FICHA TÉCNICA



Grupos y compañías Compañía de Color de Katherine Dunham

Notas Comentarios del autor sobre la danza y música negras con motivo del ensayo de la Compañía de color de Katherine Dunham

Referencia Armando de Maria y Campos, “Un ensayo, presentación del ballet de color de Katherine Dunham”, en Novedades, 2 mayo 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Un ensayo, presentación del ballet de color de Katherine Dunham

Armando de Maria y Campos

Un trastorno en el transporte del vestuario y atrezo de la compañía de Katherine Dunham impidió el debut de este espectáculo, como estaba previsto, horas antes de la fijada, con el público ya en el pórtico, lo que dio ocasión, para evitar el enfado consiguiente a que se resolviera el problema con la presentación gratuita para el "respetable" –que se creía defraudado– de la Compañía de color de la Dunham –coreógrafa y antropóloga de la Universidad de Chicago, nacida hace 34 años, directora de una escuela de danzas de origen afroide–, con la presentación de la farándula negra en un "ensayo" con uniformes de labor –es decir, semi desnuda–, luces y orquesta... Van a tener ustedes el privilegio de presenciar la preparación de mis danzas como entre bambalinas, dijo Katherine; y nos presentó durante dos largas horas, el alfabeto de la coreografía negra, con la intervención infatigable de toda la compañía, obediente como un manojo de músculos y nervios a la voz y a la voluntad de la magnífica coreógrafa y bailarina directora.

Un público de "premier", elegante, displicente y curioso, se convirtió en un grupo de espectadores entusiastas que pasó, casi sin transición, de la curiosidad al asombro, de la sorpresa al júbilo. No pudo deparar la casualidad mejor oportunidad para que el ballet de color de Katherine Dunham lograra un éxito de público, tan desnudo de truco como espléndido de emoción. ¡Qué novedad en todo y para todos! Y, sin embargo, qué viejo, qué clásico es lo que veían nuestros ojos y percibían nuestros sentidos...

El pasado cultural de la raza negra constituye una sólida base para que la opinión apuntada no ofrezca reparos. Porque es sabido que la gente de color no llegó al Nuevo Mundo en estado salvaje, como tantas veces se ha pretendido hacer creer. En la tierra de sus antepasados poseía civilizaciones, seculares, particularmente la originaria de ciertas regiones, como Dahomey, Yoruba, el Congo, la Guinea, el Camerún, la Costa de Marfil, la Costa de Oro, Maurice Delafosse, Leo Frobenius, Alfred Burdon Ellis, William Edvard, Burghardt DuBois –por no citar sino a los más ilustres amigos de la cultura negra–, al rectificar los absurdos conceptos acerca de su pretendida inferioridad racial, señalaron la trascendencia de la cultura desarrollada en el Africa y su adelanto, en muchos aspectos sobre culturas occidentales.

Desde que los negros fueron introducidos en América existe en este continente el célebre triángulo de color: canciones, danzas y música instrumental. Relatos que se refieren al tráfico entre las costas del continente africano, Los Estados Unidos, las Indias Occidentales –de donde, como se sabe, pasaban en gran número a la gran república del norte–, el Brasil, las costas de México, particularmente en las del ahora estado de Guerrero nuestro, aseguran que muchas veces, durante la agobiadora travesía, metidos en las calas de los siniestros navíos negreros, con cruel y palpable ahorro de espacio, como si se tratara de mercancías; cuando las epidemias, el implacable látigo y el recuerdo de la libertad perdida para siempre, amenazaban con diezmar el cargamento de ébano, los traficantes no sólo permitían sino que obligaban a los siervos a subir a cubierta –claro, precautoriamente encadenados– y ejecutar sus danzas, que para los pobres esclavos era ¡como un renacer!... Hay pruebas –la bibliografía sobre el tema empieza a ser abundantísima– de que durante los siglos XVII y XVII las negradas entonaban sus canciones de trabajo, luego fomentadas por sus amos o capataces, y en particular los "corn songs" y los "boat songs" –que fueron los primeros registrados en el Norte– mucho antes de que fueran descubiertos los "spirituals."

El tema del arte, de la cultura, de la civilización negra en América –a través de su poesía cantada, de su dolor bailando– es apasionante. No en balde ha dicho el poeta James Weldon Johnson: "Cuando se trata de música y de danzas, todos los norteamericanos se desviven por pasar por negros". No es nuevo afirmar que algunas regiones del norte de América están saturadas de negrismo. La primera mención de la música del africano –leo en el erudito estudio de Guy Benton Johnson The Negro Spiritual: A Problem in Anthropology– se halla en el libro Voyage to Jamaica, publicado en 1688 por Sir Hans Sloane, y en él se incluyen tres canciones "probablemente originarias del Africa". En el volumen Selections of Scotch, Inglish, Irish and Foreign Airs (1782), figuran varios cantos de la raza de color. Y Tomás Jefferson, en su obra Noles on Virginia, que data de 1784, se refiere laudatoriamente al talento musical de los esclavos negros. En el Diario de sucesos notables, de Antonio Robles, que registra desde enero de 1665 hasta diciembre de 1703 todos los acontecimientos notables de la Nueva España, hay frecuentes alusiones a fiestas, con cantos y bailes de los negros, abundantísimos en el vasto virreinato. Lo que viene a confirmar, según lo asevera el historiador y poeta Benjamín Brawley, en su Social History of the American Negro, que "la diversión de los primeros esclavos importados (a la Unión) consistía en danzas traídas del Africa".

Con su dolor y su sentimiento expresado a través de sus cantos y sus bailes, la raza de color se ha impuesto, ya independiente y segura de sí misma. Y pasea en triunfo su cultura. Ya no más volverá a cantar:

Cero es cero,
Higo es higo;
Todo para el blanco,
Nada para el negro.

Ahora baila, canta, y el blanco le entrega su fe y su corazón...