FICHA TÉCNICA



Notas Reseña del capítulo Las diversiones del libro Tres años en los Estados Unidos del corresponsal de prensa francés, Oscar Comettant

Referencia Armando de Maria y Campos, “Con motivo de la próxima temporada de teatro en inglés: cómo se divertían los norteamericanos hace cien años, cuando hicieron la guerra”, en Novedades, 28 enero 1947.




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Columna El Teatro

Con motivo de la próxima temporada de teatro en inglés: cómo se divertían los norteamericanos hace cien años, cuando nos hicieron la guerra

Armando de Maria y Campos

Los Estados Unidos estaban de moda en Europa. Acababan de invadirnos, y más de medio país nuestro ya empezaba a hablar en inglés, porque pertenecía a la poderosa nación vecina. Existía en toda Europa una enorme curiosidad por saber cómo eran, cómo vivían "los americanos". Los diarios de París destacaron a sus mejores redactores para que vinieran a descubrir los Estados Unidos de Norteamérica y lo revelaran a los lectores de Francia. Uno de los primeros corresponsales de la prensa francesa que pisó la tierra de Washington fue Oscar Comettant, que con sus observaciones –permaneció en los Estados Unidos 36 meses– formó un libro que tituló Tres años en los Estados Unidos, cuyas tres primeras ediciones devoraron ávidamente los franceses. En 1858 fue publicado en español –Madrid. Imprenta y Litografía de D.J.J. Martínez. Desengaño 10– por Santiago Infante de Palacio y Federico Utrera. El volumen consta de 20 capítulos, uno de ellos destinado a "Las diversiones". ¿Cómo se divertían los norteamericanos hace 100 años? Es curioso – y aleccionador– conocerlo.

Llega Oscar Comettant a Nueva York y observa que "el frac negro es el vestido de todos en los Estados Unidos, y (que) los trabajadores que se agolpan a bordo de los buques para ofrecer direcciones de fondas, como los carreteros y cocheros que pretenden llevar equipajes, tienen a la vista del observador la apariencia de perfectos "gentlemen", si bien algo estropeados. ¡Bueno! Antes de empezar a frecuentar los espectáculos, Comettant visita las fondas. El primer día –dice– comimos con horror algunos platos de legumbres que habían sido simplemente cocidas con agua, sin manteca ni sal. Si al menos algún vinillo hubiera venido a mezclar su rico sabor al gusto insípido de las legumbres cocidas en agua clara y las aves conservadas en hielo y asadas al horno...

Comienza Comettant sus comentarios sobre "Las diversiones en los Estados Unidos" asegurando: "Los placeres no son comunes en América, y pocas personas los buscan. Apenas si está dispuesto a divertirse por la noche después del cansancio que producen las vivas y absorbedoras emociones del comercio". Y en seguida la aguda observación, después de comprobar que casi no hay teatros en Nueva York, ni siquiera cafés: "se encuentran simples bar-rooms, donde los que consumen se hallan de pie junto al mostrador y beben aprisa un vaso de brandy, cherry, whisky o brandy cocktail, masticando un bizcocho o un pedazo de queso".

De acuerdo con una sentencia que entonces circulaba como moneda de oro en todos los Estados Unidos: la fortuna no se hace, se economiza, los norteamericanos se divertían "lo más barato posible", asegura el periodista francés. Eran los tiempos de Barnum, el genio de Humbug ("humbug", entre hablador, charlatán y embustero, dicen los traductores de Comettant), aquel que fincó la base de su fortuna exhibiendo, en una barraca, una vieja negra que hacía pasar por la nodriza de Washington. Barnum acaba de abrir su famoso Museo, donde por la bagatela de 2 schellings americanos exhibía, en tres pisos llenos de curiosidades, desde la mujer barbuda y las focas sabias, hasta los esquimales y... ¡los aztecas! "Hay en todas las grandes ciudades de los Estados Unidos –dice el reportero francés– como Boston, Filadelfia, Baltimore, Washington, San Luis, Cincinnati, Nueva Orléans, etcétera, lindos teatros, museos del género de Barnum, salones del concierto, sin contar ciertas iglesias con las cuales se hacen transacciones alquilándose para la lectura pública sobre la libertad de todos los pueblos, la moral, la religión, la emancipación de la mujer y para dar explicaciones de música".

Hace cien años Nueva York contaba con los siguientes centros de espectáculos: Academy of Music, Niblo's Garden, Metropolitan Theatre, Broadway Theatre, Bowery Theatre –que Comenttant compara con el Palais Royal de París–; el "fresco y lindo" Lyceum, y con una media docena de casas de fieras, un mal circo, un hipódromo y varias "tabernas cantantes". Y con el "Female-Company", al que dedicaré párrafo aparte.

De Academy of Music dice el corresponsal francés que era "gran teatro de ópera, lleno de ornamentos y molduras, pudiendo contener cerca de seis mil espectadores, pero incómodo y de malas condiciones acústicas; no ha merecido el favor del público. A la mitad de él es imposible ver la escena y las butacas de invención americana que se levantan por medio de un resorte apenas se las abandona, son a la vez incómodas y ridículas. Cuando las personas que las ocupan tratan de levantarse, se aligeran de peso y saltan también empujando con toda la fuerza del muelle. Si se quiere por el contrario volver a tomar posesión, es necesario bajara el asiento, con la mano para poder conseguirlo. Hemos visto señora con los vestidos levantados, tratando de instalarse sin poder conseguirlo".

Un Mr. Lafarge, "administrador de los bienes de la familia de Orléans" en América, edificó el Metropolitan Theatre, en el que actuó la Rachel, la famosa trágica francesa.

La Rachel debutó el 3 de septiembre de 1855, registrándose una entrada de 5,010 dólares, en francos: 26,334. Fue un suceso, pero no artístico. "Lo que atrajo gente no fue ni Mlle. Rachel –dice nuestro cronista–, ni Corneille, ni Racine, ni la lengua francesa, ni "Fedra", ni "Angelo", ni "Andrómaca", ni "Adriana Lecouvreur"; era su guardarropa cuyas maravillas habían popularizado de antemano los anuncios. La eminente trágica desembarcó en el Nuevo Mundo con 52 cajas llenas de sorprendentes trajes. Esta atracción no era débil para las americanas. Los vestidos de "Adriana" hicieron furor en el mundo elegante de Nueva York, de las influyentes ladies. ¡Oh! ¡qué ricos vestidos!, ¡qué magníficos brillantes!, decían. No fue necesario más para que la actriz fuese proclamada la más grande artista del Universo!"

En breve hablaré de las pantomimas de la familia Ravel en el Niblo's Garden, de las comedias que en el Lyceum hacían Henri Placide, Blake, Brouham, Lester y Wallace, de los espectáculos de los negros del sur, de los bailes públicos de Female-Company, hace 100 años cuando lo de Angostura, Churubusco, Chapultepec...