FICHA TÉCNICA



Título obra Cómo aprendí a manejar

Autoría Paula Vogel

Dirección Otto Minera

Referencia Rodolfo Obregón, “Cómo aprendí a manejar”, en Proceso, 23 julio 2000, pp. 65-66.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Cómo aprendí a manejar

Rodolfo Obregón

Latidos de motores. Ráfagas de luz. Una bocina que se acerca. Entre los aros luminosos, las piernas delgadas de una mujer. En la intensidad del escenario se despliega la imagen clásica del sueño americano: una bella mujer tendida provocativamente sobre la refulgente lámina de un automóvil. Los sueños no siempre terminan bien, la chica es menor de edad.

Ataviada con un vestido veraniego que permite lucir su intenso bronceado, la estrella de telenovelas avanza hacia proscenio para iniciar el relato. Sólo un distraído aplaude la espectacular presentación. Instalada en personaje, la actriz pronuncia la incómoda palabra: pederastia. Ninguna reacción. ¿Los tiempos han cambiado?

No tanto como pareciera. La tensión se diluye inmediatamente envolviendo la palabra en un chiste. La autora deja ver desde las primeras líneas su neoyorquino espíritu de competencia; está dispuesta a todo (controvertida la llaman en el programa de mano), excepto a poner en riesgo a la taquilla.

Destreza no le falta. En ágil estructura de saltos temporales, la narración se intercala con el comentario, la escena dramática con la lírica exposición de los personajes. Tampoco escasea el alivio del humor. A well done play donde el tío Paco inicia a su Cachito en el excitante oficio de echar a andar motores.

El Cadillac, el Buick y el Dodge no son lo mismo que un Volkswagen. Sus asientos son mucho más amplios. Por ello, y a pesar de la tersa traducción y la cachondez musical del trópico, la adaptación a Tenochtitlán resulta forzada. ¿Quién requiere licencia para conducirse en este rancho?

Nadie avisó del traspaso al escenógrafo que, a pesar del convencionalísimo giratorio, abre las ventanas del espectador a un paisaje extraordinariamente americano, a un recorrido visual de depurada y sugestiva belleza. Tan lejos está su “dirección de arte” de los “decorados” importados de antaño, como esta tenue Lolita de aquella rebelde novicia.

Las formas de la actoralidad, en cambio, no parecen avanzar al ritmo de los tiempos. Débil con el acelerador, la dirección se conforma con una penosa caracterización de todos los personajes secundarios. Por el espejo retrovisor, los sujetos de tan esquemático trazo parecen aún más lejanos.

Temeroso frente a la sinuosidad del camino, el director pisa el freno de sus protagonistas con excesiva frecuencia. Lejano, frío, incluso inaudible, el tío Paco desperdicia el encanto natural con que podría enloquecer a las chiquillas. En las autopistas de la conducta humana, se siente ajeno el brillante especialista de los caminos rurales.

Apostada en el lugar de timonel, Cachito transita sin sorpresas a lo largo de la obra. Ante la dificultad de recorrer un significativo arco de tiempo, se le agradece la renuncia a artificios y simplificaciones, pero al interpretar los caminos de su vida se echa de menos el arrojo.

Cómo aprendí a manejar, de Paula Vogel, bajo la dirección de Otto Minera, es un modelo del año. Ultima moda anglosajona: temática atrevida y realización domesticada. Potencia de arranque y cinturones de seguridad.

Los productores mexicanos nunca se han distinguido por su audacia. Exigen, desde hace muchos años, la garantía de ventas que les otorga la marca americana.

En fin. Hay quien gusta de conducir su costoso vehículo por las amplias y rectas carreteras, el control automático justo en la velocidad permitida, para dormitar plácidamente o quizás, en un gesto de sorpresiva vitalidad, atreverse a pensar en los senos de su encantadora sobrina.