcín y Rodrigo Johnson.

El tono coloquial de la convivencia amistosa naufraga en la habitual confusión de nuestros actores y directores (para no hablar de los malhadados cineastas nacionales que pretenden desesperadamente imitar la cotidianeidad del habla “americana”, sin tomar en cuenta las peculiaridades del espacio lingüístico en que llevan a cabo sus relatos) entre la naturalidad de la vida ordinaria y la naturalidad construida que la escena exige.

¿Qué puede pues corroer la envidia, si el campo de tensiones subterráneas se sustituye por una morosa actitud autoimitativa? Los estallidos de violencia, enfatizados por la dirección con cambios de ritmo (ralenti) o la presencia de gesticulaciones extremas que acentúan un tono paródico, quedan sólo esbozados, ya que vienen a barrer sobre lo barrido.

Lo mismo sucede con el espacio diseñado por Carlos Trejo, atractivo como concepto (una plataforma giratoria que encierra, tras sus reducidos fotomurales, un departamento convertido en caja de Skinner), pero insuficiente para desencadenar el vértigo de la borrachera emotiva.

Así, la intensidad del resentimiento, la cólera, la “tendencia a la introversión que encubre violentas pasiones internas”, características que deberían acompañar a La Luna en Escorpión, se reducen a un incumplido presagio astrológico.

Y así, la primera señal de las cabañuelas teatrales anticipa la tibia temperatura atmosférica de la escena para el año que comienza: una avalancha de obras sin algo específico que decir o sin la fuerza vital suficiente para que ese algo cobre alguna importancia.