FICHA TÉCNICA



Título obra La historia del soldado

Autoría Ígor Stravinsky y Charles Ferdinand Ramuz

Dirección Victoria Gutiérrez

Elenco Ari Brickman, Manuel Poncelís, Arturo Reyes, Djahel Vinaver

Escenografía Xóchitl González

Notas de Música Jorge Mester / dirección musical

Espacios teatrales Foro Experimental de la Escuela de Danza

Productores Producciones Paraguas

Referencia Rodolfo Obregón, “La historia del soldado”, en Proceso, 14 mayo 2000, pp. 85-86.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

La historia del soldado

Rodolfo Obregón

En la atmósfera efervescente de principios del siglo veinte, llama la atención el radical esfuerzo renovador en todas las disciplinas del arte y, particularmente, la colaboración de las grandes personalidades creadoras en los terrenos de la representación. A la luz de aquellas experiencias, nada es menos novedoso que la creación interdisciplinaria.

De las sesiones de los futuristas italianos a las provocaciones públicas de dadá, el hecho vivo de la representación fue utilizado siempre como el lugar idóneo para desafiar las convenciones del arte establecido y al cómodo espectador que lo sustenta.

Amén de facilitar el acceso a un público amplio, la multiplicidad de lenguajes que conviven en el hecho escénico permitía el replanteamiento radical de las relaciones del arte con la sociedad de su tiempo. Si a esto añadimos el carácter desacralizado, frívolo o francamente vulgar, de formas de expresión como el circo o el teatro de variedades, es posible explicar la convergencia, en tales latitudes, de artistas tan inquietos como Picasso, Satie y Cocteau (Parade), para citar sólo un ejemplo.

A esta atmósfera corresponde La historia del soldado (1918), de I. Stravinsky y F. Ramuz, que sube a escena martes y miércoles en el Foro Experimental de la Escuela de Danza del Centro Nacional de las Artes, bajo el sello de Producciones Paraguas.

Y a la recuperación de aquellas ríspidas y brillantes tonalidades corresponde su primer gran acierto: el espacio diseñado por Xóchitl González que incluye, en una especie de tribuna circense, la presencia de los músicos ataviados dentro de las convenciones establecidas para la soirée.

Con un fondo que recuerda el estilo decorativo de la época, la pista central es un octágono de arena que invita tanto al ejercicio clownesco como al dibujo alucinatorio de los derviches. Con toscos elementos de amplio poder sugestivo, como la minimalista representación del pueblo, el espacio convive con la vigorosa partitura interpretada por Noemí Brickman, Víctor Flores, Jean Hay, Lucy Mackall, Christopher Thompson, Gustavo Rosales y Gabriela Jiménez, quienes persiguen afanosamente la invisible batuta de Jorge Mester.

Reelaboración de ritmos populares, marchas espectaculares y paródicas tonadas, la singular orquestación de Stravinsky convoca a su vez la pantomima-narración de la fábula mística propuesta por Ramuz.

Encarnada por Ari Brickman, Manuel Poncelís, Arturo Reyes y Djahel Vinaver, bajo la dirección de Victoria Gutiérrez, la alegoría moral del soldado, cuyo ser se disipa en las ilusiones provistas por el diablo, funciona con particular encanto gracias al misterioso aspecto del narrador (Poncelís) y a la enérgica eficacia de seductor y seducido.

Particularmente brillante en su “danza del Diablo”, Reyes hace un malicioso contrapeso a la cándida rigidez del Soldado, donde Brickman se siente a sus anchas. Poseedores de sentido musical y una sólida preparación física, ambos actores son capaces de sostener con éxito un auténtico tête à tête con la bailarina (Vinaver) o con la pequeña pero poderosa orquesta.

Este sentido de integración, la peculiar sensualidad de todos los elementos y, por supuesto, la riqueza de la música, hacen de La historia de un soldado una experiencia muy disfrutable que contrasta con la ausencia de vitalidad (a juzgar desde luego por la única función a que he asistido) de un público de “especialistas” que se acerca a la obra como a un producto claramente fechado.


Notas

Nota aclaratoria: En la columna de la semana pasada, los duendes de la imprenta volvieron a hacer de las suyas. Amén de dejar fuera un par de líneas que daban sentido a sendos párrafos, la fotografía publicada no corresponde al autor de El espectáculo invisible, Luis de Tavira, sino a su hermano Juan Pablo.