FICHA TÉCNICA



Título obra El maleficio de los jacintos

Autoría Wole Soyinka

Dirección Robert Wilson

Música Tania León

Grupos y compañías Gran Teatro de Ginebra

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Eventos XVII Festival del Centro Histórico

Referencia Rodolfo Obregón, “Wilson (I)”, en Proceso, 11 marzo 2001, p. 81.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Wilson (I)

Rodolfo Obregón

Como otros importantes directores teatrales de los últimos treinta años, Robert “Bob” Wilson ha sido el artífice de una brillante renovación de la escena operística europea (Alcesti de Gluck, Medea de Charpentier, La flauta mágica, Parsifal, y su genial Madame Butterfly, entre muchas otras).

Con mayor facilidad que en el caso de los directores “intérpretes”, la sólida tradición de la ópera resulta el filtro idóneo para absorber las innovaciones estilísticas wilsonianas. Baste pensar en sus colaboraciones con Jessye Norman (Great Day in the Morning) o en el hecho de que él mismo calificó siempre sus trabajos experimentales (The life and times of Joseph Stalin, The life and times of Sigmund Freud, A letter for Queen Victoria y, por supuesto, Einstein on the Beach) como “óperas”.

La gran convención del “teatro cantado” ofrece el marco de evidente artificio que justifica su estética abstraccionista: a cada fragmento de la partitura corresponde un color determinado o un cambio lumínico; y a su estructura musical, la rigurosa articulación del espacio. De manera reforzante con la orquestación de un interludio, en los escenarios diseñados por Bob Wilson la lenta caída de un telón adquiere un profundo valor dramático.

Al liberar al cantante de los condicionamientos escénicos (las acciones que refieren a la experiencia y la percepción ordinarias de la realidad), Wilson suele lograr la independencia y plenitud del discurso musical y revelar las múltiples facetas del personaje a través de una estricta codificación de sus acciones, equivalente a la codificación de la voz, y de desdoblamientos que echan mano de actores o bailarines cuyo manejo coreográfico contrapuntea el discurso sonoro.

El hieratismo de las figuras wilsonianas que se recortan sobre sus magníficos cicloramas, la gran estilización de sus atuendos y sus gestos, encuentran una coherencia absoluta en un universo poblado por seres que se elevan a la categoría de lo extraordinario al transformar el habla en canto.

Sujeto a una duración preestablecida, el tiempo autónomo wilsoniano (una de las más fascinantes experimentaciones que jamás se haya permitido el teatro) adviene espontáneamente sobre la escena pues corresponde al dilatado tiempo musical y no al tiempo realista de la acción dramática.

Por lo demás, las colaboraciones operísticas de Robert Wilson no se limitan al canon clásico o a compositores relacionados con la música de concierto; desde sus ya míticas colaboraciones con Philip Glass, el artista texano acostumbra estimular la creación contemporánea y brillar a la par de las big stars, como Laurie Anderson, Tom Waits y Lou Reed (su más reciente éxito parisino es Poetry, con música de este último y textos de Edgar Allan Poe).

La presencia del ya legendario Robert “Bob” Wilson sobre el escenario del Palacio de Bellas Artes, donde inauguró el XVII Festival del Centro Histórico, es un acontecimiento que no puede pasar desapercibido.

Con el tibio antecedente de Persephone, que se presentó exclusivamente en Guanajuato (1999), las expectativas de una ópera dirigida por Wilson eran muchas. En su función de estreno, El maleficio de los jacintos, con texto del Nobel nigeriano Wole Soyinka y música de la cubana-norteamericana Tania León, dividió las opiniones.

Entre quienes abandonaron la sala antes de la primera media hora y quienes aplaudieron de pie, se escucharon tímidos aplausos y tenues abucheos. Lejos del radicalismo de los primeros, creo sin embargo que a ninguno le falta razón. Trataremos de dilucidar el porqué…