FICHA TÉCNICA



Título obra La huella

Autoría Agustín Lazo

Dirección Julio Bracho

Elenco Virginia Fábregas, Prudencia Grifell, Aurora Cortés, Felipe Montoya, Carlos López Moctezuma, Manolo Fábregas, Andrea Palma, María Douglas (Mary), Felipe Montoya, Prudencia Grifell, Aurora Cortés

Escenografía Julio Castellanos

Eventos Primera Temporada de Teatro Mexicano del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura

Referencia Armando de Maria y Campos, “Inauguración de la temporada de teatro mexicano en Bellas Artes y estreno de La huella de Agustín Lazo”, en Novedades, 25 abril 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Inauguración de la temporada de teatro mexicano en Bellas Artes y estreno de La huella de Agustín Lazo

Armando de Maria y Campos

En no más de veinte días organizó Salvador Novo la primera temporada de teatro mexicano del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, cuya sección teatral ha sido puesta en sus manos, bajo su joven y madura responsabilidad de fiel amante del teatro. "Para esta primera temporada de teatro mexicano –dice Novo en publicación y programa que hizo circular la noche de la inauguración, 19 de abril– se han elegido tres obras de autores nacionales contemporáneos, dirigidos por otros tantos profesionales e interpretadas por un elenco de la máxima calidad. Para el próximo invierno el Instituto se esforzará en ofrecer una segunda temporada de teatro mexicano, para cuyo desempeño espera contar con la colaboración generosa de otros grupos profesionales". "Vehículo vivo de cultura; lazo inigualable de comunicación espiritual, el teatro merece, en diversas medidas, sobrevivir, reinvindicarse, surgir y cultivarse entre nosotros".

Novo ha tenido la franqueza de atacar el problema y la solución del teatro en México, y del teatro mexicano, que no es lo mismo, de frente y con sonrisa optimista: "'La guerra no declarada al teatro' ha acabado por privarlo aun de los locales adecuados a la comedia. Otros espectáculos, dueños de caudalosos recursos más industriales que artísticos, se han apoderado de los que antaño se le destinaban y lo acogían. Reconocemos que el propio Bellas Artes cumple inadecuadamente una función de sede para una comedia para cuya intimidad no fue construido; pero reconocemos también que es este nuestro máximo coliseo el indicado para la consagración de espectáculos profesionales que constituyan un ejemplo y un estímulo para los cultivadores del teatro en México que aspiren a actuar en él por el propio derecho de sus merecimientos".

El repertorio de esta primera temporada de teatro mexicano estará formado, ya se dice antes, por tres piezas de autores nacionales: La huella de Agustín Lazo; El pobre Barba Azul de Xavier Villaurrutia, y El gesticulador de Rodolfo Usigli. Para interpretar la pieza de Lazo se logró formar un excelente conjunto de artistas profesionales –Virginia Fábregas, Prudencia Grifell, Aurora Cortés; Felipe Montoya, Carlos López Moctezuma, Manolo Fábregas –y de dos procedentes del cine: Andrea Palma, muy madura como actriz y Mary Douglas, todavía promesa, muy incipiente, que fue dirigida por el director cinematográfico Julio Bracho, tan alejado del teatro durante estos últimos años, que no exagero al afirmar que uno y otro se encontraron como extraños. Sin embargo, Bracho volverá a dominar la técnica y la mecánica bien simple junto a la del cine, del teatro, entre cuyas diablas y bambalinas dio sus primeros pasos.

El "drama romántico" de Agustín Lazo, La huella, es una pieza lograda, de autor y traductor maduro en la disciplina de ver, analizar y escribir teatro, y de armarlo y pintarlo, porque Lazo es un técnico de la "puesta en escena" y de la decoración, ramas del teatro que estudió en París, entre los años 25 y 30, con Charles Dulin. Ha traducido cerca de treinta piezas italianas y francesas, y aparte de La huella tiene escritas otras dos obras originales: Segundo imperio, impresa el año pasado, y El caso de don Juan Manuel, sobre una leyenda colonial.

Muy joven empezó Lazo a interesarse por el teatro, primero como traductor. Recuerdo que hace muchos años, por el 18 o el 19, hacían temporada en el Ideal, Julio Taboada y Mercedes Navarro, representando teatro extranjero: francés, italiano, hasta alemán. Una noche, llamó al camerino de Taboada un joven estudiante, y le entregó para su lectura una traducción de la comedia de Francis de Croisett, El gavilán. Tímido y sonriente el joven de cuello duro y calzado de dos vistas dejó sobre una mesilla el manuscrito, y... no volvió más. Le gustó a Taboada la traducción de El gavilán, y la representó, pero como no pudo dar con el joven estudiante que se la había llevado, se la atribuyó a algún traductor de influencia entonces, creo que a Castellanos Haff. Lazo la reconoció, pero no se atrevió a protestar. ¡Se había representado, y era bastante!

La huella, pese a su denominación de "drama romántico", es una pieza realista, una comedia ligera de indudable ambiente mexicano, situado históricamente entre 1908 y 1910. Se ajusta Lazo a las reglas clásicas: exposición, nudo y desenlace y logra un primer acto excelente, el segundo muy bien construido y el tercero patético, emocionante y de gran aliento dramático. El personaje menos destacado, el administrador, es quizás, el más mexicano de todos. También muy nuestros son la lavandera Jacoba y la nana Isabel, magníficamente interpretados por Felipe Montoya, Prudencia Grifell y Aurora Cortés, estas últimas aplaudidas tan espontánea como merecidamente. Los otros personajes, los centrales –la madre, las dos hermanas, una casada y conforme, madre de dos hijos que aparecen en escena vestidos de marineros como en 1910, y de charritos; la otra, soltera, "quedada" por un desengaño de juventud, y el mayordomo joven y audaz, que seduce a la patrona madura, y con la que muere, al final, entre las llamas, más realistas que románticas– no son precisamente mexicanos, a pesar de que visten a la moda de los últimos días de la dictadura; ni menos por el lenguaje en que se expresan. Pero, así y todo, La huella de Agustín Lazo es teatro mexicano, y buen teatro mexicano.

La interpretación, excelente, presidida por la serena plenitud de doña Virginia Fábregas. Insuperables los decorados de Julio Castellanos; muy bien iluminada la escena, y tan responsable la dirección de Bracho, que cuidada en todos sus detalles, pasa inadvertida.