FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace una semblanza crítica del escenógrafo Alejandro Luna, a propósito de haber recibido el Premio Nacional de Artes

Referencia Rodolfo Obregón, “Alejandro Luna”, en Proceso, 20 enero 2002, pp. 67-68.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Alejandro Luna

Rodolfo Obregón

La concesión del Premio Nacional de Artes 2001 al arquitecto y escenógrafo Alejandro Luna es un acontecimiento que no puede pasar inadvertido pues, por segunda ocasión apenas, se considera digno de semejante reconocimiento, en el área de Bellas Artes, a un creador teatral (el anterior había sido el director y también dramaturgo Héctor Mendoza).

Este hecho viene a coincidir con otro no menos extraordinario: la edición de lujo de un libro que reúne su trabajo como escenógrafo entre 1959 y el año 2000 (Alejandro Luna, escenografía, El Milagro/FIC/CONACULTA/INBA). Cuatro décadas plasmadas en las deslumbrantes imágenes de uno de los pocos hombres de escena mexicanos (no el único, como afirma Hugo Hiriart en su prólogo) que puede hablarse de tú con los grandes colegas del orbe.

El caso de Luna sí es, sin embargo, ejemplar. El mismo Vicente Leñero, incapaz de evitar los reproches a los directores de escena, reconoce en la introducción del libro que Luna llegó simplemente, junto a Margules y el elenco de De la vida de las marionetas (1983), a “esa perfección que sólo el recuerdo mantiene viva”.

Y la alcanzó, junto a todos ellos, haciendo palpable su propia afirmación: “He llegado a pensar seriamente que la escenografía no existe (…) existe el teatro.” Aserto que coincide con las declaraciones de Margules quien, justo en ese tiempo, se enlistó como su coescenógrafo y lo nombró su codirector, y quien años más tarde, reconoció a los actores como sus auténticos maestros.

Pasado este periodo de plenitud escénica, que otros mantendrán vivo en la memoria de la alucinante teatralidad del segundo acto en The Rake’s Progress de Stravinski-Auden (1985), o en la metafórica profundidad que Luna aportó a Julio Castillo para Armas blancas (1982), o –postrer destello– en El hacedor de teatro (1993) al lado de Juan José Gurrola… pasado ese momento, y ante el eminente fin de ciclo del teatro universitario, Alejandro Luna optó por el más alto profesionalismo (en el sentido liberal del término) y modificó su pensamiento para terminar afirmando: “escenografía es dirección.”

Desde entonces, los directores (salvo alguna honrosísima excepción) le estorban y sus diseños espectaculares buscan disminuir su presencia. Dueño de la luz y mago de la escena, no tiene, por lo general, el menor problema para desaparecerlos.

Algo ha perdido él. Pero más ha perdido el teatro, así, con la amplitud con que lo concebía y realizaba en los años que se han ido. Pues mientras algunos de sus antiguos colegas se instalaron acríticamente en sus innegables prestigios, o se atrincheraron en las covachas del teatro, Alejandro Luna salió, solo y su alma, solo y su descomunal oficio, a la conquista de nuevos territorios: del escenario operístico de Bellas Artes –que llegó a monopolizar–, a los teatros de Estados Unidos, Colombia y la mítica Siberia.

De cara al actual teatro mexicano, que no se distingue precisamente por la presencia de genio (como nos lo hizo ver, en corto, Georges Banu), el trabajo escénico de Alejandro Luna mantiene, donde sea, esa cualidad imprescindible de la obra de arte.

Su genialidad, declarada a gritos por Margules y aceptada hoy por cuantos conocen su trabajo, se sustenta en una imaginación libre de cualquier cortapisa, en su proverbial “poder de reflexión provocadora” (las palabras pertenecen a Luis de Tavira) y en una devastadora capacidad crítica que no se matiza cuando cae sobre sí mismo y de la que puede dar fe cualquiera que se haya sentado con él y se haya tragado el humo de sus imprescindibles cigarrillos.

En pocos como él (para no cometer el mismo error) se hace patente aquel método que dicta: “la mejor manera de encausar una vocación intelectual es descorazonándola”.