FICHA TÉCNICA



Título obra Algo de verdad

Autoría Tom Stoppard

Notas de autoría Juan Tovar / traducción

Dirección José Caballero

Elenco Montserrat Ontiveros, Rafael Sánchez Navarro, José Carlos Rodríguez

Espacios teatrales Teatro de las Artes

Referencia Rodolfo Obregón, “Poco de verdad”, en Proceso, 4 marzo 2001, p. 81.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Poco de verdad

Rodolfo Obregón

Ya lo dijo recientemente Sergio González Rodríguez: el remplazo del paradigma humanista por el mercantil, en materia de arte, deja muchas lagunas que la sagacidad de los comerciantes sabe aprovechar.

Una de estas lagunas, muy significativa, es el valor subsidiario de las instituciones culturales del Estado a empresas cuyo objetivo central se ubica en la taquilla y cuyos criterios suelen ser exclusivamente cuantitativos.

Acorde a los tiempos neoliberales, hemos pasado de la antigua mistificación del “pueblo” como principal destinatario de la producción cultural, al presente culto al “público”, concepto no menos abstracto que se reduce finalmente al de irreflexivo consumidor.

El asunto viene a colación pues dos producciones del INBA están llenando actualmente las salas de la Unidad del Bosque y tres instituciones del Estado (FONCA, CNA y Helénico) subsidian sendos espectáculos del desvalido trío Argos Becker Jinich.

Desde luego, nadie puede cuestionar la legitimidad del éxito alcanzado por De monstruos y prodigios y Feliz nuevo siglo Doktor Freud, pero las dudas se desatan cuando uno paga el boleto del Teatro de las Artes y recibe el programa de mano de Algo de verdad: ni una línea sobre la importancia literaria de la obra, sino los premios del teatro comercial que ha recibido; ni una palabra sobre el estilo de su autor o las intenciones del equipo que la lleva a escena, sino el curriculum de una actriz que “ha participado en series como ‘El maleficio’, ‘Senda de Gloria’, ‘Simplemente María’ y ‘Yacaranday’”. Pero eso sí, los honrosos títulos del Sistema Nacional de Creadores adornan los créditos del director, el traductor y el escenógrafo.

El delicado lance rebasa lo anecdótico, pues la magnífica obra de Tom Stoppard se sitúa justamente en la dimensión ética de la actividad artística y en sus intrincadas relaciones con la vida de sus oficiantes. Ahí, en la complejidad de un ser que se oculta tras un juego de ficción para mejor revelarse, reside el enorme interés de Algo de verdad.

Así lo entiende el director, José Caballero, quien no tiene pudor al subrayar su liga con la obra y exponer públicamente algunos datos pertenecientes a su privacidad, como el hecho de que su ex-mujer y su hija formen parte del elenco. Y, sin embargo, ni un rasgo de intimidad (la verdadera materia del arte) aparece sobre el escenario.

La limpia pero gélida puesta en escena naufraga en el tono monocorde de todo el elenco (alguien podría explicarme por qué es “especial” la actuación de José Carlos Rodríguez, tan bien o tan mal como el resto del reparto encabezado por Montserrat Ontiveros y Rafael Sánchez Navarro), en su mecánica reproducción de gestos hechos, en su absoluto desapego a la vida de sus criaturas.

Para bien y para mal, en el teatro, la eficacia del discurso autoral depende del actor. Y aquí, nadie parece haber escuchado el apasionado y apasionante elogio de las palabras que el protagonista de la obra esgrime como argumento en la discusión sobre el valor social de la literatura y el arte.

El elenco de Algo de verdad responde, a todas luces, a la imperante concepción de la actoralidad como un oficio sin consecuencias, y la puesta en escena a un sistema de producción que embellece y vuelve inofensiva, para los intérpretes tanto como para “el público”, la más poderosa o corrosiva materia dramática.

Dos son pues las tendencias del nuevo teatro económicamente redituable y culto, o culto y exitoso, la de dar gato por liebre con obras menores ocultas bajo la piel de una temática seria, y la esterilización escénica de obras realmente importantes. Para decirlo con un poco de verdad, la obra de Stoppard, a pesar de la impecable traducción de Juan Tovar, pertenece a esta segunda categoría.