FICHA TÉCNICA



Título obra Ventolera

Autoría Serafín Álvarez Quintero y Joaquín Álvarez Quintero

Elenco María Guerrero López

Grupos y compañías Compañía Dramática Española Luis Fernández Ardavín

Espacios teatrales Teatro Ideal

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno en México por la compañía de Ardavín de Ventolera de los Álvarez Quintero”, en Novedades, 12 marzo 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno en México por la compañía de Ardavín de Ventolera de los Alvarez Quintero

Armando de Maria y Campos

No es aventurado afirmar que Ventolera, obra póstuma a medias de Serafín y Joaquín Alvarez Quintero, es la única comedia que de estos ilustres autores andaluces desconocía el público de México. Toda la obra quinteriana estrenada en España nos es conocida. Desde que en 1900 se estrenó en el Principal el entremés El chiquillo hasta muy avanzada la guerra en España, el nombre de los Quinteros no dejó de aparecer en nuestras carteleras. Supimos del estreno de Ventolera, al que ya no pudo asistir Serafín, y no nos faltan noticias de los estrenos de La giralda, zarzuela con aires de revista en tres actos (1939), de Fifín comedia casera en tres actos (1940), de Siete veces, entremés (1940), de ¿A qué venía yo?, entremés (1941), de Mañana de sombras, paso de comedia (1941), de Burlona, comedia en tres actos (1942), de Olvidadiza, comedia en tres actos (1942), de Azares de amor, entremés (1943), de La venta de los gatos, ópera con música del maestro Serrano (1943). Ventolera se estrenó en 1944. Y de dos guiones de película: El agua en el suelo y Tierra y cielo. Se habla de una comedia en tres actos, sin estrenar ni editar, titulada Manolita Quintero, de un poema dramático en tres actos, titulado Entre sueños, y de tres zarzuelas: Los burladores, El género chico y El poetilla, con música respectivamente de Sorozábal, de Benlloch y de Rivera, y de dos o tres entremeses. Lo cierto es que la última obra de los dos es esta Ventolera, que el sábado (6 de julio) estenó en el Ideal la Compañía de Fernández Ardavín, con María Guerrero López en la protagonista, la sevillanísima Tórtola Cisneros, a la que le da, primero, la "ventolera" de serle fiel a su difunto Manué, y luego, enterada de que fue un trapisondista que tuvo más amores que besos le dio en dos años de matrimonio, la de casarse con quien sea y como sea, para para vengar agravios, y, finalmente, la de convertirse, casada ya con su administrador, un sevillano nacido en Holanda, en madre de la hija desamparada del tunantón de Manué... ¡Tres ventoleras en tres magníficos actos del más puro sabor quinteriano, con personajes quinterianos, con situaciones, lenguaje y "golpes" que no chistes, de la más limpia vena quinteriana...

¿Quién no conoce la historia literaria, el caso de colaboración "siamesa" de Serafín y Joaquín Alvarez Quintero? Toda su obra teatral, siempre en colaboración hasta Ventolera, pasa de las trescientas producciones, de todos los géneros, más abundante entre todos el sainete, hablado o musical, andaluz o de otro carácter. Su primer éxito grande es de 1900, con la comedia Los galeotes, inspirada en un episodio cervantino, aquel en que don Quijote es víctima de los forzados, puestos por él en libertad. En esta comedia se apunta el tema esencial quinteriano: la bondad natural del hombre en un mundo teñido de color de rosa, iluminado por la gracia y el chiste. Toda su obra está bañada de transparente alegría, que brota de un mismo cerebro, partido por gala en dos. En su soneto –que transcribo– Cómo escribimos una comedia, nos dan la clave de su portentosa compenetración para escribir unidos desde que idearon su primera pieza: Esgrima de amor:

Se elige un tema que brotó en la mente
al soplo de una historia conocida,
como la sangre roja de la herida,
o como el agua clara de la fuente.

Se infunde luego, con amor consciente,
en la ficción que habrá de darles vida;
se hace nacer a gente no nacida,
se estudian sus pasiones y su ambiente.

Y a dialogar sin mañas ni resabios:
a que el choque fecundo de las almas
salgan, hechas palabras, por los labios.

Y a soñar con Ristóris o con Talmas,
y a que digan los simples y los sabios
y a que suenen los pitos y las palmas.

En otro soneto nos revelan los autores la magia de su alma unida:

Nacimos entre espigas y olivares;
el uno esperó al otro en la lactancia,
y en el primer pinito de la infancia
ya escribimos comedias y cantares.

Después... libros, y novias y billares,
–memorias que iluminan la distancia–;
luego... una juventud cuya fragancia
envenenan agobios y pesares.

Fuimos... cuanta hay que ser; covachuelistas,
estudiantes, "diablillos" editores,
críticos, "pintamonos" retratistas...

Y hoy como ayer, sencillos escritores
Que siguen, a la luz de sus conquistas,
sembrando sueños porque nazcan flores...

Autores andaluces –¡sevillanos!– por excelencia, los Quinteros gozaron siempre en México de una identificada admiración por su obra que entre nosotros se siente como nuestra. A pesar del tiempo terco... –que diría Rubén– el público de México continúa siendo "quinteriano". Una prueba; el sábado, al llegar al Ideal, me encontré con el empresario "de gastos", señor Lavergne, que buscaba por el pórtico con sus propios ojos, "que había cola para comprar boletos, como hacía muchos años no se veía en México". El "monstruo" acudía en tropel para oír, para ver, para sentir, la Andalucía de los Quinteros, cuya mísera materia se ha desintegrado ya, pero cuyos hombres figuran en sendas calles de Madrid, Sevilla, Murcia, Fuenterrabía, Utrera, su patria chica, y en una glorieta del parque de María Luisa sevillano, monumento a su memoria cristalizada en una fuente, materializada en una biblioteca pública...

¿Qué más crítica a propósito del estreno de Ventolera que recordar que casi toda la obra de los Quinteros está traducida al inglés, al francés, al irlandés, al alemán, al italiano, al veneciano, al genovés, al portugués, al catalán, al holandés, al danés y al marathi?... Porque en su teatro –espuma y flor, perfume y sonrisa–, de la más pura línea clásica ibérica, se adivina el alba de Terencio, el autor cartaginés, que hace veinte siglos asombró a un público romano con una gracia especial diluida en su puro estilo...