FICHA TÉCNICA



Título obra Ruanda 94

Dirección Jacques Delcuvellerie

Elenco Yolande Mukagasana

Música Garrett List

Grupos y compañías Groupov

Referencia Rodolfo Obregón, “Teatro verdad”, en Proceso, 24 junio 2001, pp. 71-72.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Teatro verdad

Rodolfo Obregón

Otro acontecimiento extraordinario marcó la edición 2001 del Festival de Théâtre des Amériques: la presentación de Ruanda, una realización que desató tormentas antes de llegar a Montreal dada la negativa de las autoridades canadienses para otorgar visas a algunos participantes africanos.

La oportuna protesta-intervención de intelectuales y organizadores permitió finalmente que esta “tentativa de reparación simbólica frente a los muertos para uso de los vivos”, acompañada de una exposición de fotos y testimonios, sacudiera la conciencia y el alma de los espectadores a todo lo largo de sus seis horas de duración.

Producida por el grupo belga “Groupov”, Ruanda 94 es el resultado de cinco años de trabajo y colaboración entre los artistas europeos y algunos sobrevivientes del genocidio que entre abril y junio de 1994 arrojó un saldo cercano a un millón de muertos.

Teatro-verdad, entre estos sobrevivientes emerge la figura de Yolande Mukagasana, una enfermera tutsi cuya única razón para continuar con vida es dar testimonio de los horrores sufridos por su pueblo y exigir el castigo de quienes organizaron e incitaron la bárbara matanza y que continúan paseando libremente por Europa, Asia y África.

Autora de dos libros al respecto, esta admirable mujer se planta en el centro del escenario y, tras aclarar que no se trata de una actriz sino de una testigo, narra durante cuarenta minutos (que sólo interrumpen los sollozos) el inicio del horror, el asesinato de su marido, de sus tres hijos y el escalofriante calvario que atravesó aferrada a la vida.

“Nunca como ahora comprendí la urgencia de contar con un escenario donde expresarse”, me comentó mi colega y amiga Ma. Helena Serodio durante el primer intervalo. Efectivamente, en mi experiencia de espectador, sólo una representación organizada en el interior de la prisión de alta seguridad de Almoloya y una función de Manteca de Alberto Pedro en La Habana me habían estremecido de tal modo, al plantearse en los inestables filos del teatro y la verdad. Ahora, avergonzado, contemplaba el sufrimiento humano desprovisto definitivamente del pudoroso filtro de la ficción.

“¿Qué puede seguir después de esto?”, pregunté a mi vez. La sensibilidad e inteligencia del director, Jacques Delcuvellerie, me respondieron. Las siguientes cinco horas mezclan un gran oratorio en memoria de las víctimas, compuesto magistralmente y ejecutado en vivo por Garrett List, melopeas y tambores africanos, una situación ficticia (sobre una periodista belga resuelta a mostrar al mundo la atrocidad de su indiferencia), imágenes oníricas, lecturas de testimonios, una espeluznante recopilación videográfica de la matanza, y hasta una rigurosa conferencia (dictada por el propio director) sobre la historia de Ruanda, las consecuencias del colonialismo y la responsabilidad de los países europeos en el último genocidio del siglo XX.

El cuidado y la calidad de todos los elementos es extremo. No en balde, la prestigiosa revista Alternatives Théâtrales ha dedicado un cuaderno especial a la creación y análisis de Ruanda. En ella, Georges Banu sugiere que el efecto de esta realización es lo más cercano que el espectador contemporáneo haya experimentado a aquello que debió sentir su homólogo ateniense frente a la representación de Los persas de Esquilo.

Las declaraciones del compositor musical lo ratifican: “Nunca sentí tan intensamente los lazos que reúnen a la música con el teatro y la vida; los momentos de emoción, algún silencio, las voces de las mujeres en el fondo y el canto coral en primer plano”.

En efecto, la estremecedora comprobación de la tragedia del pueblo ruandés pasa por los medios específicos de la escena, por su incomparable poder humanizador. En ella se hacen realidad las palabras de Delcuvellerie: “si digo ‘un millón de muertos’, nadie reacciona; tengo que decir ‘un muerto un millón de veces’”. Henos aquí de cara a la contundente verdad del teatro.