FICHA TÉCNICA



Título obra La controversia de Valladolid

Autoría Jean Claude Carrière

Dirección Rosamarta Fernández

Elenco Marco Antonio García, Erando González, Farnesio de Bernal, Rubén Cristiany

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Rodolfo Obregón, “La controversia”, en Proceso, 8 abril 2001, p. 67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

La controversia

Rodolfo Obregón

Todo parecería indicar que la pertinencia de una obra teatral en un momento histórico determinado, estaría relacionada con la vigencia de sus contenidos, con sus puntos de contacto con la realidad del espectador.

O al menos, éste ha sido casi siempre el enfoque que explica, para no ir más lejos, la vitalidad de los textos clásicos. Hace apenas unos meses, una aguda estudiante de actuación definía estas obras universales como “alta literatura que sucede en mi colonia”.

La frase resulta afortunada pues, además de la evidente vecindad, está antecedida por una condicionante que implica cierta jerarquía formal. En verdad, una obra teatral clásica o contemporánea empata con el espectador tanto por la actualidad de su discurso como por el imperecedero o novedoso atractivo (según sea el caso) de sus formas.

Sólo así podemos entender el hecho de que el público del DF asista entusiastamente a presenciar las vicisitudes misóginas de un científico austriaco o las miserias y grandezas de los extintos castrati, mientras deja pasar de largo, en plena euforia zapatista, una obra que recrea los antecedentes históricos de la opresión a los pueblos indios.

En efecto, a pesar de su cercanía temática, La controversia de Valladolid (que se presenta los miércoles en el Teatro Helénico) no logra convocar al espectador y hacerse presente en el corazón de sus preocupaciones actuales.

Y es que en la puesta en escena de Rosamarta Fernández no hay atractivo alguno que compense el de por sí antidramático texto en que Jean Claude Carrière reproduce el histórico debate acerca de la existencia del alma en los nuevos súbditos de la corona española.

Sin muestras de imaginación, la puesta en escena se limita a ilustrar mecánicamente las situaciones descritas en el papel, desperdiciando incluso el momento de mayor dramatismo, como lo es el soliloquio de Bartolomé de las Casas, al utilizar el convencionalísimo recurso de la voz grabada.

Presos en la esquemática rigidez del diseño escénico, los actores (Marco Antonio García, Erando González, Farnesio de Bernal y Rubén Cristiany, entre otros) no logran humanizar un conflicto cuyo interés se da por sentado y cuyos términos no pueden ser hoy los mismos que hace quinientos años.

En una desafortunadísima frase contenida en el programa de mano, que ejemplifica claramente el racismo de buen corazón que campea entre los simpatizantes del zapatismo, la directora señala: “Hoy en día, ya sin la argumentación religiosa, se mantiene vigente el cuestionamiento sobre si los indígenas son realmente nuestros semejantes o no (…)”

Por supuesto que la discusión no puede estar ahí. Ni en las envejecidas argumentaciones de Ginés de Sepúlveda. A estas alturas, sólo nuestro Secretario del Trabajo puede tomar en serio la idea de un orden natural que coloca al marido por encima de la mujer. Y el teatro no necesita desmentirlo; para eso están los desplegados en los periódicos.

Inmerso en sus propias circunstancias, Jean Claude Carrière, el guionista de Buñuel y dramaturgo de cabecera de Peter Brook, utiliza la argumentación histórica para preparar su propio toro y clavar una puya en los lomos del colonialismo francés.

La versión mexicana no consigue enfocar su propio objetivo, haciendo evidente otro problema a la mode: el escepticismo con que se reciben desde este Nuevo Mundo, a pesar de su buena intención, los mensajes incluyentes formulados en el seno de las culturas dominantes.