FICHA TÉCNICA



Título obra La muerte y el hablador

Autoría Leopoldo Novoa Matallana

Dirección Mauricio García Lozano

Notas de dirección Ricardo Gallardo / dirección musical

Elenco Carmen Mastache, Raúl Román, Oscar Velázquez, Gerardo Trejo Luna, Romina Garibay, Alicia Sánchez

Escenografía Edyta Rzewuzka

Coreografía Alicia Sánchez

Referencia Rodolfo Obregón, “Ópera alterna”, en Proceso, 19 agosto 2001, pp. 77-78.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Ópera alterna

Rodolfo Obregón

En un país donde el abandono de los esfuerzos precedentes es el lugar común en los “relevos” de funcionarios, mucho hay que agradecer a Luis Mario Moncada por retomar la vocación alternativa que Otto Minera imprimió a la programación del Centro Cultural Helénico.

Y hay que hacerlo porque la actividad escénica mexicana no puede darse el lujo de perder las pocas opciones que hacen frente a la rutinaria producción que caracteriza, por lo general (pero no de modo exclusivo), al teatro institucional.

Una nueva e interesante opción es el ciclo “Ópera Alterna” que se lleva a cabo en el Helénico durante los meses de agosto y septiembre e incluye tres producciones del género. La primera de ellas, estrenada ya en el también celebrable Festival de Música y Escena, es La muerte y el hablador de Leopoldo Novoa Matallana.

Menos aventurada que la partitura, que logra amalgamar los sonidos del ensamble de percusiones Tambuco, el cello de Bozena Slawinska, el Octeto Vocal y las voces de cantantes y actores, la escenificación de Mauricio García Lozano se establece en las permeables fronteras del lenguaje multidisciplinario que caracteriza a la ópera desde su origen.

Y lo hace así apoyándose en el discurso de Novoa que salta ágilmente entre el humor, el lirismo y (por qué no) una explicitez rayana en el panfleto, para enmarcar los desencuentros amorosos particulares en el contexto de la desilusión social y aun éste en el abandono de las relaciones del hombre con el universo.

Algunas escenas resultan ejemplares de estos tres planos y su modo de realización escénica: “La gravedad de la cama”, donde el hombre y la mujer se mueven en planos físicos irreconciliables (vertical ella, él en el horizontal) mientras la partitura rodea el momento de un tenso e inquietante silencio (la genial idea, por desgracia, no pesa con toda su fuerza en el ánimo del espectador pues la cama no se desprende del espacio unitario diseñado por Edyta Rewuzka sino que se percibe como una imposición o capricho).

Por su parte, “El político y la poesía” y “La manifestación” dejan ver, pese a su gracia, la incapacidad de nuestro teatro para establecer una interlocución eficaz con el discurso oficial y rehuir los estereotipos (claros en la coreografía y la interpretación del político) de una crítica igualmente “oficial”, hecha a imagen y semejanza.

Y ya puestos en la alusión bíblica, “La Diosa”, encarnada por la frágil y arrasadora Romina Garibay, ejemplifica el gozoso contraste (la divina verborrea que fracasa ante la sordera del hombre) y la inversión de perspectivas que constituyen los mejores momentos de La muerte y el hablador.

Pero más allá de su discurso, lo entusiasmante de este proyecto es la afortunada colaboración de espléndidos especialistas (la dirección musical es de Ricardo Gallardo y la coreografía de Alicia Sánchez) y la reunión de un grupo de cantantes-actores-bailarines (Carmen Mastache, Raúl Román, Óscar Velázquez, Gerardo Trejo Luna y las citadas Romina Garibay y Alicia Sánchez) que hacen añicos la artificial división entre los lenguajes que constituyen el carácter primordial y la esencia comunicativa del hecho escénico.

En un país donde el abandono de los esfuerzos precedentes es el lugar común en los “relevos” de funcionarios, mucho hay que agradecer a Luis Mario Moncada por retomar la vocación alternativa que Otto Minera imprimió a la programación del Centro Cultural Helénico.

Y hay que hacerlo porque la actividad escénica mexicana no puede darse el lujo de perder las pocas opciones que hacen frente a la rutinaria producción que caracteriza, por lo general (pero no de modo exclusivo), al teatro institucional.

Una nueva e interesante opción es el ciclo “Ópera Alterna” que se lleva a cabo en el Helénico durante los meses de agosto y septiembre e incluye tres producciones del género. La primera de ellas, estrenada ya en el también celebrable Festival de Música y Escena, es La muerte y el hablador de Leopoldo Novoa Matallana.

Menos aventurada que la partitura, que logra amalgamar los sonidos del ensamble de percusiones Tambuco, el cello de Bozena Slawinska, el Octeto Vocal y las voces de cantantes y actores, la escenificación de Mauricio García Lozano se establece en las permeables fronteras del lenguaje multidisciplinario que caracteriza a la ópera desde su origen.

Y lo hace así apoyándose en el discurso de Novoa que salta ágilmente entre el humor, el lirismo y (por qué no) una explicitez rayana en el panfleto, para enmarcar los desencuentros amorosos particulares en el contexto de la desilusión social y aun éste en el abandono de las relaciones del hombre con el universo.

Algunas escenas resultan ejemplares de estos tres planos y su modo de realización escénica: “La gravedad de la cama”, donde el hombre y la mujer se mueven en planos físicos irreconciliables (vertical ella, él en el horizontal) mientras la partitura rodea el momento de un tenso e inquietante silencio (la genial idea, por desgracia, no pesa con toda su fuerza en el ánimo del espectador pues la cama no se desprende del espacio unitario diseñado por Edyta Rewuzka sino que se percibe como una imposición o capricho).

Por su parte, “El político y la poesía” y “La manifestación” dejan ver, pese a su gracia, la incapacidad de nuestro teatro para establecer una interlocución eficaz con el discurso oficial y rehuir los estereotipos (claros en la coreografía y la interpretación del político) de una crítica igualmente “oficial”, hecha a imagen y semejanza.

Y ya puestos en la alusión bíblica, “La Diosa”, encarnada por la frágil y arrasadora Romina Garibay, ejemplifica el gozoso contraste (la divina verborrea que fracasa ante la sordera del hombre) y la inversión de perspectivas que constituyen los mejores momentos de La muerte y el hablador.

Pero más allá de su discurso, lo entusiasmante de este proyecto es la afortunada colaboración de espléndidos especialistas (la dirección musical es de Ricardo Gallardo y la coreografía de Alicia Sánchez) y la reunión de un grupo de cantantes-actores-bailarines (Carmen Mastache, Raúl Román, Óscar Velázquez, Gerardo Trejo Luna y las citadas Romina Garibay y Alicia Sánchez) que hacen añicos la artificial división entre los lenguajes que constituyen el carácter primordial y la esencia comunicativa del hecho escénico.