FICHA TÉCNICA



Título obra La reina de Leenane

Autoría Martin McDonagh

Dirección Ionna Weissberg

Elenco Blanca Guerra, Angelina Peláez

Escenografía Saúl Villa

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Rodolfo Obregón, “La reina de la provincia”, en Proceso, 3 diciembre 2000, p. 77.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

La reina de la provincia

Rodolfo Obregón

Junto a la rica tradición dramatúrgica irlandesa, a la que recién hemos aludido en esta columna, existe en la actualidad una lamentable tendencia a explotar sentimentalmente el doloroso pasado de una nación que, por el contrario, ha dejado atrás aquellos tiempos y, hoy día, se presenta al mundo como ejemplo cuasi milagroso de transformación económica y social.

Uno de los grandes éxitos del west-end londinense, en estos momentos, es justamente la comedia irlandesa Stones in his pockets, sobre las tragicómicas vicisitudes de un grupo de campesinos locales contratados como extras en una opulenta producción cinematográfica norteamericana.

Amén de su impecable factura y eficientísima actoralidad (dos únicos actores representan docenas de personajes), aquel espectáculo plantea un agudo problema ético: durante la escena climática, cuando los extras se ven obligados a bailar alegremente e impedidos de asistir al sepelio de un paisano humillado que (como indica el título) llenó sus bolsillos de piedras para hundirse en el mar, el público que abarrota la sala irrumpe con un estruendoso y feliz aplauso.

La respuesta no sorprende. El espectáculo (concebido y realizado por un equipo irlandés) está hecho para eso y comprueba la cómoda y dolosa abulia que suele acompañar a la bonanza.

En la misma tendencia oportunista, que saca provecho –a toro pasado– de la observación de las miserias vividas por un pueblo admirable, se coloca la obra de Martin McDonagh, La reina de Leenane, que, bajo la dirección de Ionna Weissberg, realiza temporada de fines de semana en el Teatro Helénico.

En esta pieza, acerca de la opresión que una madre ejerce sobre su hija solterona, el chantaje sentimental, el regodeo en los estereotipos de conducta de los irlandeses, se vuelven tanto más burdos y evidentes conforme las circunstancias se desfasan del marco de la realidad contemporánea y su problema se concentra en la pérdida de la virginidad de la protagonista.

Por si fuera poco, y a diferencia del mucho más refinado –y por tanto engañoso– entramado o la brillante teatralidad de Stones in his pockets, la obra de Martin McDonagh presenta una concepción anecdótica y estilística tan anacrónica como el tema y el mundo que pretende retratar.

Nada hay en la puesta en escena de Iona Weissberg que atenúe el empolvado y previsible naturalismo del texto. Por ello, resulta un desperdicio contar con el apoyo de un artista plástico como Saúl Villa, para descubrir los modos y usos de la escenografía anterior a Antoine; y con el de dos actrices como Blanca Guerra y Angelina Peláez, para someterlas a un duelo de artificiosas caracterizaciones que, por supuesto, ha de ganar la segunda.

Más allá de la crítica a la adulterada visión romántica de la “pobre Irlanda” que esta obra presenta, la pregunta fundamental aparece en el momento de escenificarla en México. ¿Qué nos importa aquí y ahora el drama de esta “señorita a disgusto”, arrojada a la locura por la crueldad de su “Bernarda”? ¿No hemos tenido bastante con nuestro propio centenar de vírgenes canosas?

¿Qué pasa con nuestro teatro cuando sus productores privados más “audaces”, con apoyo de dineros públicos, presentan, en plena época del correo electrónico, el consabido argumento de un destino que se arruina por una carta arrojada a la chimenea?

Los estragos del provincianismo, está visto, no son un problema de Irlanda.