FICHA TÉCNICA



Título obra Sala de espera

Autoría Benjamín Gabarre

Dirección Alejandro Ainslie

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Rodolfo Obregón, “¿Qué esperan?”, en Proceso, 11 junio 2000, pp. 83-84.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

¿Qué esperan?

Rodolfo Obregón

Espectador atribulado por los imprevistos de la gran ciudad, uno cae en miércoles a La Gruta del Teatro Helénico, paga ochenta pesos, y se topa con una obra llamada Sala de espera, de Benjamín Gabarre, bajo la dirección de Alejandro Ainslie.

Para saber algo más sobre el desconocido dramaturgo, uno tiene la osadía de solicitar un programa de mano. Con cara de pocos amigos, como están acostumbrados a hacer cualquier cosa, los técnicos, que también reciben al público en la puerta, dicen que no hay. (En el Helénico, que cuesta lo mismo pero es de otra categoría, le entregan al menos una fotocopia). Y ni modo de ir a quejarse con el jefe, pues todo el mundo murmura que está ocupado aprendiendo a manejar.

De Ainslie, en cambio, el espectador sabe que es un director damnificado por la huelga de la UNAM y que suele apostar por la incierta dramaturgia de jóvenes autores (Baje la voz, Alicia detrás de la pantalla). Con esa única referencia, entra a la sala.

En lugar del mentado programa, pero siempre de mal modo, el tramoyo le entrega a uno algunos formularios (BH 402, BH 306 y BH 900). El colmilludo espectador piensa inmediatamente que se trata, como en los años setenta, de un teatro participativo y siente unas ganas infinitas de huir. Si por desgracia, o disciplina, no lo hace, la escena pronto lo desmentirá.

La escenografía, que a falta de programa podría estar firmada en alguna de las paredes laterales, remite a la sala de espera de un inhóspito hospital; a la derecha un módulo de información, a la izquierda una puerta y al fondo una ventana. Durante la primera escena, que como en toda obra de principiante será igual a la última, los personajes engoman, doblan y sellan estilizadamente su montón de formularios. ¡Ah!, piensa el experto, ¡se trata de teatro-danza! Tampoco.

Entre los actores presentes, el despistado espectador reconoce únicamente al protagonista de “Lolita” (el comercial) que es muy mal actor pues todo el tiempo pretende afirmar lo evidente: hace como que no actúa. Junto a él, están un hombre de gabardina con la imprescindible cámara de video (los concursos de dramaturgia joven podrían hacer obligatoria la presencia de este personaje), una mujer de buen ver, otra vestida de hippiteca que cuando camina hace como que camina y, en el fondo, una señora que permanecerá inmóvil por más de media hora con un ramo de rosas blancas en el regazo y sufriendo intensamente.

Por la puerta de la izquierda aparece entonces un burócrata que explica los imposibles mecanismos de ingreso. ¿Teatro del absurdo? ¡Sí! Por la misma puerta, a la que nadie más tiene acceso, aparece otro solicitante que se llama Max y siempre está muy enojado porque no lo dejan entrar. ¿Para qué se salió entonces?

A los cinco minutos, la situación está totalmente estancada. El intérprete de Lolita hace chistes bobos; la mujer de buen ver, vestida de niña bien, reclama al aparecido, que tiene pinta de delincuente, porque siempre fue un niño bien; la hippiteca sufre con las discusiones y hace como que sufre. Media hora después, la mujer del fondo, la única que realmente sufre (y en quien el espectador asiduo puede reconocer a Conchita Márquez), se levanta y, en su simbólico papel de Homenaje al Seguro Social, entrega una rosa blanca a cada uno de los personajes mientras pronuncia la frase que es la cima poética del joven Gabarre: “Es inútil cultivar recuerdos”.

Después de tamaña experiencia, el intolerante espectador pasa la hora que resta preguntándose si el director y los actores, a fuerza de llenar solicitudes, no se dan cuenta de lo que hacen. Pero, sobre todo, se interroga sobre los motivos que mantienen al público en la sala. ¿Qué esperan?

Hacia el final de la obra, el hombre de la cámara (con permiso del burócrata) y el aparecido (sin permiso y muy enojado) se arrojan por la ventana. Ganas de imitarlos no faltan.