FICHA TÉCNICA



Notas Breve historia de la representación teatral de la Pasión de Cristo

Referencia Armando de Maria y Campos, “La pasión de Jesucristo en el teatro. El teatro de la Edad media surgió de los oficios sagrados. De los misterios franceses a Ixtapalapa. II”, en Novedades, 31 marzo 1947.




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Columna El Teatro

La pasión de Jesucristo en el teatro. El teatro de la Edad Media surgió de los oficios sagrados. De los misterios franceses a Ixtapalapa

Armando de Maria y Campos

Muerto el teatro, después de la desaparición de Grecia y de la decadencia de Roma, comenzó a levantarse de sus cenizas en los albores de la Edad Media, con el mismo procedimiento, exactamente, que siguiera para nacer y desarrollarse a la sombra del Partenón, cinco siglos antes de Jesucristo. El teatro de la Edad Media surgió de los oficios sagrados, en los que se encontraban los elementos constitutivos del drama: la idea expresada al mismo tiempo por la palabra, el canto, el gesto, el vestuario, el decorado, los accesorios, la luz. Las respuestas se alternaban como réplicas y la misa aparecía como un drama; como el drama. "El sacerdote es un actor trágico que representa el papel de Cristo ante la multitud cristiana, sobre la escena del altar", se atrevió a decir Wonorius D'Autun.

No escasean, abundan, por lo contrario, las noticias sobre la aparición de Cristo, como actor que representa. Se sabe cuando Cristo bajó del altar y salió, puramente, a la plaza. En 1223, día de Pascua de Resurrección, se hizo una representación en Padua, en la gran plaza que se llama –o llamaba– Prato della Valle. En 1264 se estableció en Roma la compañía llamada de Gonfalone, con el objeto principal de representar los misterios de la pasión de Jesucristo, como en efecto le verificó durante mucho tiempo. En el de 1445 representaba en el Coliseo. En el de 1584 se imprimieron sus ordenanzas en Roma.

En el reino de Nápoles se hicieron representaciones de este género: desde tiempo inmemorial se hacía en Lanciano, en el Abruzo, una representación de esta índole, el Viernes Santo, con una procesión al final; duró hasta el año 1740, en que fue prohibida por el gobierno. En 1304 se hacía en Toscana una fiesta teatral en que se imitaba el infierno con los diablos y los condenados, que –refieren viejas crónicas– daban aullidos espantosos.

En 1402 los Hermanos de la Pasión, obtenida licencia de Carlos VI, establecieron su teatro en París y representaron durante aquel siglo farsas de la Pasión y misterios del antiguo Testamento. ¡Cuántas cosas raras representaron! En la que se atribuye al obispo de Angers intervenían el Padre Eterno, Jesucristo, Lucifer, la Magdalena y hasta algunos de los que habían sido sus amigos. Lucifer daba de golpes a Satanás por no haber sabido tentar a Cristo, como era menester. La Pecadora, con los diablos en el cuerpo, decía tremendas barbaridades. El alma de Judas, no pudiendo salir por la boca que había besado al Hijo de Dios, salía por... otra parte, llevándose de camino las entrañas del mal apóstol. Satanás volaba al pináculo, con Jesucristo a cuestas. Esta "farsa de la Pasión" se representó en la capital de Francia durante los siglos XV y XVI, aunque en este último alternando con las de vidas y milagros de santos y las "moralidades" y "misterios", que iban desde la Tragedia del nacimiento y creación del mundo hasta la Resurrección de Cristo, pasando por La asunción de nuestra señora, la encarnación, Actas de los apóstoles, etc., hasta el verdadero Misterio de la Pasión.

Fue cosa natural que el cristianismo, para fortificar la idea nueva y poder sostener con ventaja la lucha contra la influencia del culto exterior de los judíos y de los paganos, se viera en la necesidad de simbolizar en ceremonias parlantes los dogmas espirituales y el nebuloso y noble misticismo de la nueva religión. Como consecuencia de esta necesidad surgió en el siglo IV la primera liturgia cristalina, que puede considerarse como la entrada en escena del verdadero drama religioso. Basta para convencerse de esta aseveración, regresar con el pensamiento a estas épocas en que los fieles se reunían desde la víspera de la fiesta y permanecían hasta la medianoche en oración.

De pronto, al sonar de las campanas se abrían las tres puertas del ciclo. Se adelantaba un sacerdote con el incensario en las manos, haciendo que nubes de incienso se extendieran sobre los fieles como una imagen del espíritu de Dios flotando sobre las aguas. Con un cirio en la mano, el diácono recuerda el primer acto de la creación: las palabras "hágase la luz". Regresan los ministros al santuario; el coro entona el canto en que el pecador confiesa su falta y pide la gracia de Dios. Los ministros abren nuevamente las puertas y van a consolar a los fieles con las profecías de la llegada del que ha de salvarlos, y termina la primera parte, el primer acto del drama. La segunda parte de esta ceremonia duraba hasta la aurora, y en ella intervenían los arzobispos revestidos ricamente, los sacerdotes, los cánticos, para conmemorar la Pasión y la crucifixión.

El orden de estas ceremonias tuvo gran influencia sobre los orígenes del teatro. Cuando todas ellas se redujeron a una sola, la misa, comenzó a sentirse en las grandes solemnidades la necesidad de organizar una especie de representaciones, con obras de carácter religioso en las que el tema era la persona de Cristo, su vida, su pasión. A dieciocho siglos de distancia, el teatro renace y reconoce las mismas fases: coros en que los ditirambos o los himnos celebran el nacimiento de Zagreus o la Navidad, la Omofagia o la Pasión; actores que se destacan del grupo, salen de la teoría o de la procesión, adquieren un papel individual y miman la historia divina; después, cuando el drama, como un fruto serondo, demasiado pesado ya, se desprende de la rama, la orquesta se va al foso y el tablado crece en la plaza de la iglesia. En una época y en la otra el drama vuelve a encontrarse a sí mismo, unificando todas las artes en una sola, resucitando todos los prestigios de la palabra, de la música, del movimiento y del color, para la alegría del hombre y la gloria de Dios.