FICHA TÉCNICA



Título obra El principito

Notas de autoría Antoine de Saint-Exupéry / autor del cuento homónimo; Roberto Ciulli y Maria Neumann / adaptación

Dirección Roberto Ciulli

Elenco Roberto Ciulli, Maria Neumann

Grupos y compañías Theater an der Ruhr

Espacios teatrales Teatro Santa Fe

Referencia Rodolfo Obregón, “Theater an der Ruhr”, en Proceso, 25 febrero 2001, p. 75.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Theather an der Ruhr

Rodolfo Obregón

En el recuento de los espectáculos que marcaron nuestra memoria durante la década de los noventa (Proceso 1209), mencionamos la visita a nuestro país, en 1992, del Theater an der Ruhr. En aquella ocasión, y con amplio apoyo institucional (¡15 logotipos en el programa de mano!), el grupo comandado por Roberto Ciulli presentó, en las cómodas salas de la UNAM, tres espectáculos de gran formato: La muerte de Danton de Georg Büchner, Kaspar de Peter Handke y Muertos sin sepultura de Jean Paul Sartre.

Para tapar la boca a quienes se rehúsan a creer que –en materia teatral– los tiempos han cambiado y no precisamente para bien, el Theater an der Ruhr ha vuelto a México. Esta vez, con dos trabajos de formato íntimo (un monólogo y un espectáculo de dos actores) que se presentaron, sin apoyo institucional, en el indómito Teatro Santa Fe gracias a la heroica gestión de Gilberto Guerrero y su asociación civil: Perro Teatro.

No obstante, el “optimismo de la acción” (y no aquel entusiasmo desprovisto de inteligencia) ha demostrado una vez más su auténtica valía, su importancia como estrategia de resistencia. La sensible reducción de formato no ha restado interés al trabajo y la política cultural de esta admirable compañía.

Precedidos por un par de mesas redondas, donde el pequeño grupo de espectadores pudimos comprobar la agudeza intelectual y la precisión sensible del filósofo italiano devenido director de escena alemán, el Theater an der Ruhr presentó Antes de que el milenio nos separe, monólogo de Manuel Vázquez Montalbán, dirigido y actuado por el actor mexicano David Hevia, y su versión escénica de El principito, la discutida obra de Antoine de Saint-Exupéry.

No deja de inquietar que una compañía de emigrantes que desafía con su composición pluriétnica y su estética al corazón mismo de la xenofobia y el individualismo europeos, y un autor socialmente comprometido, se reúnan para escenificar un monólogo, ese ejercicio actoral (rayano en el narcisismo) que contradice el concepto brechtiano de que en el teatro como en la vida “la unidad social básica no es uno, sino dos”.

Principio que queda demostrado entrañablemente en la magnífica adaptación del cuento infantil realizada por Roberto Ciulli y Maria Neumann. Ahí, el experto director se sube por primera vez a escena para encarnar, con nariz roja y en calzones largos, a un viejo Principito, gruñón y alcoholizado. Ahí, el aviador de Maria Neumann resuma una infantil ingenuidad y un conmovedor entusiasmo frente a las historias descritas por el amargo Principito.

La estética de clowns, conseguida gracias a la precisión física, vocal y gestual de una actriz de ensueño, se potencializa con la dimensión humana que el valor y la figura de Ciulli aportan y con la extraordinaria hondura emotiva de la Neumann.

Viaje sin retorno al lugar donde la vejez y la infancia coinciden, este Principito, cuyo protagonista gira junto al aviador en su pequeña bicicleta al momento de la muerte, alcanza la sencillez que cautiva al infante y fascina al adulto. El gesto vital de Roberto Ciulli, quien pasea parsimoniosamente por el escenario su larga y canosa melena, equivale, en su complejidad y transparencia, a la aseveración hecha por un sabio persa: “ahora sé lo que sabía cuando era niño”.

Mucho hay que agradecer a las valerosas huestes de Perro Teatro A.C. La segunda visita del Theater an der Ruhr a México deja nuevamente un claro ejemplo de la lucidez emocional (ese instante al que deberíamos consagrar nuestro trabajo, según Ciulli) que puede alcanzar el teatro y un nuevo aliento para proferir el grito de guerra de su director: “¡Bastardos del mundo, uníos!”