FICHA TÉCNICA



Título obra Las metamorfosis

Notas de autoría Publio Ovidio Nasón / autor de poema homónimo

Dirección José Caballero, Marcela Diosdado, Edgar Álvarez y Silvia Ortega

Elenco Maribel Montero, Jorge Rubio, Margarita Wynne, Carolina Valsagna, Andrés Weiss

Referencia Rodolfo Obregón, “Metamorfosis (II y último)”, en Proceso, 12 agosto 2001, pp. 65-66.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Metamorfosis (II y último)

Rodolfo Obregón

Como lo sugerimos en la primera parte de este artículo, la relación que Las metamorfosis establece con el espectador resulta altamente estimulante. Y así tiene que serlo, pues para disfrutar del espectáculo completo, éste se ve obligado a asistir a su representación en tres ocasiones distintas.

Este hecho, que exige sin lugar a dudas un ejercicio de la propia disciplina, se revela al fin de cuentas muy enriquecedor pues permite apreciar las inevitables mudanzas en las zonas comunes del trabajo, reconocer algunos fragmentos, comparar las tres aproximaciones de conversión del poema en hecho escénico y, sobre todo, saborear el rotundo vigor de la experiencia.

A pesar del carácter “colectivo” de la dirección (hasta cinco directores intervienen en ella, pues Rosa Martha Fernández aparece como responsable del epílogo), Las metamorfosis posee una unidad seguramente conferida por José Caballero. En cualquiera de sus tres vertientes, la escenificación implica un recorrido por los intrincados espacios de la Casa Azul y el establecimiento de situaciones más o menos realistas como marco de enunciación.

Sin embargo, donde se percibe una mayor uniformidad es en el tono actoral que desaprovecha la magnífica oportunidad de la narrativa expuesta; por doquier aparece la “actuación”, incluso la recitación, y se ignora la exquisita posibilidad de “decir”.

Si la obra desafía en su diseño las convenciones del espectador, muestra en cambio una permanente desconfianza en su capacidad de atención y su gusto literario. Con mucho temor a “aburrir”, los cuatro directores principales (no es el caso del epílogo) espolean a sus actores hasta alcanzar un ritmo vertiginoso que casi nunca les permite obtener “la forma verosímil de lo vivido, o si se prefiere, de lo soñado” y no da tiempo al espectador de construir mentalmente las imágenes necesarias para desentrañar el relato.

Este temor a aburrir determina también el eclecticismo de las escenificaciones de Edgar Álvarez y Silvia Ortega; y, sin embargo, ambas resultan mucho más propositivas que “el río de la pasión”, cuya unidad deviene su propia atadura.

El contexto elegido por Caballero y Marcela Diosdado, un internado (con sacerdote y monja incluidos que violentan la naturaleza pagana del poema), impide el vuelo de la imaginación. Sus referencias a la realidad ordinaria explicitan un error común en nuestro medio: reducir el mito o la dimensión literaria a la experiencia cotidiana del intérprete en lugar de elevar a éste a la categoría de héroes y dioses, de arquetipos.

Por su parte, “el río de la envidia y la soberbia”, con los mejores momentos actorales gracias a la contundencia de Maribel Montero y la intimidad de Jorge Rubio, oscila entre el viaje de los sentidos y una metaforización de las acciones cotidianas, como cocinar un bistec mientras se narra una batalla. Sin rehusar las situaciones y las ambientaciones realistas, como el laboratorio fotográfico, logra trascenderlas al alterar algunos de sus elementos: las fotografías penden del hilo con mutilaciones en ojos y bocas.

Pero quien de verdad logra reventar el realismo y transportar al espectador en “el río del sueño” es Silvia Ortega. Con un buen trabajo inicial de su guía, Silvia establece un rito de paso, a través de la puerta de un ropero, que rompe de tajo la lógica ordinaria.

Entonces las acciones de una pareja alrededor de la cama se convierten en un discurso paralelo a la estilizada narración de “el rapto de Europa”. Entonces el espectador está dispuesto a participar en una genial sesión de té (ilustrada en la fotografía de la anterior entrega) donde Margarita Wynne, Carolina Valsagna y Andrés Weiss, lo catapultan a una dimensión extraordinaria, equivalente contemporáneo del mundo mitológico.

Las posibles imperfecciones de este trabajo conjunto no le restan interés. Por el contrario, son síntomas inequívocos de su carácter experimental. Junto a la revitalizadora irrupción de El veneno que duerme y la impecable sensibilidad de Divino Pastor Góngora, son signos alentadores de las metamorfosis de nuestro teatro.