FICHA TÉCNICA



Notas El crítico realiza un recuento de artistas mexicanos que han participado en compañías teatrales internacionales

Referencia Rodolfo Obregón, “Mexicanos en el gran teatro del mundo”, en Proceso, 17 junio 2001, pp. 66-67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Mexicanos en el gran teatro del mundo

Rodolfo Obregón

A lo largo del siglo XX, el contacto del teatro mexicano con el exterior ha sido precario y casi siempre unilateral. Hoy día, mientras varias obras argentinas giran por el mundo y algunas compañías chilenas hacen temporada en París, el teatro mexicano sigue siendo un completo desconocido para los exploradores del mapamundi teatral.

Los éxitos internacionales de realizaciones mexicanas se cuentan con los dedos (Divinas palabras, el Don Giovanni de Jesusa y Lo que cala son los filos, entre ellos) y la difusión de nuestros autores obedece única y exclusivamente a un trabajo de autopromoción (es por ello que los dos dramaturgos mexicanos más conocidos en Europa son Emilio Carballido y, para sorpresa de todos, Hugo Salcedo).

A diferencia también de “la internacional argentina” (Víctor García, Jorge Lavelli, Alfredo Arias) que ha llegado a tener un peso importante en el panorama mundial del arte escénico, ningún director mexicano se ha abierto paso en el mercado internacional del ramo. En fechas recientes, ha sido nuestro gran escenógrafo, Alejandro Luna, el único en trabajar en algún teatro importante fuera de las fronteras nacionales.

Por el contrario, varios han sido y son los actores que se han plantado sobre los grandes escenarios del mundo; aun cuando su paso haya sido casi siempre fugaz.

El encuentro en Montreal con el joven Edén Coronado, quien completa su formación actoral en la escuela de “Omnibus”, la noticia de que Juan Ibarra gira por América con el famoso performancero chicano Gómez Peña y, sobre todo, la conversación con los tres actores mexicanos que participan en el espectáculo del Théâtre du Soleil (ver crítica), reavivan el interés por los vasos comunicantes de nuestro teatro y llevan a proponer un inventario provisional de artistas mexicanos que, en un momento determinado, han participado en el gran teatro del mundo.

La lista se abre, en la segunda década del siglo, con el nombre de Carlos Lazo quien en París trabajó con el renovador francés Charles Dullin. En el Atelier que Dullin fundara en 1921, enfocado al aprendizaje del arte del actor y el valor plástico del gesto y el movimiento, el pintor mexicano pudo comprobar el valor dramático del espacio para volver a su país y contribuir fundamentalmente en la transformación en escenografía de lo que antes fue plástica aplicada a la escena.

Un episodio tan pintoresco como el personaje que lo protagonizara es el descrito por Antonio Alatorre en su “perfil” de Juan José Arreola (Letras Libres, octubre de 1999). Invitado por el mismísimo Louis Jouvet, Arreola estudió durante algunos meses con él y con Jean-Louis Barrault y esto le bastó para formar parte del elenco de Antonio y Cleopatra de William Shakespeare (supongo que bajo la dirección de Jouvet). Alatorre pinta el cuadro de manera inmejorable: “Es un papel humilde: Arreola, temblando de frío, sin más que un taparrabos egipcio, es uno de los remeros de la galera de Cleopatra; pero el escenario es todo lo contrario de humilde: ¡es la Comédie Française! Y por algo se empieza, ¿no?”

La posterior influencia de Juan José Arreola en la génesis de Poesía en voz alta coincide plenamente con la concepción actoral de Jouvet: “Un texto es ante todo una respiración. El arte del actor estriba en quererse igualar al poeta mediante un simulacro respiratorio que, por instantes, se identifica con el soplo creador”.

De un modo mucho menos circunstancial, una actriz mexicana pisaría con fuerza sobre el segundo escenario más importante de Francia: el Odeón, convertido por Giorgio Strehler en Teatro de Europa. Invitada mediante selección a formar parte de un elenco hispanoamericano, Angelina Peláez realizó un importante papel, elogiado por la crítica, en el Tirano Banderas que el catalán Lluís Pasqual adaptara en 1992 como parte de las conmemoraciones del Quinto Centenario del descubrimiento de América.

