FICHA TÉCNICA



Título obra Devastados

Dirección Ignacio Ortiz

Elenco Arturo Ríos, Ana Graham, Ari Brickman

Escenografía Mónica Raya

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Rodolfo Obregón, “A la jeta”, en Proceso, 9 septiembre 2001, p. 65.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

A la jeta

Rodolfo Obregón

¡A la jeta! Seco y sin miramientos se expresa alguien a los 23 años; como lo hace otra veinteañera quien propone traducir así, “a la jeta”, el título de la generación inglesa (in-yer-face) a la que nos hemos referido a propósito de la obra El censor (Proceso 1217).

A diferencia de aquel texto, donde el autor busca deliberadamente el rostro del adversario, las obras de Sarah Kane revelan el secreto de las artes marciales: el golpe se lanza en dirección del horizonte, acompañado de un alarido; pendejo el público si se atraviesa.

Proveniente del mundo del cine, Ignacio Ortiz asume como propia la pelea y, en su primera dirección, propina con Devastados un golpe decidido, arriesgado y estimulante sobre las tablas del teatro El Granero.

Habituado a la descripción realista del cinematógrafo, Ortiz construye sin dificultades la aparente realidad que Kane utiliza como engaño para “reventarla” brutalmente (Blasted se traduciría como Reventados si esta palabra no contuviera en nuestro entorno una connotación de frivolidad) en la segunda parte de la obra.

A pesar del cuidado con que lo hace, Ortiz no logra compensar el desequilibrio actoral entre sus dos intérpretes, Arturo Ríos (protagonista también de El censor) y Ana Graham, cuyos defectos evidentes en otras obras no desentonan aquí con su personaje y a quien debe agradecerse la asunción de un riesgo personal y el de la empresa entera.

La plataforma de lanzamiento de la violencia, el reencuentro “amoroso” entre un oficial secreto corroído por el cáncer y una joven limítrofe, no logra así sentar sus bases antes de la sorprendente aparición de un tercer personaje, encarnado por Ari Brickman, que instaura de lleno una perturbadora atmósfera pinteriana donde nadie puede reconocer ya el origen del mal.

Lejos también de la sensibilidad de Arturo Ríos, Brickman se limita a una eficaz caracterización que impide que la idea central, AK 47 responde a pistola y cuerno de chivo convoca a mortero, estalle en el cuerpo vulnerable del espectador.

A las exigencias de la obra, situada en los límites de lo representable, Ignacio Ortiz debe sumar las dificultades del espacio diseñado por Mónica Raya, atractivo (a pesar de sus estorbosas paredes laterales) pues enfrenta al público con el hecho escénico y consigo mismo, pero cuya cercanía convierte en trabajo de absoluta maestría la representación de violaciones, felatio, masturbación y antropofagia que se suceden a lo largo de la historia.

Testigo de la suplantación de estos actos que alcanzan grados de crueldad shakespeareana, el espectador siente su hocico a salvo y puede entonces entregarse a la contemplación, no exenta de interés (desde luego), del universo devastado, donde aparecen los restos de un Beckett sin humor, con que Sarah Kane concluye su brutal recorrido por la tradición inglesa del teatro.

Pese a todo, el compromiso grupal de los intérpretes, su decisión y valentía, otorgan un valor especial a Devastados, y la afluencia de público demuestra de paso que el riesgo puede convocar tanto como la apaciguadora complacencia por la que apuestan muchos “creadores” complacientes con sí mismos.

A un –ya– buen año de teatro, hay que sumar ahora la presentación en México de Sarah Kane, una especie de Büchner femenino y contemporáneo que supo todo a los 20 años y no tuvo más que hacer en este mundo antes de cumplir los 30. ¿Adónde pudo llevar esta mujer la nueva escritura dramática? Nunca lo sabremos. Quien a los 23 ha realizado un recorrido tal por los infiernos y el teatro, quien logra expresarse entonces con la intensidad del delirio, cuelga con sus agujetas a los 28 años en el baño de un hospital psiquiátrico.