FICHA TÉCNICA



Título obra Los endebles

Autoría Michel-Marc Bouchard

Dirección Boris Schoemann

Elenco Raúl Adalid, Rubén Castillo, Fernando Briones, Raúl Méndez, Octavio Castro, Constantino Morá, Jorge de los Reyes, Eduardo Ruy, Juan José Meraz, Hugo Arrevillaga

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Rodolfo Obregón, “Vocación por el melodrama”, en Proceso, 26 marzo 2000, p. 65.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Vocación por el melodrama

Rodolfo Obregón

En años recientes, Boris Schoemann ha consagrado su energía a la generosa tarea de traducción y difusión de textos dramáticos contemporáneos (Koltès, Copi, Müller y Mueller, entre otros). Hoy, en diferentes espacios de la ciudad de México, se presentan dos obras dirigidas además por él, 2050, la balsa de los muertos y Los endebles, de Michel-Marc Bouchard, que realiza temporada de viernes a domingo en La Capilla.

Trabajo de graduación, la puesta en escena de Los endebles reúne a egresados de varias generaciones recientes del Centro Universitario de Teatro, todos ellos varones dados los claros ecos genetianos del texto –cero y van cuatro– quebecois.

Estructura poliédrica de representaciones martirológicas, la obra de Bouchard se centra en la apasionada relación homosexual de una pareja de adolescentes en el intolerante contexto de un pueblo canadiense de principios de siglo.

A pesar de su intrincada organización en forma de cajas chinas, la obra no logra trascender el contexto sentimental de la anécdota pues, a diferencia de Genet, los múltiples juegos de representación jamás ponen en duda la realidad de la materia representada y los personajes, poseídos de una exaltación melodramática, carecen de complejidad.

Más nacional que los nacionales, acostumbrados a un teatro y un cine sobresentimentalizados, Schoemann se apropia con entusiasmo del material dramatúrgico y construye una ágil y limpia puesta en escena, sólo enturbiada en algunas escenas de grupo, y una eficaz actoralidad apoyada en la unilateralidad emotiva o la caracterización corporal, en franco contraste con el exceso de coloquialismo –ausencia de construcción– presente en las formas del habla.

El amplio elenco masculino, como la viña del señor, muestra una gran variedad de estilos y posibilidades actorales. En el papel de los sobrevivientes, organizador e involuntario espectador de la representación autobiográfica, Raúl Adalid y Rubén Castillo se limitan a ilustrar su antigua rivalidad y desperdician la posibilidad de evolucionar emotivamente conforme a los avances narrativos de su pasado. Con un físico que los iguala en edad, Fernando Briones aparece como un actor más sincero colocado en un personaje menor.

Cumpliendo cabalmente con la caracterización exigida, Raúl Méndez y Octavio Castro se sienten constreñidos por la estructura formal de Timoteo Doucet y Lidia-Ana de Rozier, pero, aún ahí, logran revelar una atrayente intensidad y un compromiso definitivo con la ficción. La construcción formal, en cambio, funciona como sustituto de veracidad en El padre San Miguel de Constantino Morán y en el joven Bilodeau, de Jorge de los Reyes, cuyas íntimas motivaciones permanecen ocultas siendo el motor desencadenante del drama.

Por su parte, Eduardo Ruy deja ir de largo al personaje más atractivo, por sus implicaciones trágicas y su profunda ridiculez: La condesa de Tilly. Desconcentrado, carente de convicción, el actor pretende resolverlo todo con una artificial sonrisa con la que remata todo gesto o parlamento.

En los roles centrales de la obra –los jóvenes amantes–, Juan José Meraz se deja querer cual auténtico Simón y fluye con especial naturalidad, si bien abusa de sus características personales. Junto a él, Hugo Arrevillaga aparece como un apasionado Vallier, tan convencido de su pasión como de su misión sobre el escenario. Todo sinceridad, el joven actor consigue la naturalidad a través del único camino legítimo, la total identificación con su personaje.

El espectador que tiene la fortuna de asistir a Los endebles la noche que Arrevillaga interpreta al amante sacrificado (pues alterna papeles con Constantino Meraz), puede constatar su importancia en el éxito de una obra que, más allá de nuestra endeble vocación melodramática, satisface por la apasionada entrega de sus intérpretes.