FICHA TÉCNICA



Título obra Tropical revue

Grupos y compañías Compañía de Color de Kahterine Dunham

Notas Comentarios del autor sobre la música y danza negras en Sudamérica, citando documentos novohispanos, con motivo del Tercer programa de la Compañía de Color de Kahterine Dunham

Referencia Armando de Maria y Campos, “El espectador mexicano y Kahterine Dunham. No existe en el cancionero nuestro vestigio de música negra I”, en Novedades, 14 mayo 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El espectador mexicano y Katherine Dunham. No existe en el cancionero nuestro vestigio de música negra I

Armando de Maria y Campos

Presenta Katherine Dunham en la tercera edición de su Tropical revue un ballet mexicano –o que pretende ser de ambiente mexicano–; y un espectador me ha escrito preguntándome qué hay de verdad en esa "escena mexicana" –rhumba movement from Harl McDonald Symphony, Katherine Dunham, Lewood Morris y la compañía–, que cierra la primera parte del tercer programa que presenta en México la gran danzarina negra.

La respuesta es rápida. Ese bello baile no tiene nada de mexicano. Es de origen negro desde su primera hasta su última nota, desde el paso inicial hasta el postrero. Y no lo es, porque no existe en nuestro cancionero –y dicho está que en nuestra coreografía– ni el más leve vestigio de música negra. Nuestra cultura musical es cultura europea: española, italiana, francesa. Hasta principios del siglo XIX fueron exclusivamente españoles los cantantes bailarines, tonadilleros y en general todos los ejecutantes de instrumentos musicales, propagadores de esa cultura. Claro está que desde el siglo XVII, y durante todo el XVIII, los esclavos y libertos negros cultivaron aquí sus danzas originales con música e instrumentos africanos. Las fiestas de los negros son muy antiguas en todas las ciudades americanas donde hubo esclavitud intensiva. Ya he hablado de este tema, por lo que se refiere a las regiones de Norteamérica. Mucho se puede decir de la difusión de la música negra en Suramérica. Antonio Joseph Pernetty, por ejemplo, vio en Montevideo a fines de 1763, una danza de muy particulares características, ejecutada por africanos. En 1788 el virrey de Buenos Aires debió atender una solicitud capitular gravemente fundada. El síndico procurador general, indignado, se había dirigido al cabildo protestando por el estado de las cosas. Los negros estaban desenfrenados. "Se origina de estos mismos Bayles –escribe– una manifiesta ruina de las almas con las muchas y graves ofenzas, que hazen a Dios porque qué otra cosa son estos bayles, sino unos verdaderos Lupanares donde la concupiscencia tiene el principal lugar y haze todo lo agradable de ellos con los indecentes y obsenos movimientos que se executan sin que de otro modo los puedan hazer, pues para ello contribuye el mismo son de sus instrumentos que es el mayor alicitivo para alterar el espíritu haciendo concupiscible, y poniendo en movimiento y disposición de practicar las mismas obcenidades; de aquí también se sigue el escándalo y el mal exemplo que se da a todos los concurrentes, principalmente a las niñas y gentes inocentes proque abriendo los ojos, y entrando la malicia (por) ellos, se anticipan a aprehender lo que por modo alguno devían saber, ni sus Padres permitirles fuesen a semejantes bayles, y diversiones".

El cabildo bonaerense se reúne; pide castigos tremendos para los negros que cantan y bailan tan escandalosamente. Penas severas para los negros, porque sus bailes... "no son otra cosa que unos conventículos en que se renuevan en mucha parte los Ritos de la Gentilidad, que visiblemente todos los gestos, los instrumentos de que se usa, y aun las sonatas que tocan, incitan eficazmente a la lujuria, y con necesidad deben hazer impresión a la Juventud siempre dispuesta a lo peor, y en fin que en dichos conventículos no solamente se congrega mucha gente de todas claces, sino que se hazen por los negros algunos gastos que deben precisión deducir de el robo, y rapiña, y aun se pervierta la Esclavatura, porque dedicados a estas diversiones ridículas en que se renuevan las extravagancias de su país, es imposible reducirles a la racionalidad, y a exercicio de la devoción". Claro que nada se pudo, para evitar que los negros continuaran cantando y bailando. Un viajero Concolorcorvo, que anduvo por la América del Sur a fines del siglo XVIII, dice en sus novela El lazarillo de ciegos: "las diversiones de los negros son las más bárbaras y groseras que se pueden imaginar. Su canto es un aúllo". Esto se decía en 1777. Un siglo después, el historiador argentino Gálvez dice, refiriéndose a los mismos negros de aquella región, que en los tiempos del dictador Rosas, con motivo de la conmemoración de un acto político, "se invitó, se estimuló y probablemente se ordenó a la raza africana, que todas las sociedades en que estaba organizada tomasen parte en los festejos concurriendo determinado día a la plaza Victoria para bailar y cantar como si estuviesen en Africa".

Bien; pero, ¿cómo producían sus bailes tan discutidos? Concolorcorvo se refiere a un idiófono por frotación, reproducción americana de los originales: una quijada de burro cuyos dientes flojos suenan frotados con un hueso. Había después de un tronco hueco a cuyos extremos ciñen un par de pellejos; carga un negro este tambor sobre la cabeza y el otro golpea las membranas con dos palos como zancos... sin orden y sólo con el fin de hacer ruido. Marcos Arredondo, en su libro Croquis bonaerenses (Buenos Aires, 1896) los menciona así: "Bajo el redoble estrepitoso de los candombes el repiqueteo chillón de los mazacalles, los golpes penetrantes de los "chino chino", avanzan los "Negros Retintos" una sociedad respetable que desfila como las demás, por entre un cordón de público compacto y abigarrado que la aplaude invariablemente, estimulando las gracias de Tata Viejo, un blanco pintado de negro, que se destaca en el centro y dirige el compás de la música camdombe".

"Su canto es un aúllo" dice un cronista: "parecen aullidos de animales", cuenta otro. El musicólogo cubano Sánchez de Fuentes, tan documentado en estos barullos, refiere que en Cuba los negros se divertían "en medio de frenéticos, desarticulados bailes, que acompañaban unas veces con monótonos acentos y otras con voces y aullidos".

¿Se concibe que un acto así, de extravertidos, prenda en la semilla de la raza india de nuestra Meseta Central raza introvertida, tímida finura en su expresión, amarga dulzura en su queja resignada?... En modo alguno. Pero esto no quiere decir que México no haya gustado de la música negra, muy popular durante el siglo XIX, como lo podrá comprobar el lector, si me acompaña en el relampagueante recorrido que haré en fecha inmediata, recordando los bailes y cantos negros que nuestro público escuchó de 1805 –no he podido hallar dato de fecha anterior– a 1900...