FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del crítico sobre el libro de Antonio Magaña Esquivel, Imagen y realidad del teatro en México, editado por Escenología

Referencia Rodolfo Obregón, “El día del juicio”, en Proceso, 1 abril 2001, pp. 67-68.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El día del juicio

Rodolfo Obregón

Para seguir el hilo de nuestra entrega anterior, comienza a circular en librerías una importante publicación que se suma al ya extenso catálogo de Escenología AC: Imagen y realidad del teatro en México, compilación de escritos críticos e historiográficos de Antonio Magaña Esquivel.

Presentada por su paisano, Edgar Ceballos, como una historia del teatro mexicano de 1533 a 1960, la obra tiene su eje rector (aproximadamente el 65% de sus 631 páginas) en la fase experimental que, en la primera mitad del siglo XX, dio origen al moderno teatro mexicano.

En efecto, la reunión de textos provenientes de otros libros y artículos varios, entrevista por Magaña Esquivel y llevada a buen fin por Ceballos, nos confirma al moderno y agudo observador de tan importante renovación artística.

Aun cuando en ocasiones insista en equiparar la historia del teatro con la del texto dramático, el crítico yucateco da muestras de su apertura y actualidad al reconocer el valor esencial de la puesta en escena, la nueva función de la actoralidad, y al expresar ciertas concepciones escénicas como aquella que, hacia los años 60, parece anticipar el famoso texto de Brook “¿Cuántos árboles hacen un bosque?”: “El teatro además ha ganado la pérdida de su realismo, gracias al cine; si el cine ha denunciado el falso realismo teatral de un árbol, de una calle, de un paisaje, elementos de ilustración, el teatro por su lado actual ha logrado denunciar el falso realismo de la estrella y del drama cinematográfico”.

Las relaciones del teatro y el cine, su desmentido rival, es justamente el tema de una disertación contenida en el libro que coloca a Magaña Esquivel como un ensayista sin par en los terrenos teatrales; excepto claro por Rodolfo Usigli.

Pensador del fenómeno artístico en su totalidad, el historiador da otra brillante muestra ensayística, esa “carretilla alfonsina” (como ha nombrado Gabriel Zaid su propio ensayo sobre el ensayo de Alfonso Reyes) tan similar no sólo en el nombre a la principal institución del teatro, al abordar la “Naturaleza de la obra dramática y la obra crítica” y compararlas metafóricamente con el Día de la Creación y el Día del Juicio.

Antes de contraponer las concepciones impresionistas de Reyes a las materialistas de Benedetto Croce, el autor se da tiempo para acusar la opinión prevaleciente –hasta nuestros días– de la crítica como el producto de un autor frustrado.

A este lugar común, Magaña responde invirtiendo los términos y señalando así el origen de su necesidad: “La verdad es que hay muchos comediógrafos y dramaturgos que son críticos frustrados” (Léase hoy día directores, actores, escenógrafos y demás autores del hecho escénico). “Esta frustración del dramaturgo como crítico, mejor aún, como autocrítico, ocurre cuando se produce el cisma en el necesario diálogo entre el propio dramaturgo y su musa; es decir, cuando pierde el sentido de la duda ante su propia obra y carece de la sospecha de que pudo hacerla mejor. Lo ciega la vanidad y el orgullo. Es un típico delito de abuso de confianza, cometido contra el otro hombre que siempre va con uno. Es el pecado que antecede al pecado original…”

A todo lo largo de Imagen y realidad del teatro en México, ilustrado además con una admirable colección fotográfica, nos topamos pues con un apasionado ejercicio de la inteligencia y una apasionante mirada sobre y desde nuestra escena.

Pero, ante todo, nos topamos con un trabajo monumental que otorga valor de testamento a una última aseveración de este espectador singular: “Lo dramático, lo difícil, y también lo peligroso, es ser sincero; pero es lo indispensable, porque la naturaleza de la crítica no se puede falsificar”.

No queda sino recoger las palabras de don Antonio y suscribir modestamente al calce.