FICHA TÉCNICA



Título obra Retorno de Electra

Notas de autoría Enriqueta Ochoa / autora del poemario homónimo; Mariana Lecuona / adaptación

Dirección Rogelio Luévano

Elenco Patricia Marrero

Escenografía Tere Uribe

Iluminación Tere Uribe

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Referencia Rodolfo Obregón, “Tentaciones poéticas”, en Proceso, 9 diciembre 2001, p. 82.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Tentaciones poéticas

Rodolfo Obregón

A riesgo de cometer un sacrilegio, que hace público lo que pertenece a un ámbito de intimidad, los hacedores de teatro se enfrentan permanentemente a las tentaciones de escenificar poesía.

Lejos de aquellos textos escritos con la finalidad originaria de reunir el arte de decir con el no menos complejo arte de escuchar, el desacato implica vulnerar la relación directa del lector con el poema, de establecer un innecesario intermediario entre el imaginario del autor y la sensibilidad de quien en él abreva.

Y, sin embargo, dichas tentaciones continúan atrayendo a los hombres de fe con una doble promesa: convertir en carne el universo específico del verbo y devolver al tablado su maltrecha condición de espacio que invita a levantar el vuelo, a abrir el alma.

El primer espejismo parece seducir a un grupo de creadores coahuilenses que en Retorno de Electra, espectáculo que se verifica los miércoles en la Sala Xavier Villaurrutia de la Unidad del Bosque, rinden homenaje a la obra de Enriqueta Ochoa.

Encadenados por Mariana Lecuona, los poemas de Ochoa conducen al espectador, desde el balbuceo que antecede a la formulación verbal hasta el gran poema místico que da nombre al espectáculo, en un itinerario que subraya las constantes temáticas de su escritura (la muerte) o los acontecimientos significativos en su biografía (el viaje).

Con un cuidado que denota gusto y sensibilidad, la situación y las imágenes escénicas que organiza Rogelio Luévano, oscilan entre la ilustración de ambos aspectos (como los previsibles objetos que acompañan a la única intérprete: valijas, cofre, muñeca y sombrero) y el despojo de las convenciones representativas para crear un marco abstracto de enunciación donde pueda refulgir la imaginería propia del poeta.

Esta segunda posibilidad, concretizada en el limpio y sugerente espacio de Tere Uribe, domina la última parte del espectáculo y se afirma como un legítimo intento de crear, a la manera de la plástica abstraccionista, un espacio de autoencierro que abra la mente del espectador y facilite su posibilidad de escucha.

A pesar de ello, y de la honestidad y entrega de Patricia Marrero, el efecto no logra producirse pues tanto la actriz como el director se dejan seducir por un antiguo canto de sirena: teatralizar su material literario otorgando contenidos emocionales a cada una de sus partes.

Esta última tentación tiene por fuerza un efecto contraproducente, pues impone una única posibilidad interpretativa que coarta la libertad de quien escucha, y enturbia el aliento vital de las palabras.

Puestos frente a la evidente imposibilidad de no ceder ante tan seductores desafíos, más valdría entonces concentrar la atención en los valores rítmicos, las cualidades expresivas del tono y los efectos sensibles de la vibración sonora que acompañan a toda obra poética de valía; empatar la respiración del intérprete con el impulso original plasmado en la escritura.

Cumplir así el sueño de Louis Jouvet, el maestro teatral del recién desaparecido Juan José Arreola, a quien resulta imposible no recordar aquí como el artífice apasionado de un movimiento que quiso religar al escenario con la poesía que se profiere en voz alta.