FICHA TÉCNICA



Título obra El veneno que duerme

Notas de autoría Pedro Calderón de la Barca / autor de La vida es sueño; Ricardo Díaz / adaptación

Dirección Ricardo Díaz

Elenco Gustavo Sánchez-Parra, Edwin Culp, Gabriel Yépez, Paulina Chamorro, Guadalupe Damián, Alfonso Cárcamo, Ixchel Sánchez, Alfredo Herrera

Espacios teatrales Centro de la Imagen

Referencia Rodolfo Obregón, “El veneno que duerme”, en Proceso, 11 febrero 2001, p. 66.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El veneno que duerme

Rodolfo Obregón

Hipogrifo violento, el teatro es capaz de poner en juego todas las zonas de percepción del hombre; devolverlo, cuando en verdad sucede, a un reconocimiento de la totalidad del ser. En ningún lugar como ése, la respiración y el pulso se alteran, el cuerpo se moviliza y la mente corre luminosa por pasillos insospechados.

Como una pócima escasa, quien ha descubierto el tenue placer de la catarsis verdadera (“nunca una purga emocional”, diría Brook) continuará buscándola desesperadamente por los teatros del mundo.

Para los ya afectos o curiosos, esta sutil adormidera que alerta y altera los sentidos se dosifica con mano maestra, los fines de semana, en el Centro de la Imagen. Ahí, un grupo de bisoños pero bien templados actores desafía los hábitos palaciegos del teatro y se lía rabiosamente con uno de sus grandes monstruos: La vida es sueño.

Merced a la adaptación y dirección de Ricardo Díaz, el verso calderoniano, “agudo como un silogismo, laberíntico como una pieza de ingeniería espacial”, según Octavio Paz, encuentra su sombra en un discurso escénico que alterna el fragmento que identificamos con el sueño y la fluida continuidad en que creemos percibir la vida.

Ahí, la condición ilusoria del teatro no se impone, sino que se desarrolla con absoluta naturalidad: como nos sumergimos en la ensoñación o transitamos a la vigilia. La supresión, o más bien el reordenamiento de las convenciones aceptadas de la escena, como el aplauso que aquí se realiza a mitad del recorrido y dentro de la propia ficción, corresponden al imperceptible paso entre la realidad del intérprete, el ensayo, la representación y, nuevamente, su inserción en el mundo.

La materia dramática de Calderón despierta en su nueva torre: una galería de horrores balcánicos, un deshuesadero de anacrónica tecnología de la comunicación, un mundo de sobrevivencia subterránea, cuya atmósfera se densifica paulatinamente hasta grados de la asfixia, el delirio y la absoluta desorientación.

En el linde del culto a la imagen que sanciona, la audaz realización se sostiene, no obstante, dada su prodigiosa economía de guerra, la pureza de sus símbolos, la entrañable dimensión de una iconografía donde el zapping se blande cual mortífera espada, y, sobre todo, por una escalofriante especie de grado cero de la actoralidad.

Mezcla de entrega y espontaneidad, sin aspavientos, sin alardes de intensidad, el admirable elenco (Gustavo Sánchez-Parra, Edwin Culp, Gabriel Yépez, Paulina Chamorro, Guadalupe Damián, Alfonso Cárcamo, Ixchel Sánchez y Alfredo Herrera, ¡cuyos nombres guarde la historia!) sumerge al espectador en un estado de duermevela, en el cual el hecho actoral aparece como lo más natural del mundo. En esa atmósfera de fisicalidad y profunda convicción, los versos de Calderón, mal dichos, prosificados, muchas veces inaudibles, erizan la piel, agudizan el oído, hacen girar al intelecto y emocionan como nunca dada la densidad del contexto. Una línea, una palabra, un eco apenas, sacude al ser con la fuerza multisecular del poema.

Bosque de resonancias y de sombras, la nueva prisión de Segismundo atrapa al público que recorre sus oscuros pasadizos. Dúctiles conducidos, forzados a observar la multiplicidad del sentido desde las variables perspectivas, los espectadores se ven de pronto involucrados en el filoso juego de realidades y, finalmente, obligados a perseguir su libertad, a tomar sus propias decisiones.

Como en el caso de toda droga que se respete, la experiencia tiene su precio. La realización de Ricardo Díaz –¡aquí su grandeza!– jamás hace concesiones; es más bien una exigencia permanente, un radical desafío a la paciencia, la atención, la agudeza sensible, e incluso, la disposición física del participante.

Un veneno para apurarse gota a gota.