FICHA TÉCNICA



Título obra El gordo y el flaco van al cielo

Autoría Paul Auster

Notas de autoría Emilio Ebergenyi / traducción

Dirección Emilio Ebergenyi

Elenco Mario Oliver, Emilio Ebergenyi

Escenografía Juliana Faesler

Música Jorge Coco

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Rodolfo Obregón, “El gordo y el flaco…”, en Proceso, 22 julio 2001, pp. 63-64.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El gordo y el flaco...

Rodolfo Obregón

Al revisar recientemente el magnífico video promocional que Eugenio Cobo realizara hace algunos años para el CITRU/INBA, Danzón dedicado al teatro mexicano tuve una extraña sensación. El agrupamiento temático de las imágenes y el ritmo de la edición nos enfrentan con un teatro atractivo y vital. Los grandes momentos existen –concluí–, pero se diluyen en un mare magnum de actividad y esfuerzos dispares.

Desde luego, la idílica identidad que se construye a través de la pantalla no corresponde necesariamente con la sensación de quienes habitamos cotidianamente los escenarios nacionales, de quienes estamos seguros de vivir en el limbo. He aquí la presencia del misterio.

Y he aquí el motivo central del exquisito juguete escénico de Paul Auster, El gordo y el flaco van al cielo, que se representa todos los jueves en La Gruta del Centro Cultural Helénico; el mismo espacio donde hace algún tiempo se representó una fallida traslación de sus materiales narrativos.

Sujetos a un cielo de tecnicolor y sin más herramientas que 18 bloques de madera, que constituyen la sencilla y eficiente escenografía de Juliana Faesler, los míticos personajes del cine mudo: Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco, se aferran a sí mismos –como tantos otros personajes de Auster– tratando de descifrar la naturaleza y las reglas de un sitio donde han caído por azar.

Atrapados en una estructura beckettiana de abandono existencial, la inaprehensible condición del mundo que amenaza su pervivencia se potencializa dada la identidad ilusoria de las propias criaturas, producto por excelencia de la singular mitología norteamericana.

Arrojados al angustioso y estimulante limbo de un escenario desnudo, Mario Oliver y Emilio Ebergenyi luchan a su vez por descubrir la cualidad de ser de sus blanquinegras figuras. Dueño ya de un oficio y una intuición que le permite sobrevivir a la adversidad, Mario construye un Flaco rico en contrastes: torpezas cómicas y audacia sensible, fiel caracterización y singularidad interpretativa.

Preso en la incertidumbre propia del actor-director, Emilio Ebergenyi, a quien se debe la iniciativa de este proyecto y la buena traducción de la obra, se siente en cambio atado a la rigidez del gesto único, a las didácticas inflexiones de voz características de quien acostumbra dirigirse, a través del micrófono, a un escucha hipotético.

Pese a ello, el público que llena la pequeña sala disfruta legítimamente del envidiable texto, el empleo de gags clásicos y las agradables composiciones plásticas del espectáculo.

En tiempos en que se discute la incertidumbre de nuestro teatro e intentamos delimitar sus peligrosas y necesarias relaciones con la taquilla, no deja de inquietar la posibilidad del éxito rotundo que podría tener esta misma obra.

La presencia de otro actor propositivo otorgaría a Ebergenyi, a quien se agradece el sosegado tono que impone a la comicidad propia del cine mudo, la necesaria distancia crítica que implica el riguroso ejercicio de dirección. La ejecución en vivo de la atractiva música de Jorge “Coco” Bueno podría catapultar el espectáculo a dimensiones que, sin menoscabo de interés artístico, mantuviera llena una sala de 300 localidades.

En las actuales condiciones, El gordo y el flaco van al cielo corre el riesgo de no ser sino una sombra más tras el engañoso triunfo de la mercadotecnia que abarrota ya la sala principal del Helénico.