FICHA TÉCNICA



Título obra Salón de belleza

Notas de autoría Mario Bellatin / autor de la novela homónima; Israel Cortés y Alberto Chimal / adaptación

Dirección Israel Cortés

Elenco Carlos Valencia, Luis Villanueva, Salomón Reyes, Ramón Solano, César Romero

Escenografía Mauricio Elorriaga

Vestuario Marina Meza

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Rodolfo Obregón, “Estilistas”, en Proceso, 8 julio 2001, pp. 64-65.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Estilistas

Rodolfo Obregón

En la proliferación de adaptaciones literarias que ha caracterizado la labor de los jóvenes directores de teatro en años recientes, uno podría leer una insatisfacción con los esquemas dramatúrgicos a la mano, así como un ejercicio de libertad para la narración escénica.

Sin embargo, los magros resultados obtenidos en estos terrenos, salvo honrosísimas excepciones, nos confrontan con una idea del todo diferente: el desconocimiento de la dramaturgia clásica o contemporánea que garantizaría una estructura sólida para la representación, o un prejuicio común en el medio: la divulgación de materiales narrativos que –se asume– el público desconoce.

No es el caso estricto de Salón de belleza, adaptación escénica de Israel Cortés a partir de la novela de Mario Bellatin, que se representa en el Teatro Sor Juana Inés de la Cruz (CCU); pero su punto de partida parece tan endeble y caprichoso como el de muchas otras aventuras transgenéricas.

Cierto es que Cortés había partido en El funámbulo del poema de Jean Genet, y de su propia imaginería en el exitoso espectáculo Erótica de fin de circo. Desconozco por desgracia el resultado del primero, pero todo en sus dos últimas creaciones hace pensar que el inquietante texto de Genet quedaría reducido a la cita del universo circense sobre el cual el director fincó su estética, que no su Erótica… (Proceso 1190).

En el caso de Salón de belleza, un texto que en su versión teatral (hecha en colaboración con Alberto Chimal) establece un paralelismo cerrado entre el comportamiento de los peces y la descomposición propia de lo humano, el objetivo de la traslación de lenguajes resulta tan general como vago: crear un “manifiesto sobre esos dos extremos de la experiencia humana”: belleza y muerte.

La abstracta universalización que encierra el segundo concepto no aterriza sobre el escenario en actitudes, acciones, personajes, circunstancias concretas que lo hagan tangible para el espectador, sino en un fastidioso hieratismo que sustituye con solemnidad la experiencia última –y por ende irrepresentable– de la existencia.

Peor aún resulta, sin embargo, el voluntario afán por la belleza. Como en la fábula del joven efebo narrada por Von Kleist, el Circo Raus parece haber perdido la gracia al momento justo de saberse bello.

Sobre un predecible armatoste diseñado por Mauricio Elorriaga, que pretendería sintetizar la sala de belleza y las peceras referidas, los personajes se deslizan ataviados con un fallidísimo vestuario de Marina Meza, mezcla de pasarela subdesarrollada y folclor orientalista.

Aunado a la ausencia absoluta de contenidos de cualquier especie, que caracterizaba ya la cercanía de Erótica… con la estética de videoclip, la construcción corporal fundada en las acciones propias del salón de belleza deviene un mero manierismo.

La afectación gestual carente de afectación sensible –ya no digamos emotiva–, se prolonga hacia las voces de Carlos Valencia, Luis Villanueva, Salomón Reyes y Ramón Solano, que junto con César Romero completan el elenco, produciendo una monotonía y artificialidad en las inflexiones verbales hasta grados que impiden escuchar el texto.

Está claro que para alcanzar la belleza natural del teatro, Israel Cortés, un nuevo director víctima del endiosamiento característico de un medio –no me canso de repetirlo– tan urgido de novedades como incapaz de reconocer sus verdaderos valores, requerirá mucho más que el superficial tratamiento ofrecido por cualquier Salón de belleza.