FICHA TÉCNICA



Título obra El maleficio de los jacintos

Autoría Wole Soyinka

Dirección Robert Wilson

Música Tania León

Grupos y compañías Gran Teatro de Ginebra

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Eventos XVII Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México

Referencia Rodolfo Obregón, “Wilson (II y último)”, en Proceso, 18 marzo 2001, pp. 79-80.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Wilson (II y último)

Rodolfo Obregón

En efecto, las altas expectativas creadas por la presencia del Gran Teatro de Ginebra con una ópera escenificada por Bob Wilson terminaron por minimizar la experiencia. La hipérbole propagandística no logró confundir sino a una mínima parte del respetable.

Para empezar, la publicidad ofreció un libreto del Nobel nigeriano Wole Soyinka, cuando –según ha aclarado ya otro crítico– en realidad se trata de la adaptación de un guión radiofónico suyo. En todo caso, tal y como aparece en el sopratitulaje (que no escatimó las inútiles acotaciones de espacio y tiempo: ¿para qué entonces el trabajo de puesta en escena?), el libreto pesa como una distracción a la ópera, pues su supuesta denuncia del totalitarismo y su repetitivo contraste con el pensamiento atávico de los personajes es –robándole la palabra a un viejo compañero de butacas– francamente pedestre.

Desde luego, resulta absurdo criticar una obra de Wilson a partir del libreto, pues sus acercamientos al drama jamás han seguido un punto de vista interpretativo, sino un deslinde estilístico que evite la duplicación del discurso textual y permita desarrollar a plenitud cada uno de los lenguajes que conforman el hecho escénico.

Sin embargo, en este caso, dicho deslinde no favorece la presencia de un texto que debió pasar desapercibido y de una música (a juicio de un melómano cualquiera y salvo mejor opinión de los expertos) muy desigual, cuyos momentos de interés se reducen a la presencia del piano y, pese al abuso, a las dramáticas cascadas de percusiones.

La pureza de la composición escénica de Wilson no basta entonces para sacar a flote el espectáculo, arrastrado por este par de lastres. Sin embargo, deja ver algunas de las características de esta importante estética teatral del siglo XX, tal como la articulación del espacio a través de paneles transparentes, brillante metaforización de los infranqueables muros, y su portentoso manejo de la luz, en realidad el tema central en gran parte de sus escenificaciones.

Por momentos, incluso, la imagen se impone gracias a su extraordinaria síntesis visual, como en la escena del aeropuerto donde las líneas de luces azuladas, que invitan a la fuga, contrastan con la violenta e impositiva brillantez de una barra de luz blanca.

La estética de Wilson, que privilegia la visión interior a través del espacio vacío, las formas minimalistas, en donde cada elemento exige una alta estilización (la silla, ese elemento esencial en su peculiar iconografía, ha llegado aquí a no ser sino una silueta equivalente a las figuras perfiladas frente al ciclorama), se relaciona plenamente con la mitología ancestral que sirve de refugio a los personajes de El maleficio de los jacintos. Es por ello que las apariciones de Tiatin, amén de las dotes de la cantante (Bonita Hyman), resultan lo más atractivo de la puesta en escena.

No sucede lo mismo con las escenas de prisión, donde la sofisticada “estética del design” es tan ajena a la postura política abierta, al llamado a la liberación social. Convertidas en movimiento y lucha interior, estas escenas se estancan por la falta de contundencia en la gestual de los personajes. Para quien ha visto a Wilson representar, es evidente que todos los cantantes imitan las actitudes corporales del director.

Y aquí una clara diferencia con las obras mayores de Robert Wilson, aquellas donde el movimiento, codificado por coreógrafos como Lucinda Childs o Suzushi Hanayagi, es también una síntesis y una meticulosa disección del comportamiento y las motivaciones de sus personajes; donde el lento y detallado devenir es el camino para conseguir un ritmo interno; no un mero manierismo.

El calificativo no es gratuito. Desde el fin de su riquísima etapa experimental de los años setenta y principios de los ochenta, los espectáculos de Wilson –como buen artista plástico– se realizan en serie. Los hay que pertenecen a grandes series. No así aquellos que se han visto hasta ahora en México; y que seguiremos viendo, pues en su página de internet ya se anuncia su monólogo de Hamlet para el próximo Festival Cervantino.