FICHA TÉCNICA



Título obra Tropical revue

Grupos y compañías Compañía de Color de Katherine Dunham

Espacios teatrales Teatro Esperanza Iris

Notas Comentarios del autor sobre la danza y música negra con motivo del Segundo programa de la Compañía de Color de Kahterine Dunham

Referencia Armando de Maria y Campos, “Apostillas al espectáculo negro de Katherine Dunham”, en Novedades, 3 mayo 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Apostillas al espectáculo negro de Katherine Dunham

Armando de Maria y Campos

La familia Dunham gozaba de la consideración de los vecinos del barrio negro de Joliet, en Chicago, Illinois. El padre atendía un establecimiento de lavado y planchado de su propiedad; la madre, maestra de la escuela, enseñaba las primeras letras a la inquieta muchacha de color. Dos hijos tenía el matrimonio Dunham, una niña y un niño. Ella empezaba a aprender a tocar el piano; él, tocaba la mandolina, como el viejo Dunham, su padre. Katherine y Alberto Dunham formaban, con su padre, el mejor trío musical del barrio negro de Joliet. A veces los chicos interrumpían sus lecciones para escuchar de boca del padre relatos de la lejana tierra de origen de sus progenitores: Madagascar, en la remota Africa.

Katherine produjo su primer espectáculo cuando tenía 8 años, organizando un "cabaret" en la Iglesia Metodista de Joliet. Todos estimaron como un atrevimiento la fiesta negra –canto y baile– de la pequeña Katherine, pero el "cabaret negro" produjo para el fondo de la Iglesia la cantidad de 32 dólares. Desde entonces Katherine vivió un sueño: bailar y cantar la historia de su raza que oía contar a su padre, negro nacido en Madagascar.

En la Universidad de Chicago Katherine estudió antropología; becada, viajó por el Caribe y las Antillas estudiando los cantos y bailes de su raza... A su regerso se doctoró en la Universidad y empezó a difundir la buena nueva de los viejos cantos y bailes de los negros. Formó una compañía de bailarines de color que actuó bajo los auspicios del Teatro Federal de Chicago, fue a Nueva York a montar un espectáculo: Pins and needles. Después, montó Tropics and le jazz hot. A este espectáculo siguió –ella actuó de directora coreográfica y como bailarina y cantante– Cabin in the sky el que llevó hasta Hollywood, y en la capital del mundo fílmico trasladó a la cinta mágica Star spangled rhythm, Stormy weather y un corto en tecnicolor de ella y su compañía: Carnival of rhythm. Cada nuevo espectáculo de la Dunham supera en emoción y en belleza al anterior. Tropical revue parece sintetizar todo un largo recorrido desde el modesto espectáculo en la Iglesia Metodista de Joliet hasta Cabin in the sky. Pero todavía la Dunham produce Carib song y Bal negre.

En el segundo programa que la compañía de color de Katherine Dunham presentó en el Iris, figuran actos y pasajes de Tropical revue y de Carib song. Vuelve el público a deleitarse con L'ag'ya, ballet comedieta que sucede en una aldea de pescadores de la Martinica. Pero el tono del nuevo espectáculo de la Dunham continúa siendo una mezcla de pasado, presente y futuro del baile negro, con la rumba como motivo principal.

¡La rumba! ¡La calinda! ¡La bamboula! ¡La guiouba! ¡Los banjos y las maracas! ¡Los bones y los tam-tambs!... Como un relámpago de ébano aparece un instante el "minstrel show". (Cuando el dueño de una plantación deseaba entretener a sus invitados, escribe James Weldon Johnson, no necesita sino llamar a una troupe de menestreles). No faltaba el ragtime: ritmo desgarrado, ritmo roto, ritmo sincopado, es el típico "ritmo negro-yanqui", adaptado a las exigencias pianísticas. Constituye uno de los pilares que sustentan el puente de acceso del folklore al "jazz". El otro pilar es el "blues". Los ritmos negros empiezan a dispararse en distintas direcciones. En las Antillas florecen la rumba, la machicha, la calinda; en Nueva Orléans, la bamboula. En San Luis Missouri aparece el ragtime. Más ciudades se disputan el nacimiento del jazz que las que pretenden ser la cuna de Homero: San Francisco, Nueva Orléans, Memphis, Chicago, todas reclaman su derecho. Pero, cuidado, el jazz sin swing es como el cuerpo sin espíritu. Duke Ellington lo ha dicho poéticamente en una de sus canciones: "It don't mean a thing, if it ain't got that swing", o lo que es lo mismo: nada significa si no tiene swing.

El espectáculo de Katherine Dunham, ni ballet, ni revue, ni vodevil, tiene un poco de todo, pero tan nervioso y cocido, que resulta un arte negro que sienten tan suyo los ñáñigos de Cuba, como los negros del Caribe y del Brasil, los morenos de las Antillas como la población de color –negra o blanca– de los Estados Unidos..., porque está compuesto, como la tela del traje de Arlequín, con trozos de rumba y conga, de bamboula y de calinda, de blues y de menestreles, de ragtime y de jazz, de swing y de boogie woogie...

Como espectáculo coreográfico, cuyo primitivismo lo universalizan las técnicas modernas de danza, desde la de Mary Wigman hasta la de Martha Graham, el que anima con artistas de color Katherine Dunham es excelente. Le falta un punto de madurez musical para ser ballet negro, o ballet simplemente. ¿Por falta de un gran músico? Tal vez. Pero la Dunham tiene el remedio al alcance de la mano; las partituras de los compositores europeos que han empleado melodías del tesoro folklórico negro para sus obras "europeas". El futuro de la música negra –dijo Anton Dvorak, checoslovaco– debe ser buscado en las llamadas melodías negras. Y ya hemos quedado en que no hay música norteamericana sin influencia negra. Brahms, Liszt, Grieg, Rimsky-Korsakov, Glinka y cien más se han inspirado en melodías que, tal vez, se oyeron por primera vez en Africa, luego en las Antillas y el Caribe, en Brasil o en Nueva Orléans después.

Conviene recordar que durante su estancia en Brasil Darius Milhaud se impregnó suficientemente de música negra para escribir su "ballet africano" titulado La creación del mundo, sobre una leyenda originaria de Africa que compuso Blaise Cendrars. "El desnudo primitivismo de esta producción –se dijo en la prensa francesa–, su audaz realización escénica, su intenso y dinámico ritmo, sostenido por una percusión bárbara, sorprendieron y cautivaron al público. Los medios de percusión a que el autor recurre, produjeron un revuelo entre la gente joven. La técnica del jazz en connubio con los espesos ritmos negroides, rompieron con todos los viejos cánones".

Katherine Dunham tiene un largo camino que recorrer...