De Francia pasamos a Alemania, donde otros dos actores han trabajado al lado de grandes creadores. Con cierta ingenuidad, Rosaura Revueltas resume su relación con Bertolt Brecht en un texto llamado “Mi experiencia en el Berliner Ensemble”, que fue incluido por la UNAM en un volumen hecho para celebrar el centenario del poeta y director escénico.

De mucho mayor aliento, por el tiempo que ha tomado, ha sido la experiencia de David Hevia en el Theater an der Ruhr. En manos del brillante director Roberto Ciulli, Hevia se ha convertido en un actor con dominio de su instrumento creativo y, sobre todo, con clara conciencia de la función social del arte que practica.

Como Revueltas, en otra latitud y otro tiempo, la tenaz Inés Somellera ha logrado trabajar con uno de los directores de mayor éxito en el mundo. En el Festival Cervantino de 1999, pudimos comprobar su presencia en Persefone, el primer espectáculo de Bob Wilson que pisaba tierras aztecas.

Y así llegamos a los nombres de Renata Ramos-Maza, Sergio Canto Sabido y Judith Marvan quienes, desde hace 10 años (8 en el caso de Judith), pertenecen a una de las compañías más célebres del orbe: el Théâtre du Soleil.

Sin experiencia teatral previa, Renata abandonó la televisión mexicana para enterarse en España de la existencia de esta compañía. El modelo teatral heredado de la revuelta cultural de 1968 sedujo a la aspirante a actriz quien pasó todo un curso impartido por Ariane Mnouchkine sin poder siquiera pisar el escenario. “Cada vez que tomaba una máscara o un elemento para entrar a la improvisación, Ariane me detenía: ‘No estás lista para el escenario’. Entendí que o me hundía o aprendía de la experiencia; hice un nuevo taller y me quedé en la compañía”.

Proveniente del teatro corporal, Sergio Canto fue rechazado por todas las escuelas mexicanas “porque no terminé la prepa”, algunas de las cuales siguen rechazando sus propuestas para impartir talleres “porque digo que soy payaso”. Con entrenamiento en la Escuela de Etienne Decroux, Sergio llegó al Du Soleil para realizar importantes funciones en espectáculos cumbre como Tartufo y Tambores sobre el dique.

Curiosamente, la única de los tres con una formación profesional, Judith Marvan, tuvo que pasar un proceso mucho más largo para subir al escenario de la Cartoucherie. Egresada de la Escuela de Arte Teatral del INBA, fue “asistente del músico Jean-Jacques Lemêtre, responsable de grabar en video los ensayos, asistente de Ariane y, después de casi seis años, actriz en la compañía”.

La relación de todos estos actores con el teatro mexicano (exceptuando a Angelina Peláez) no implica hasta ahora una retroalimentación. “Nula, no sé lo que pasa ni conozco a nadie”, aclara Renata. “Yo quisiera aportar algo de mi experiencia; pero la última vez que propuse un taller en México, llegaron tres alumnos. No se le dio ninguna difusión”, afirma Sergio Canto.

Con la perspectiva de una gira con funciones en Tokio, Seúl y Sídney, Judith remata: “Ciertamente quisiera regresar. México me hace mucha falta. Aunque en mi última visita, al comprobar el desánimo de mis amigos actores, tuve por primera vez la sensación de que quizás no deba hacerlo”.

Ante el mismo dilema se debe encontrar Alonso Ruizpalacios, una futura figura de este inventario, quien es hoy día el único alumno originario de un país de lengua no inglesa en la Royal Academy of Dramatic Art (RADA), el semillero de actores más célebre del planeta.


Notas

[N. del E. Este texto especial acompañó la publicación de la crítica sobre el espectáculo Tambores sobre el dique del Théâtre du Soleil (17 junio 2001).]