FICHA TÉCNICA



Título obra Visitatio

Dirección Daniele Finzi

Elenco Ana Heredia, Katia Gagné, Hugo Gargiulo, Dolores Heredia, Yves Simard, Lin Snelling, Antonio Vergamini

Grupos y compañías Teatro Sunil - Carbone 14

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Referencia Rodolfo Obregón, “Visitatio”, en Proceso, 11 noviembre 2001, pp. 80-81.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Visitatio

Rodolfo Obregón

Acto clownesco por excelencia es el reconocimiento y exposición de las propias flaquezas (o gorduras desde luego), exaltar una realidad inocultable (como el vientre o las piernas de popote), asumir seriamente lo ridículo y mofarse de toda seriedad.

Noche clownesca, el torpe cronista comienza por estacionar su auto en una zona lejana al teatro y asegurarlo con un bastón cuya llave no posee. ¡A correr!

Al entrar por los pelos al Teatro Jiménez Rueda, donde se realiza la corta temporada de Visitatio, una coproducción con el nacionalizado Teatro Sunil y el canadiense Carbone 14, el atolondrado espectador recuerda Ícaro, la obra que matrimonió a Daniele Finzi con México, con el público mexicano y con Lola.

Ahí, el excesivo lirismo de las imágenes y la construida torpeza del personaje (Daniele) encontraban un pleno equilibrio con el peso de realidad aportado por el espectador participante que, cada noche, revitalizaba el espectáculo.

Para sorpresa del visitante visitado, en esta ocasión Finzi Pasca salta fuera del escenario, pero su presencia permanece: el guía invisible en un viaje por las entrañas del escenario y un mundo autorreferente empeñado en enaltecer la realidad del simulacro y la misteriosa condición de sus criaturas.

En Visitatio, la ilusión teatral se construye y se demuele sistemáticamente a través de la frase humorística o del gag, del salto en los planos del discurso; o, al revés, las tripas del escenario se exhiben para terminar construyendo la imagen que invita al abandono (como aquella en que Ana se mira y funde en el espejo que sostiene una actriz).

Otra vez, como en Ícaro, la sucesión de imágenes líricas pretende alcanzar la incoherencia aparente del sueño, mientras el principio de realidad se manifiesta en la contundente naturaleza de Ana Heredia, quien en la inocencia de su ser simplemente sobre la escena, establece un ancla con el mundo.

Para bien, pues elude la posibilidad del chantaje que campeaba sutilmente en Ícaro, y para mal, pues el humor no estalla casi nunca a la altura que debiera, ninguno de los intérpretes posee el encanto de Daniele Finzi.

Enfrentado a la fragilidad anímica del clown, el elenco internacional (Katia Gagné, Hugo Gargiulo, Dolores Heredia, Yves Simard, Lin Snelling y Antonio Vergamini) se siente un tanto cuanto rígido; pero encuentra sus mejores momentos en el evidente dominio corporal de los canadienses, así como en los juegos y enredos políglotas tan del gusto de individuos posmodernos y multiculturales.

Conocedor de la idiosincrasia y el anecdotario propios del Noroeste mexicano, el cronista admira la incorporación de un gran finale sudcaliforniano, donde se exalta a la fiesta popular como otra forma del tiempo suspendido, como otra posible ruptura del espacio habitual, por la cual logran colarse nuestros fantasmas.

Y al mismo tiempo, el admirado admirador lamenta que en la enloquecida narración, Lola Heredia no logre quitarse de encima la imagen de la actriz y se asuma simplemente como la muchacha sudcaliforniana que también es. Justamente ahí estriba uno de los misterios de ese “juego en el cual nos encontramos”: esas “extrañas presencias” no se hacen tangibles sino cuando el “trágico comediante” no es otro que sí mismo.