FICHA TÉCNICA



Eventos XXII Muestra Nacional De Teatro

Referencia Rodolfo Obregón, “XXII Muestra Nacional de Teatro (II y último)”, en Proceso, 2 diciembre 2001, pp. 82-83.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

XXII Muestra Nacional De Teatro (II y último)

Rodolfo Obregón

Ya lo dijimos, la esperanza del teatro nacional se asienta en la generación espontánea; pero incluso ésta requiere de condiciones mínimas: la cobija y la oscuridad en el ejemplo clásico de los ratones.

El lastimoso panorama que arrojó la XXII Muestra Nacional de Teatro, desde el papel hasta una realidad que no deparaba sorpresa alguna, es comparable a la desertificación de nuestro territorio. Y ya se sabe, nada crece de la nada.

A diferencia de la década pasada, en la que, en medio del caos regional, lograron sobresalir algunos espectáculos memorables (Proceso 1208), hoy día la diferencia abismal entre el teatro producido en el Distrito Federal y el del resto de la República parece infranqueable.

No sólo eso; sino que el carácter provinciano (y ahora sí el término es deliberado) de la creación escénica amenaza con corromper a un teatro chilango que no se caracteriza por su espíritu crítico ni su confrontación con el teatro del mundo.

Así, la Muestra fue dominada (una cuarta parte de la programación) por los espectáculos defeños que lucieron como joyas de profesionalismo frente a la elementalidad del teatro regional (a excepción de un grupo de célebres actores que indignó a todo el mundo por presentarse ahí a ensayar su Radio Azul).

Para no hablar de una obra tan lograda como Divino Pastor Góngora o del rigor formal de Galería de moribundos, baste señalar que espectáculos como La noche que raptaron a Epifania o Zorros chinos (comentados aquí con cierta insatisfacción), deslumbraron a las desorientadas huestes de teatreros y al ingenuo público de Guadalajara. Para ambos serán una referencia de discutible valía. Y para sus creadores no existe ya territorio por conquistar.

De entre el olvidable teatro foráneo, podríamos rescatar, sin embargo, algunos puntos de interés que refuerzan las conclusiones expuestas la semana pasada.

No deja de inquietar el hecho de que los dos representantes de Veracruz, uno de los estados con mayor experiencia teatral, sean reposiciones de trabajos de antaño. Veracruz, Veracruz, de su compañía universitaria, y Cuentos de niebla, de Abraham Oceransky, comprueban que en nuestro contexto las reposiciones nunca son revisiones o actualizaciones artísticas, sino esfuerzos desesperados en busca del éxito perdido.

Otro hecho inquietante es que las dos obras representantes de Aguascalientes, que pasaron sin pena ni gloria, hayan sido dirigidas por extranjeros. Esta claro, pues, que la cantera actoral que ha sido formada en ese estado, desde hace ya varios años, sigue en busca de un director.

Finalmente, la ventaja de que la Muestra Nacional haya recobrado su carácter itinerante, es que permite conocer de modo más amplio el teatro del Estado sede, como sucedió gratamente hace dos años en Tijuana.

En esta ocasión, el teatro de Jalisco (poco menos de una quinta parte de la programación) mostró, como su capital, los riesgos de perder el apacible espíritu de la provincia sin alcanzar a cambio los estimulantes aires de una ciudad cosmopolita.

El ejercicio sensible realizado por Miguel Lugo, Ventanas en la noche, y el discutido pero innegable (en opinión de la crítica especializada) trabajo de Saúl Meléndez, Jennifer, una sombra en la oscuridad, salvaron el honor de los anfitriones que, en años recientes, habían dado muestras (Delgadillo, Fausto Ramírez, Víctor Castillo y Los niños de sal) de un mayor desarrollo artístico.

Como siempre, lo mejor de la Muestra Nacional residió en los encuentros personales, la discusión y, en este caso, en las actividades paralelas que estimulan una reflexión a la que dedicaremos nuestros comentarios cuando la temporada teatral dé espacio a las fiestas navideñas.