FICHA TÉCNICA



Título obra Night must fall

Autoría Emlyn Williams

Elenco Dame May Whitty, Oliver Thorndike, Patricia Marmont, Dorothy Patten, Madeleine Coates

Espacios teatrales Teatro Esperanza Iris

Eventos Temporada de Teatro Americano

Notas Con motivo del montaje Night must fall, el autor hace otra Reseña del capítulo Las diversiones del libro Tres años en los Estados Unidos del corresponsal de prensa francés, Oscar Comettant

Referencia Armando de Maria y Campos, “De la cuna del teatro norteamericano en el Lyceum de Nueva York hace 100 años a las representaciones en inglés, en el teatro Iris”, en Novedades, 10 marzo 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

De la cuna del teatro norteamericano en el Lyceum de Nueva York hace 100 años a las representaciones en inglés, en el teatro Iris

Armando de Maria y Campos

A pesar de no entender a los actores de la Temporada de Teatro Americano, el espectador –en este caso el cronista– se siente subyugado por la naturalidad con que trabajan todos, consecuencia de lo perfectamente aprendidas que tienen las obras, lo que les permite entrar a conciencia en los personajes, vivir en ellos y dar al auditorio una emoción de naturalidad absoluta. La representación de Night must fall de Emlyn Williams, por Oliver Thorndike en el Dan, el protagonista, ezquizoide megalómano, sin cuyas contradictorias reacciones no sería posible este melodrama apasionante; por Dame May Whity, en la cumbre de su arte, por Patricia Marmont en Olivia, por Dorothy Patten en la señora Terence, por Madeleine Coates en la Dora, es una nueva, magnífica lección de teatro vivido, que hace del atractivo melodrama de Williams un trozo de vida real, que mantiene al espectador, con los nervios estrujados, en "suspense".

Horas antes de que se inaugurara esta Temporada de Teatro Americano, traje a esta columna algunos recuerdos de cómo era el teatro de los norteamericanos hace cien años, con las noticias que recogí del libro de viajes de un reportero francés, el primero que visitaba la ya entonces gran nación americana –entre otras cosas porque México se había quedado más chico. ¡Cómo ha adelantado este teatro, reflejo natural del teatro inglés propiamente dicho! ¡Con cuántos magníficos actores cuentan los norteamericanos! ¡Qué grandes autores son sus autores! Hace cien años –tomo el dato del libro de Comettant– se hacían "tragedias inglesas con el concurso de Forrest, el Talma americano. Este actor tiene buenas cualidades y grandes defectos. El mayor es el de gritar como un ciego que pierde su bastón, su perro y su esperanza. ¡Qué órgano!... Se nos figura oírle aún. No obstante sus gritos, o tal vez a causa de ellos, Forrest está considerado como el primer trágico del continente, y el público no tiene manos para aplaudirle". Forrest –el Talma norteamericano– actuaba en el Broadway Theatre, uno de los más importantes.

"Bajando de Broadway, que es el barrio elegante de Nueva York –continúa el autor de Tres años en los Estados Unidos–, se encuentra el fresco y lindo teatro Lyceum. Este teatro es una de las cunas del moderno teatro norteamericano. Oíd: "En él hemos visto –comenta el diarista francés– a Henri Placide, Blake, Brougham, Lester y Wallack, que es su director. Estos actores tienen una reputación merecida que se extiende a todos los estados de la Unión. La dirección ha tenido el acierto de formar la mejor compañía que se ha visto en América (es decir, en el norte, digo yo). Artistas de primer orden, mujeres bonitas, variedad y buena elección de piezas, exactitud en los trajes, lujo en las decoraciones nada falta en fin a [...] alegres y chistosas, y llenas de observaciones críticas sobre las costumbres.

"La comedia, muy difícil en América, donde la libertad práctica es tan grande que hace desaparecer el ridículo, donde la vida está tan ocupada por el trabajo y no hay tiempo ni voluntad para censurar las acciones ajenas, empieza a nacer ahora. Las distintas asociaciones, las religiones absurdas que nacen cada día del espíritu inquieto de los americanos a impulso de la especulación; la ridícula ley de templanza constantemente violada por los más fervientes apóstoles del "agua clara"; la emancipación de los esclavos predicada en Boston por propietarios negros de la Luisiana; los incidentes insólitos, los rasgos curiosos de costumbres que se observan en cada elección popular, y tantas cosas que el interés, la pasión y la ceguedad, cambian en comedia, es pasto suficiente para alimentar el espíritu y la facilidad de los raros autores dramáticos. Añadiremos que los hijos del Nuevo Mundo no son insensibles a la sátira, mas nunca a la particular, sino a la general, y ríen de todas veras siempre que encuentran ocasión. Los mismos periódicos, poco jocosos ordinariamente, contienen, de tarde en tarde, observaciones críticas escritas con chispa y buen sentido".

Sin embargo, el "espectáculo verdaderamente nacional y notable", según el cronista Oscar Comettant, era, entonces, el de los bailes, las músicas y las pantomimas de los negros del sur, "imitado por los blancos que se tiñen el rostro y las manos".

De esto hablaré en próxima crónica, que la escasez del papel no me permite seguir más adelante.