FICHA TÉCNICA



Título obra Ecos y sombras

Dirección Alberto Lomnitz

Elenco Sergio Isaac Falconi, Zaira Haddas, Lucila Olalde, Joana Brito, Luis Rábago

Música Eugenio Toussaint

Grupos y compañías Grupo Seña y Verbo

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Rodolfo Obregón, “Vol(ver) a oír”, en Proceso, 28 mayo 2000, pp. 82-83.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Vol(ver) a oír

Rodolfo Obregón

Supongo que cuando Luis de Tavira señala la necesidad de un teatro “de lo otro”, se refiere a espectáculos como Ecos y sombras, del grupo Seña y Verbo que, bajo la dirección de Alberto Lomnitz, se presenta todos los lunes en el Teatro Helénico.

Porque, lejos de las historias y temáticas del teatro “de lo mismo”, la obra se plantea como un vehículo de exploración de un fenómeno discutido hasta hoy en los terrenos de la ciencia y las prácticas terapéuticas y que encierra, necesariamente, un profundo conflicto humano. Porque, amén de su interés general, el espectáculo dialoga directamente con un sector específico de la sociedad.

El drama que resulta al enfrentar las formas de percepción, estructuración del pensamiento y el lenguaje de quienes han perdido el sentido del oído con las de aquellos que poseyéndolo han olvidado su función, desata, en efecto, los ecos y las sombras de dos universos sensibles idénticos y, a la vez, claramente diferenciados.

En su noble afán por devolver al espectador oyente la conciencia del valor de oír, el espectáculo de Alberto Lomnitz se apoya anecdóticamente en la historia de un músico que pierde súbitamente el oído, y lo enfatiza, en términos sensoriales, a través de la inquietante presencia de la música de Eugenio Toussaint y de una sonorización que rinde perceptible la sensación de encierro derivada de un mundo sin voces.

En su definida voluntad de incidir en la discusión sobre las formas más adecuadas de comunicación para los sordos, Lomnitz construye una trama paralela sobre las tensas relaciones familiares que genera esta condición, y lo sobre enfatiza con la inserción de un esquemático debate, de vieja raigambre entre los especialistas, sobre las ventajas y desventajas del bilingüismo (señas y español) frente a las soluciones médicas y las terapias de rehabilitación oralistas.

El didáctico debate, cuyos dados están cargados de antemano en favor del bilingüismo, alarga innecesariamente la obra para subrayar lo que ya es evidente en la materia dramática. Lo mismo sucede con la larga escena de las diapositivas que, finalmente, se resume en una hermosa frase del compositor, quien, sentado en la cima del volcán, descubre el valor musical del paisaje.

El reiterativo alargamiento reduce por desgracia la sugerente reverberación de las escenas que, en los frágiles límites de la ficción, son representadas por un elenco mixto de actores sordos y oyentes. El singular fenómeno propiciado por Seña y Verbo revela una faceta no menos fascinante que el universo descrito.

Convencidos de su misión sobre la escena, defensores apasionados del discurso que encarnan, Sergio Isaac Falconi, Zaira Haddas y Lucila Olalde, los intérpretes sordos, dan un baño actoral a dos viejos lobos de la escena como son Joana Brito y Luis Rábago.

A las evidentes ventajas del bilingüismo habría que añadir la calidad expresiva del movimiento y la liga profunda entre la palabra (la seña en este caso) y sus contenidos emotivos. La transparente honestidad de estos tres jóvenes pone en evidencia el artilugio que, durante años, ha construido Luis Rábago: la falsificación en el uso de la palabra para ocultar la ausencia definitiva de emociones.

Más allá de su ámbito deliberado de influencia, Ecos y sombras permite a practicantes y espectadores del teatro “de lo mismo” la oportunidad de volver a oír, de escuchar con la vista, de valorar, frente a la insensibilidad a que puede conducir todo oficio, el peso definitivo de la convicción. Y esa oportunidad se aplaude agitando en alto las manos.