FICHA TÉCNICA



Título obra Divino Pastor Góngora

Autoría Jaime Chabaud

Dirección Miguel Ángel Rivera

Escenografía Xóchitl González

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Rodolfo Obregón, “Divino Carlos Cobos”, en Proceso, 1 julio 2001, pp. 76-77.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Divino Carlos Cobos

Rodolfo Obregón

Querido Carlos: Diría mi espiritual mentor, maese Brook, que un crítico vital es aquel que tiene una idea muy clara de lo que espera del teatro y sin embargo está dispuesto a que le destrocen sus esquemas. Supongo pues que sigo vivo; pues a pesar de poseer una teoría que he defendido durante años respecto a por qué los monólogos no son teatro (con citas de maese Brecht para legitimarla), he gozado plenamente tu solitaria aventura sobre los entablados del Galeón.

Por supuesto que ni siquiera en el “unipersonal”, ese género tan del gusto del siglo decimonono, el teatro puede ser una aventura solitaria. La complicidad, así sea con un solo espectador, es parte fundamental de su atractivo. Y en habiendo más escuchas, su mensaje cala de otro modo pues se percibe al centro de una comunidad.

Así lo entiende nuestro autor, Jaime Chabaud, tan conocedor del teatro de aquellos días en que ubica su obra; tiempos en que el arte de un buen cómico, por lo que he dicho, era capaz de intimidar a los poderes públicos y desatar feroces ataques de censura.

Picacrestas por vocación, nuestro común amigo ha intentado equiparar al censor de su relato, Don Diego Fernández y de Zeballos, con su barbado homónimo contemporáneo. El lance no rebasa lo anecdótico, o mejor dicho, el afán publicitario.

Lo verdaderamente hermoso de su texto, escrito con precisión admirable (hay que oír ese final que me arrancó un espontáneo olé), con sorprendentes saltos tonales, entreverado de un habla antigua y cínicas alusiones de actualidad, pleno de teatralidad contemporánea y homenajes a las formas del pasado (sainetes y tonadillas); lo verdaderamente hermoso –repito– es la nostalgia por aquella posibilidad perdida de alterar, desde los escenarios, el orden social.

Lo entusiasmante de su Divino Pastor Góngora es que nos devuelve –en tus pellejos– la profunda capacidad de un arte que, hoy día, es todo goce, que nos permite olvidar las mezquindades de la política y pitorrearnos de los pretendidos censores. O, lo que es lo mismo: que hoy por hoy, con nuestro pan nos lo comemos, no le hace que con frecuencia se nos ponga duro.

Y cómo no ha de ser goce cuando en la escena comandada por Miguel Ángel Rivera todo respira sensibilidad, desde la agreste escenografía de Xóchitl González: un páramo de grava que, como el arte del actor, sólo levanta polvaredas; pasando por sus sutiles cambios de luz que desvanecen la imagen y su recuerdo; a la música que interpretas ¡hombre orquesta!; al vigoroso trazo que se realiza con apenas un par de elementos.

Pero, sobre todo, cómo no gozarlo cuando la obra misma es una amorosa celebración del oficio y, sobre el escenario, se planta un actor como tú. Tu Pastor Góngora es, en efecto, Divino. Pleno de gracia en la interpretación del sainete, sin recurrir jamás al “empeño de hacer reír que lleva la ridiculez hasta el exceso” (diría un pensador mexicano); doloroso en la soledad de su huida; desafiante en la convicción de su ser artista; ingenuo al comprobar, ahora sí que en carne propia, el dilema ético de tu gremio: sobre el escenario, el actor es responsable de las ideas y los sentimientos que transmite.

Ni hablar. Que contra todas mis teorías, cómico irreverente, te plantas ahí y el teatro existe. Vaya con mi agradecimiento un abrazo.

El crítico.