FICHA TÉCNICA



Título obra La tempestad

Autoría William Shakespeare

Dirección Mauricio Jiménez

Espacios teatrales Foro Antonio López Mancera

Referencia Rodolfo Obregón, “Tempestades”, en Proceso, 2 septiembre 2001, pp. 85-86.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Tempestades

Rodolfo Obregón

Una parte sustantiva de nuestra cartelera corresponde a las prácticas artísticas que coronan los procesos de enseñanza profesional del teatro y, en particular, del oficio del actor. La tradición de rematar la formación escolar con una puesta en escena se ha multiplicado a la par de las opciones formativas.

Describir desde la crítica este tipo de experiencias, que reúnen objetivos pedagógicos y profesionales, presenta dificultades específicas dada la duplicidad de funciones de sus creadores y, sobre todo, la naturaleza mutable de sus participantes.

Según Zeami, el gran teórico en la tradición japonesa del teatro noo, el hana (la flor) posee diferentes cualidades que corresponden a los cambios que el actor sufre a lo largo de su carrera. Y a los veinticuatro años, la edad en que los nuevos actores egresan por lo general de las escuelas profesionales de nuestro país, si bien el cuerpo ha terminado de formarse y es capaz de digerir y hacer propios los procesos de aprendizaje, un éxito o un fracaso actoral es una conjunción de circunstancias que no revela nada definitivo.

La tempestad, de William Shakespeare, que termina temporada este fin de semana en el foro Antonio López Mancera del CNA, es un brillante ejemplo de esto y una muestra más de la notable reactivación e influencia de la Escuela de Arte Teatral del INBA (la más antigua de México). En ella, el director Mauricio Jiménez se aventura en la riesgosa empresa de sacar a flote el gran texto shakespeareano con una tripulación inexperta; y no escatima esfuerzos para hacerlo.

Sobre un espacio de arena y a través de convenciones que remiten a la versión que de la obra hiciera Peter Brook, Jiménez convoca la magia (en el origen sánscrito de la palabra: ilusión), la rosa de la sabiduría, el juego de pasiones y la tosca ridiculez que alternan con impecable fluidez en la obra síntesis de “El dramaturgo”.

La referencia brookiana no es en absoluto limitativa, pues la elevación poética de las materias esenciales, la sensualidad de los elementos naturales, como el agua, el fuego y la arena, son también una constante en el lenguaje del director mexicano que había explorado con gran éxito las características del “teatro tosco” en su propia versión de Volpone.

Sin embargo, y a pesar del cuidado y la gran energía del director, la rica mezcla de texturas del original se pierde poco a poco en las desigualdades de un elenco que confirma la abrumadora mayoría de aspirantes femeninas al oficio central del teatro y su no menos abrumadora superioridad interpretativa.

Sin intérpretes masculinos maduros, la labor demiúrgica de Próspero y su palabra poética se esfuman con el viento, donde ronda como único elemento mágico la lograda codificación corporal de un Ariel orgánicamente femenino.

El obligado travestismo limita en cambio el juego de pasiones (con excepción de la hermosa imagen de Miranda que se hunde en el estanque de su deseo) e inclina a Calibán a un registro cómico que predomina abusivamente a partir de la mitad de la obra y que se entiende, claro, como un intento desesperado del director por evitar el naufragio.

Desde luego, esta “tosquedad” satisface al público popular que abarrota la pequeña sala, pero sacrifica tanto la complejidad de la obra que las célebres reflexiones finales de Próspero pasan ya totalmente desapercibidas.

En la doble función de la experiencia, sin embargo, hay que celebrar su dimensión pedagógica: más vale un Shakespeare malogrado que un espectáculo cuyo éxito se sustenta en el ocultamiento, o peor aún, en la supresión definitiva de los jóvenes actores. Que los hay. En realidad, no es poca cosa sucumbir después de haber dado una generosa batalla contra semejantes tempestades.