FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios sobre las publicaciones El libro de oro del teatro mexicano, de Jorge Ibargüengoitia, y El espectáculo invisible, de Luis de Tavira

Referencia Rodolfo Obregón, “El milagro”, en Proceso, 7 mayo 2000, p. 90.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El milagro

Rodolfo Obregón

En 1990, los destinos de Jorge Ibargüengoitia y Luis de Tavira se cruzaron, con la mediación de Vicente Leñero y Alejandro Luna, en la puesta en escena de Clotilde en su casa. Al finalizar la década, ambos hombres de teatro vuelven a coincidir; ahora a través de la página impresa y gracias a los milagrosos oficios de David Olguín y Pablo Moya.

Con idéntica fecha en el colofón y sendas introducciones de Luis Mario Moncada, El libro de oro del teatro mexicano, de Ibargüengoitia, y El espectáculo invisible, de Tavira, vienen a enriquecer la ya espléndida serie “El apuntador” de Ediciones El Milagro.

Radicalmente opuestos en la manera de abordar el fenómeno escénico y en el tono de la escritura, ambos libros son, sin embargo, ejemplos contundentes de las variadas modalidades que adopta la imprescindible necesidad de pensar el teatro.

Como sugería Baudelaire, sería “una monstruosidad, un desafío a toda ley física”, que un crítico “se convirtiera en poeta”, pero “es imposible que un poeta no contenga a un crítico”. En los casos del dramaturgo y el director mexicanos, efectivamente, la reflexión es el resultado de una pausa en la que el practicante se interroga sobre “las leyes obscuras que derivan de aquello que ha producido”.

Idealmente, dicha reflexión conduciría a un replanteamiento de la propia actividad. A Ibargüengoitia lo condujo más bien a abandonar el teatro. Mas esto no significa que hubiera descubierto la inutilidad del discurso dramático, sino su inoperancia en el marco caótico de la actividad teatral mexicana.

Este “contexto de arbitrariedad y sin sentido”, como sugieren la brillante introducción y las atinadas notas de Moncada, justifica la despiadada mordacidad con que el futuro novelista aborda la dramaturgia, la creación escénica, las políticas teatrales y hasta la conducta del público (“el más imbécil de todos los elementos del fenómeno dramático”), entre 1961 y 1964, desde su tribuna en la Revista de la Universidad.

Pero el proverbial humor cáustico del guanajuatense, que hace la delicia de El libro de oro del teatro mexicano (excepto, supongo, para los varios ¿sobrevivientes? de aquellos cañonazos), no se agota en sí mismo, sino que, con el paso del tiempo, revela un pragmatismo, una apertura (¡El único bien librado resulta ser Alejandro Jodorowsky!) y una falta de condescendencia (“respeto mucho más al teatro que a las obras que se montan en él”) a los que bien haríamos –ahora sí– en escuchar.

En las antípodas de este escudriñamiento de la práctica circundante, la reflexión de Luis de Tavira se centra en el fenómeno mismo del teatro y, particularmente, en el oficio del actor, su celebrante imprescindible.

El espectáculo invisible, paradojas sobre el arte de la actuación, que ha sido publicado casi en simultaneidad por la Asociación de Directores de Escena de España, adopta la forma de un libro de ejercicios espirituales a través de 365 disquisiciones, claramente condensadas y, por tanto, estimulantes de una prolongada observación.

De ritmo pausado, sólo modificado por alguna fulgurante sentencia, la lectura de este libro confronta nuevamente con razonamientos medulares que el infatigable director ha expuesto en otros espacios desde hace muchos años; reducidos a su esencia, y evaporadas las circunstancias en que fueron formulados, se incorporan con naturalidad al continuo del pensamiento taviriano.

Apasionado de la pasión y entusiasta del retruécano, Tavira goza haciendo estallar las múltiples paradojas del teatro, desfaciendo los entuertos del dogmatismo pedagógico y proponiendo devenires inéditos para el teatro, a través de ingeniosos aforismos, sabias consejas e intrincadas formulaciones filosóficas.

Pero, sobre todo, El espectáculo invisible nos pinta de cuerpo entero (y con toda la barba), a un amante del hecho escénico tan dispuesto a celebrar la presencia del actor (“no sería infundada la sospecha de que la condición del actor debe ser la más aspirable cima de la vida humana”) como angustiosamente anhelante del milagro de su elevación de entre los escombros de nuestro teatro.


Notas

[N del E. La transcripción que se presenta aquí reproduce el original proporcionado por el autor. En la versión impresa la redacción de la revista suprimió un par de frases, el crítico publicó una aclaración en la nota del 14 de mayo de 2000.]