FICHA TÉCNICA



Título obra Cenizas a las cenizas

Autoría Harold Pinter

Notas de autoría Carlos Fuentes / traducción

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Carmen Delgado, Arturo Beristain

Escenografía Carlos Trejo

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Rodolfo Obregón, “Cenizas a las cenizas”, en Proceso, 15 julio 2001, pp. 66-67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Cenizas a las cenizas

Rodolfo Obregón

“Hacer una buena puesta en escena con un gran texto y un buen elenco, ¿qué mérito tiene?” Me preguntó en alguna ocasión un director de escena, comparándolo con el desafío profesional de levantar un espectáculo atractivo a partir de un mal texto y un elenco deficiente.

Amén de la ironía, el primer caso pudo haber sido el del exitoso Talk Show que Mauricio García Lozano escenificara con brillo a partir del texto de Jaime Chabaud y con un magnífico elenco. Su siguiente trabajo promete lo mismo, un texto reciente de Harold Pinter y dos actores de larga trayectoria sobre las tablas.

Al entrar a La Gruta del Helénico, la primera imagen confirma el atractivo: el dispositivo escénico de Carlos Trejo presenta una elegante plataforma que flota sobre un mar de zapatos abandonados. La pulcritud del espacio, que contiene un único sillón y un pequeño bar, estalla en un cuadro central de aire expresionista que reproduce una violenta bacanal. Sobre el espacio habitan ya, inmersos en sí mismos, los dos personajes.

A pesar del convencional inicio con música, Carmen Delgado, dueña de una pausada intensidad, presenta de golpe a una mujer abstraída en su emoción, su mente se fuga y nos arrastra hacia un incierto futuro.

El personaje masculino entra en acción; mas no se puede decir que cobre vida. Las rígidas actitudes corporales de Arturo Beristain, sus gestos y tareas permanecen marcados, inorgánicos, falsamente significativos: revuelve el whisky con el dedo y lo frota por la orilla del vaso, ilustrando la pausa reflexiva.

La inautenticidad se contagia y gana terreno palmo a palmo; la elegancia, la sofisticación que contrasta con la violencia soterrada en el breve y perturbador texto de Pinter, se desvanece y deja su lugar a la pretensión: un hielo del segundo whisky cae al piso y el personaje, supuestamente en su casa, lo patea torpemente hacia el fondo del escenario; la mujer, tendida cual esfinge sobre el sofá, se enreda con los picos de su vestido.

Otro tanto sucede con las formas del habla, pretendidamente coloquiales y a la postre tan artificiosas como la traducción de Carlos Fuentes (Polvo eres): “¿Por qué nunca me has hablado de ese amante tuyo antes?”

Los idiosincrásicos “I mean”, “You know”, sobre los que un autor-director como Richard Maxwell construye todo un patético cuadro de la vida americana, se vierten literalmente en “Quiero decir…”, “Tú sabes”, y jamás se convierten en lo que son: espacios de indeterminación mental del angloparlante, intersticios del pensamiento donde se cuelan los fantasmas del vacío.

Incapaces de dar contenido a esos espacios, que constituyen el mayor atractivo de las obras de Harold Pinter, un autor que –como señala Jaime Chabaud– ha hecho añicos la noción de trama, los actores y el director no logran construir la dolorosa ambigüedad de la obra.

A cambio viene la ilustración: las luces bañan de rojo el fondo blanco, la música sustituye el vacío y el actor finge dirigir apasionadamente una orquesta inexistente. A pesar de que la idea es exactamente igual a la usada en la puesta en escena mexicana de Tiempo de fiesta, donde la etiqueta se desgarraba sorpresivamente al ritmo de Madonna, la imagen carece de peso.

Al terminar la obra, el escenario se oscurece, el mar de zapatos se ilumina, la serie de retratos infantiles que rodea al espectador vuelve a hacerse visible. Y nada ha sucedido realmente; lejos de la capacidad del autor inglés para estremecernos, el espacio ha quedado reducido a un claro y frío concepto.