FICHA TÉCNICA



Notas Extractos del diario de Federico Gamboa y de crónicas sobre el estreno en 1914 de su obra A buena cuenta

Referencia Armando de Maria y Campos, “Olvidos y recuerdos del teatro en México. Estreno de A buena cuenta de Gamboa en el Ideal, en 1914”, en Novedades, 17 junio 1947.




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Novedades

Columna El Teatro

Olvidos y recuerdos del teatro en México. Estreno de A buena cuenta de Gamboa en el Ideal, en 1914

Armando de Maria y Campos

El 6 de febrero de 1914 el teatro Ideal de México estuvo de gala con motivo de la ¡Noche Mexicana! –espléndido festival organizado por la Asociación Mexicana de Arte, que dirigía don Manuel Haro–, durante la que se estrenaría la pieza del autor –y político– mexicano don Federico Gamboa. "El programa de esta velada –se dijo en las informaciones de los diarios de la época– tiene la singularidad de que todo en él es mexicano. Los elementos artísticos que tomarán parte en la fiesta son todos de gran valía y su presentación en México constituirá la mejor prueba de que ya tenemos en México arte propiamente nuestro y que sólo falta un poco de estímulo para conseguir su total desenvolvimiento".

La función empezó "a las ocho y tres cuartos en punto". El teatrito estaba lleno de bote en bote. Delante de la cortina apareció el ilustre poeta mexicano don Luis G. Urbina para sustentar una conferencia sobre "El teatro mexicano", amenísima, durante la que se refirió a Alarcón, Gorostiza, Calderón y Rodríguez Galván, Peón Contreras y Mateos, Chavero y Othón, hasta Gamboa, que ocupaba un alto puesto en el gabinete del dictador Huerta. En seguida se representaron los tres actos de A buena cuenta, por la compañía de la gran actriz mexicana María Luisa Villegas. “El nuevo drama de Gamboa –dijo La semana ilustrada, la mañana de aquella fecha– es de tanta o mayor intensidad que La malquerida de Benavente, el diálogo es bellísimo y las situaciones muy interesantes, y los lugares en que se desarrolla la acción escogidos en un delicioso ambiente nacional”. Los programas fueron explícitos al referirse a las decoraciones, ejecutadas por los hermanos Tarazona, escenógrafos valencianos; fueron tres: "El patio de una fábrica de hilados y tejidos en Tizapán, mirándose al fondo altiva y arrogante la cordillera del Ajusco– Una casa en el pintoresco y poético pueblecito de Chimalistac– El Pedregal de San Angel desolado e inmenso". "A fin de que la reproducción de estos lugares se logre con la mayor fidelidad posible, en días pasados hicieron una interesante excursión a aquellos puntos, acompañados nada menos que del autor del drama, los hermanos Tarazona quienes tomaron del natural bellísimos apuntes", comentó El imparcial el día del estreno.

El estreno de A buena cuenta fue un éxito, difícil de comprobar, ahora, porque los periódicos de la época que reseñaron la función han sido mutilados, o son difíciles de adquirir. Tratando de remediar en parte la falta de noticias recurrí un día a don Federico, quien, amable, me dio varias fotos que conservaba, en una de las cuales aparece –de severo jaquet, pantalón a rayas, con sus 48 años a cuestas– dando las gracias con la Villegas y otros actores, dos con escenas de la obra y en otra una corona de oro y listón tricolor, que seguramente le regalaron esa noche, y unas cuartillas manuscritas, fechadas, en Bruselas el 26 de septiembre de 1912, de su "Diario", que aún permanecen inéditas, porque lo publicado alcanza únicamente hasta 1911. –¡Úselas usted, me dijo don Federico, cuando le venga en gana, porque ellas forman una página de la historia de nuestro teatro, tan zarandeado por propios y extraños!... Son éstas:

"Este A buena cuenta, La venganza de la gleba, que subió a escena por primera vez el 14 de octubre de 1905, y La sima, que si Dios me presta alientos y años algún día ha de ser escrito, pretenden formar una trilogía dramática mexicana con que me propongo llamar la atención de quienes en asuntos tales deben fijarla, hacia una parte de nuestros problemas nacionales, en tres aspectos urgentes: nuestra vida rural, personificada en el peón del campo; nuestra vida industrial en el obrero, el fabriquero, según ellos mismos se denominan, y nuestra vida urbana en el estudiante destripado y en el profesional fracasado, es decir, el individuo que más abunda en nuestras capas superiores, el que reclama –esgrimiendo armas que sólo para enconarlo le han servido–, un hueco en el intermitente bienestar público, un asiento en el banquete del presupuesto, un lote en el reparto de prebendas y sinecuras.

"Con La venganza de la gleba quise, además, cercionarme de la viabilidad en las tablas de nuestros más humildes tipos castizos, los que me atreví a presentar tal y como son, a mi juicio; los vestí con su indumentaria propia y los hice hablar en lengua vernácula, que, dígase lo que se quiera, no escasea en bellezas; por mucho que en casi todas las tentativas del "género chico" de casa, que únicamente busca mover a risa, los tipos mexicanos suelen expresarse, no en tal habla vernácula, sino en dialecto soez y arrabalero. La acogida dispensada a La venganza de la gleba por público y prensa, clarísimamente demostró que no anduve descaminado en aquel punto. De ahí que A buena cuenta prosigue la cruzada.

"Pensada y escrita en Centroamérica desde 1907, A buena cuenta, cuando mi regreso de entonces a México, estuvo a punto de ser estrenada, mas fue parte a que la representación se pospusiera el cargo de subsecretario de Relaciones Exteriores con que por esos días me distinguió el gobierno.

"Después, mi carrera diplomática –que es segundona–, ha vuelto a arrancarme de los míos y de lo mío. Ignoro la época y las condiciones de mi retorno a México, y no me resigno a que el drama siga por sabe cuánto tiempo desconocido en mi tierra y de mis coterráneos. Ampárelo en lo que valga, la circunstancia de que él no es diplomático ¡al contrario! Es pura y simplemente un pedazo de vida mexicana que por mi voz se queja. No me bastará, sin embargo, con que lo escuchen si es representado, o lo lean si no ha de pisar el teatro. Va en demanda de que el caso en que se ocupa, lo tomen en serio los llamados a aliviarlo".

El drama A buena cuenta no ha sido editado. En 1907 don Federico envió los originales a España. Un fragmento apareció en Arte y Letras, de México III, 40–, en agosto de 1907, y el primer acto en Mundial, la revista que Rubén Darío editó en París, en junio de 1911.

La ¡noche mexicana! del estreno de A buena cuenta concluyó con un acto de concierto, en el que intervinieron la Unión Filarmónica de México, "agrupación musical expresamente formada para este festival", que ejecutó música de Felipe Villanueva y Ricardo Castro; y "el muy aplaudido barítono José Torres Ovando (que cantó) las más celebradas Canciones Mexicanas del eminente maestro Manuel M. Ponce", dice, sencillamente, el programa –que conservo– de aquella función, y que sobrevive, a punto de hacerse polvo también, al autor de la pieza teatral que anunció uno de los mexicanos más mexicanos que ha producido México...