FICHA TÉCNICA



Título obra Zorros chinos

Autoría Emilio Carballido

Dirección Carlos Corona

Escenografía Juliana Faesler

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Referencia Rodolfo Obregón, “Zorros chinos”, en Proceso, 18 noviembre 2001, pp. 86-87.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Zorros chinos

Rodolfo Obregón

China es, en la mentalidad occidental, el lugar de las parábolas; el sitio donde todo lo que es, es otra cosa; un rincón del mundo donde la frase más simple (“dice un adagio chino…”) revela una sabiduría ancestral.

Por ello, aquel imperio legendario ha servido siempre de disfraz para evidenciar otras realidades, para cobijar tras los lejanos ecos del gong y bajo los ropajes de seda, el misterioso atractivo del drama.

Baste citar como ejemplos La honesta persona de Se-chuan de Bertolt Brecht y, en nuestro propio terreno, una pequeña joya que hace pleno honor a su nombre: El tesoro perdido, de Jorge Ibargüengoitia.

En Zorros chinos, el más reciente estreno en la amplísima producción de Emilio Carballido, el contraste de un mundo plenamente identificable con la China de leyenda se plantea a través de una nueva variación en estos términos: la realidad y el mito conviven en el mismo espacio explícito, mas no en su implicación mental.

La presencia en el ámbito rural mexicano de una misteriosa fraternidad (los zorros), transportada por la Nao y dotada de poderes mágicos, sirve para denunciar la pérdida de identidad, de los valores propios (cultura, ecología, relaciones humanas) en quienes la reciben.

La riqueza, la sensibilidad y el refinamiento resultan entonces una extraña forma de vida que pone de manifiesto el habitual espacio de insatisfacción, de aspiraciones destrozadas por la penuria.

Como en otras obras del autor, el atractivo mayor de Zorros chinos estriba en el diálogo idiosincrásico, en el oído del maestro; y como en tantas otras de sus obras, la fuga lírica y la fantasía deberían contrastar con la rispidez del contexto.

En la puesta en escena de Carlos Corona, que se presenta bajo el sello de la CNT en la Sala Xavier Villaurrutia de la Unidad Cultural del Bosque, sin embargo, la realidad nacional se traduce en una miniatura artesanal michoacana (una escenografía de Juliana Faesler poco detallada y que no consigue articular nunca el espacio de la ficción), donde moran personajes caricaturescos, máscaras y muñecos tipo “los peluches”.

La omnipresencia de la fantasía no sólo no atenúa sino que exacerba el ya de por sí desbordado lirismo del texto, evidenciando la calidad panfletaria de una denuncia social extremadamente explícita, a la que contribuye también un ecléctico tono actoral permeado de sentimentalismo.

Quizás sea la variedad de medios utilizados sobre la escena, o el origen heterogéneo del grupo, la causa de este eclecticismo que propicia la convivencia de caracterizaciones dignas del teatro parroquial con un estilo actoral rígido y posado, así como el cultivo de una inmediatez que traduce incesantemente el misterio como solemnidad.

No deja de llamar la atención, sin embargo, la incapacidad del núcleo central de los actores, habituados a trabajar con Corona, para traducir su brillantez de improvisadores (Proceso 1300) una vez enfrentados a las exigencias de la ficción.

El teatro, en efecto, es un juego. Pero un juego de serias consecuencias. Y lo es así “aquí y en China”.