FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios sobre las etapas en la vida de un actor

Referencia Rodolfo Obregón, “Generaciones”, en Proceso, [26 agosto 2001], s. p.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Generaciones

Rodolfo Obregón

Una parte sustantiva de nuestra cartelera corresponde a las prácticas artísticas que coronan los procesos de enseñanza profesional del teatro y, en particular, del oficio del actor. La tradición de rematar la formación escolar con una puesta en escena, que funciona como "presentación en sociedad" de las nuevas generaciones de hombres y mujeres de teatro, se ha multiplicado a la par de las opciones formativas.

Como consecuencia de la diseminación del "teatro universitario" de los setentas y primeros años ochenta, el semillero de actores más importante de aquel entonces, han proliferado en México las escuelas privadas de actuación.

La certeza o el prestigio de la práctica escénica como base indispensable para la actuación en otros medios (que han generado a su vez sus propias escuelas), junto con una notable reactivación e influencia de la Escuela de Arte Teatral del INBA (la más antigua de México), han aumentado considerablemente este tipo de propuestas escénicas que reúnen objetivos pedagógicos y profesionales.

Describir desde la crítica este tipo de experiencias presenta dificultades específicas dada la duplicidad de funciones de sus creadores y, sobre todo, la naturaleza mutable de sus participantes.

El gran teórico en la tradición japonesa del teatro noo, Zeami, afirmaba que el hana (la flor) posee diferentes cualidades que corresponden a los cambios que el actor sufre a lo largo de su carrera. El encanto de un niño que representa (Zeami recomienda comenzar el entrenamiento a la edad de siete años) es tal que permite olvidar su falta de habilidad técnica.

La pérdida de la inocencia, descrita también por Von Kleist, corre parejas con la modificación del cuerpo y la voz del adolescente, cuyos procesos mentales sufren a su vez una transformación. El público juzga en ese caso a una presencia adulta que sin embargo carece aún del dominio de su oficio. Se trata en verdad de un periodo difícil, durante el cual el aspirante a actor debe concentrarse profundamente sobre su entrenamiento.

Esta etapa termina cerca de los veinticuatro años, la edad en que los nuevos actores egresan por lo general de las escuelas profesionales de nuestro país. A esa edad, el cuerpo ha terminado de formarse y es capaz de digerir y hacer propios los procesos de aprendizaje. Entonces la actuación puede reunir un cierto dominio técnico con el encanto de quien cree haber descubierto algo que nadie más conoce.

Sin embargo, el éxito o el fracaso en ese peculiar momento no debe ser tomado muy en serio, pues se trata de una coincidencia fortuita y nada garantiza que vaya a continuar en el futuro. Según Zeami, sólo diez años después se podrá conocer la naturaleza definitiva del actor. A los treinta y cinco años, en la plenitud del oficio, se consolida la personalidad artística y los milagros se producen ya muy rara vez.

Un último cambio se produce alrededor de los cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años. El inicio de la declinación física implica la concentración en los procesos de la vida interior. Zeami recomienda hacer entonces una reflexión sobre la propia trayectoria y comenzar a enseñar. El diálogo inevitable entre la conciencia personal y la necesidad de nutrir a los actores más jóvenes permite progresar como actor hasta una edad más avanzada.

Y aquí conviene conocer las palabras que otro gran maestro japonés, de nuestro tiempo, dirige a sus alumnos: "Cuando hablamos de enseñanza, en realidad hablamos de la experiencia de alguien más. El maestro los ha colocado en el camino y ustedes observan en el polvo las marcas de su paso. Estas huellas pueden a veces proporcionar algún indicio sobre la próxima etapa a seguir, pero al mismo tiempo son el pasado de alguien más; no constituyen su propio porvenir. Todos los libros y los cursos son mapas del pasado de otra persona. Ustedes pueden absorberlos y estos pueden serles de utilidad, pero deben tener siempre en mente que su propio camino será diferente y que es ese camino personal el que deben seguir. No pretendan copiar exactamente el camino de ese otro; aprovechen su conocimiento sin perder conciencia de que el paisaje particular de su camino es único. Por lo tanto, la paradoja permanece: uno debe descubrir su propio camino, pero no puede percibirlo cuando lo recorre sino cuando ya lo ha recorrido".


Notas

[N. del E. Este texto debió publicarse el 26 de agosto de 2001. Por alguna razón editorial, quedó fuera de la revista.]