FICHA TÉCNICA



Notas Extractos de la ponencia, en torno a la palabra hablada en el teatro mexicano, presentada en el XX Congreso Mundial de Críticos de Teatro

Referencia Rodolfo Obregón, “Las barreras del idioma (II)”, en Proceso, 3 junio 2001, pp. 66-67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Las barreras del idioma (II) *

Rodolfo Obregón

Quisiera comenzar citando una estadística relacionada con el tema de nuestra reunión: de 1900 a 1950, el número de estados independientes fundados alrededor del mundo fue de 1.2 por año. De 1950 a 1990, el número aumentó a 2.2 nuevos estados por año. Y de 1990 a 1998, los años de la tan temida globalización, se crearon 3.1 nuevos países por año. Los defensores del multiculturalismo pueden estar tranquilos, la historia establece sus propios medios de equilibrio.

El fenómeno contiene aún otra sorpresa: en el continente americano, la última nación establecida como estado independiente es Panamá… ¡en 1903! Lo cual significa que desde nuestro punto de vista, debemos invertir la perspectiva. De hecho, la barrera del idioma ha sido una discusión permanente durante el último siglo, cuando menos en países como México, Cuba, Perú, Colombia o Brasil, donde el mestizaje no es parte de “la condición posmoderna” sino la esencia de su identidad.

El mestizaje ha determinado los cambios sustanciales en la idiosincrasia de aquellos que habitamos el territorio de la lengua castellana y ha provocado, en el caso específico de México, la búsqueda obsesiva de su propio rostro a todo lo largo del siglo XX.

(…) Un dato sorprendente salta a la vista: hasta 1920, cien años después de su independencia y aún bajo los efectos de una revolución popular, los actores mexicanos seguían pronunciando como españoles incluso en obras locales. Las tres visitas, durante esa década, de la compañía argentina de Camila Quiroga influenciaron al dramaturgo y director Ricardo Parada León quien forzó a sus actores a usar una pronunciación propia en su obra La agonía (1923). (La fiereza de esta lucha y sus absurdos se ejemplifican cuando en plenos años sesenta, el muy activo director de teatro clásico español, Álvaro Custodio, obligaba a mi maestro Ludwik Margules, un polaco por esas fechas recién llegado a México, a cecear en sus obras.)

Desde entonces, la gran batalla de la escena mexicana ha sido la emancipación del viejo teatro español y la búsqueda de su propia voz; la identificación de sus escenarios con el espíritu de una nación. Una batalla que se llevó a cabo en algunos países europeos hace ya 450 años.

Bajo tales circunstancias, el crítico mexicano Antonio Magaña-Esquivel escribió, alrededor de 1950, algo que establece la rica interacción de lo global y lo local: “Cuando se ganó el habla a la mexicana en la escena, sobre la muy trillada ‘pronunciación’ a la española, quedó superado todo ello (la discusión entre nacionalismo y universalidad) en su parte fundamental y se hizo más nacional el teatro extranjero”.

Este hecho, por cierto, implica la necesidad de traducciones particulares del drama universal para cada región del mundo hispanoparlante.

(…) No obstante, la hegemonía cultural se repite a escala nacional. Reflejo de una vida centralizada, y bajo la influencia de la fisicalidad del teatro de los años 60 y 70, ninguna escuela mexicana de actuación incluye en sus programas el estudio de las variadas formas del habla y los acentos regionales.

Hasta años recientes, algunas manifestaciones teatrales de diversas partes del país, principalmente de la frontera con los Estados Unidos (y éste es un hecho muy interesante respecto a la resistencia cultural), han trascendido su carácter espontáneo y han logrado articular un lenguaje artístico complejo. Este teatro regional ha contribuido con su característica vitalidad a mostrar los múltiples rostros de una nación.

Un rostro, sin embargo, permanece invisible.Hoy día, cuando el reconocimiento de las culturas indias es uno de los puntos centrales en la agenda política, el fracaso para incorporar estas culturas al “laboratorio de la lengua y el gesto de una nación” se hace patente. Siendo el segundo país con más lenguas vivas (62, sólo después de India), el teatro mexicano ha sido incapaz aún de confrontar su prodigiosa diversidad…


Notas

* Extractos de la ponencia presentada en el XX Congreso Mundial de Críticos de Teatro AICT/IATC, Montreal, Canadá