FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace una semblanza crítica del dramaturgo Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, a propósito de haber recibido el Premio Nacional Manuel Herrera Castañeda

Referencia Rodolfo Obregón, “Fenómenos”, en Proceso, 28 octubre 2001, pp. 80-81.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Fenómenos

Rodolfo Obregón

Para Javier

El medio teatral mexicano y la redacción de su historia suelen correr por cauces conocidos; basta con que alguien escriba, dirija, actúe o critique una obra que sea apreciada por la élite del gremio, para que éste lo inscriba per secula seculorum entre sus miembros distinguidos.

Del mismo modo, la mayoría de sus estudiosos se conforma con repetir o ampliar, en el mejor de los casos, una historia, un repertorio, un listado de hombres y mujeres de teatro, que a base de repeticiones acríticas han adquirido su carácter canónico, su condición de norma oficial.

Con la misma frecuencia con que pontifica a partir de la inmediatez o ensalza lo consabido (4 ediciones diferentes de las Obras completas de un mismo autor bastarían como ejemplo), el medio suele ignorar otros fenómenos que vivifican y ensanchan las fronteras de un oficio que debería ser, ante todo, eso: vitalidad y amplitud de horizontes.

Por ello, no es casual que muchos de estos fenómenos provengan de ámbitos ajenos al propio teatro, lo toquen tangencialmente o terminen por abandonarlo (Ibargüengoitia es en este caso el gran ejemplo).

El más reciente de estos personajes inquietos e inquietantes viene a ser Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, escritor jalisciense que asentado en Querétaro arrasa a últimas fechas con cuanto premio de dramaturgia se otorga en nuestra República de las Letras.

Ganador en el 2000 del Premio Nacional Manuel Herrera Castañeda, Luis Enrique se vio obligado a renunciar ese año al Premio Mexicali, pues éste había sido otorgado a la misma obra: Los restos de la tangerina o el extraño caso del Bebé Terrazas.

Poco tiempo después, el prolífico autor ganó el Premio Iberoamericano convocado por el Gobierno de Yucatán con la obra Sólo un día de trabajo, y, nuevamente, la edición 2001 del premio Manuel Herrera que otorga el gobierno queretano, con su Diatriba rústica para faraones muertos.

Es muy curioso constatar en todas estas obras el parecido con la escritura de Gerardo Mancebo del Castillo Trejo, él sí nacido en Querétaro. ¿Serán acaso los efectos del agua que antiguamente transportaba el acueducto? ¿O es quizás su irreverencia un rasgo generacional, que aunado a una aspiración literaria, se manifiesta en ambos casos como una hipertrofia formal y un sustrato lleno de patetismo?

Hipertrofia que va desde el nombre del autor, sus posibles seudónimos (Luis Felipe Cuatrosantos) y el título de las obras, hasta las asfixiantes atmósferas en las que el lector reconoce el mayor peso de realidad y en las que los personajes parecen no tener cabida. Los personajes mismos (las tres gordas de Los restos de la tangerina), su fisicalidad (la parálisis de Lady Macbeth en La luna en el cuarto piso), son víctimas de estos desarrollos excesivos que se manifiestan también en un lenguaje cargado de asperezas, de sonoridades maldicientes y parrafadas de ampulosa prodigalidad.

En la escritura de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio hay pues un universo muy peculiar, acentuado por el minucioso trabajo de un lenguaje que no descuida siquiera la más simple de las acotaciones.

Figura completamente ajena al mundillo teatral (“teatro inmundi”), la desconocida presencia de este autor pone de manifiesto la importancia de una apertura disciplinaria, la cruda verdad que suele acompañar a las irreverencias (en la entrega del Premio Manuel Herrera 2000, el galardonado despotricó contra la obra ganadora de la edición anterior y, en esta última, contra el nombre de un concurso que homenajea a un dramaturgo mediocre) y la inconformidad de la mirada externa frente a las formas habituales de realización del teatro (el multilaureado ha formulado incluso una teoría teatral que acompaña a la obra Rapsodia nocturna con héroe y tortuga).

Desde la aparente inmovilidad de los premios literarios, este fenómeno sacude al teatro con la invisible transparencia de todos los aires nuevos.