FICHA TÉCNICA



Elenco María Guerrero

Notas Extractos de una conversación de Carlos Díaz de Mendoza y Guerrero, hijo de María Guerrero con anécdotas de la actriz española, publicada en el semanario ibero El español

Referencia Armando de Maria y Campos, “Evocación filial de María Guerrero y anécdotas de la gran actriz”, en Novedades, 28 febrero 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Evocación filial de María Guerrero y anécdotas de la gran actriz

Armando de Maria y Campos

El mismo día que María Guerrero López –viuda de Díaz de Mendoza– embarcaba en unión de su hija María Fernanda, del autor don Luis Fernández Ardavín y de la compañía que dirige éste, de la que es primer actor José Romeu, el segundo hijo de doña María Guerrero y de don Fernando Díaz de Mendoza –así se acostumbra mencionarlos a estos ilustres comediantes españoles–, Carlos Díaz de Mendoza y Guerrero, hablaba a un redactor del semanario ibero El español, y entre varias confidencias y opiniones que merecen ser conocidas en este "bello país, de América", dijo:

–Mi madre era una actriz porque hacía la tragedia y también hacía prodigiosamente, lo más opuesto a lo trágico.

Y, enseguida, una afirmación rotunda, desconcertante:

–¡Desgraciadamente, ninguno de los del teatro hemos heredado nada!

Como se sabe, su prima, María Guerrero López, hecha al lado de los ilustres comediantes, ocupa un lugar distinguido en la escena española. Su hermano Fernando, el primogénito, fue excelente actor, y él mismo se movió con desenvultura en la compañía de sus padres, y en la suya propia después. Casó con la actriz Carmen Larrabeitia y dieron al mundo de la escena una ya estimable actriz, Carmen Díaz de Mendoza, quien, preciosamente por estos días, se hace aplaudir en una obra de Joaquín Dicenta que se representa en el teatro Fuencarral, de Madrid, titulada Cuento de cuentos.

Refiere Carlos Díaz de Mendoza cómo se aconsejaban o corregían en la intimidad sus padres:

–¡Lo que menos puede creer la gente: él le corregía a ella muchas cosas! No le decía la manera de decirlas, porque creía que mi madre las decía mejor; sus correcciones eran de este tipo: "Mira María; yo creo que es esto, pero dicho por ti".

Cuenta, también, cómo vieron la dedicación de sus hijos al teatro. Y recuerda "su" prueba.

–No les podía parecer mal... Eso sí, antes de permitírnoslo, nos examinaron y, seguramente equivocados por la pasión paterna, creyeron podíamos hacerlo. Yo tuve una prueba terrible antes de debutar en la "Princesa". Cierto día, después de la función, me hicieron recitar una gran tirada de versos del moro de Ronda de El gran capitán de Marquina. Aquel día, lleno de autores –Marquina, don Jacinto, los Quintero–..., quienes bajaron a butacas a escuchar "la prueba del niño"... ¡Excuso decirle el pánico pasado por mí entonces, con aquellos jueces y temiendo dijeran no servía!

El reportero preguntó al actor, al parecer retirado de las tablas, alguna particularidad sobre el modo de montar y aprender las obras de sus padres, y repuso:

–Mi madre se copiaba a mano todos los papeles, con los "pies", o sea la última palabra del personaje que hablaba antes que ella. Luego los cosía y los encuadernaba con telas preciosas. Eran como juguetes para ella, que tenía un espíritu enormemente infantil. Mi padre, en cambio, estudiaba casi siempre sobre el ejemplar de la obra. Era mucho más rápido en aprender que ella, pero no los fijaba tanto. Mi madre, al cabo de los años, con una sola lectura recordaba todos los papeles.

Fernández Ardavín, ahora en México, me confirmó esta costumbre de doña María.

–Es exacto. Yo conservo el ejemplar manuscrito de la Jarifa, la morisca, esclava de mi Dama del armiño, que escribí para ella y que estrenó en México el año 21. Está encuadernado en piel, y copiado sin una tachadura ni enmienda, con una letra clara, pequeñita hasta la exageración menuda hasta lo increíble. Doña María tenía también la costumbre de copiar sus papeles íntegros en tarjetas pequeñitas, que llenaba con su letra apretada y firme... Así podía llevar en una cajita breve como un alhajero –¡y lo era!– todo su repertorio.