FICHA TÉCNICA



Título obra La edad de la Ciruela

Autoría Arístides Vargas

Dirección Marcela Aguilar

Elenco Teresa Rábago, Olga González, Karina Jiménez

Espacios teatrales La Casa del Teatro

Referencia Rodolfo Obregón, “ La edad de la Ciruela”, en Proceso, 12 marzo 2000, pp. 65-66.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

La edad de la Ciruela

Rodolfo Obregón

Cada día, por fortuna, es más común que los proyectos teatrales en nuestro país se generen en la inquietud de uno o más actores que han asumido activamente –cualesquiera que sean las razones– la responsabilidad de sus trayectorias artísticas y han dejado de esperar al director, el autor o el productor que “los llame”.

Esta actitud permite creer en la revitalización de un teatro urgido de nuevas formas de producción y, sobre todo, de actores que estén dispuestos a recuperar la principalidad de su oficio dentro del hecho escénico.

Tal es el caso de La edad de la Ciruela, proyecto animado por Teresa Rábago, cuya temporada de fines de semana se alarga en el pequeño espacio de Casa del Teatro, para beneplácito de los selectos espectadores.

Con una claridad meridiana respecto a su papel en el arte que nos ocupa, y luego de la disolución del Taller del Sótano, la actriz ha convocado a un acontecimiento que refunda el teatro al colocar el cuerpo del actor como eje del discurso dramático y a su emoción como resultado inequiparable de la experiencia escénica.

Junto con la coreógrafa Marcela Aguilar, quien firma la dirección, y con la complicidad de Olga González y Karina Jiménez, Rábago recurre a un texto del argentino-ecuatoriano Arístides Vargas (autor y director de Jardín de pulpos) que teje, en una estructura de saltos temporales y juegos de representación, la genealogía de sus protagonistas: dos mujeres, dos hermanas.

Mundo de soledades y anhelos que se construye a partir de la ausencia de hombres, una ruda educación sentimental y la presencia, pese a todo, de mujeres extraordinarias, el texto de Arístides Vargas echa mano con previsible frecuencia de estampas características de “lo real maravilloso”, como la excéntrica Tía Adriática, la atmósfera provinciana estancada en el tiempo, las visiones de infancia necesariamente ligadas a áticos y roperos.

Sin embargo, la sutil dirección de Marcela Aguilar cuida bien de no ilustrar la imaginería folclórica del texto, extrae de él sus líneas esenciales, potencializa su sentido del humor y pone el acento en las relaciones de los personajes, a través de una puesta en escena realizada con un mínimo de elementos y sacando máximo provecho de la topografía del lugar.

Dada su trayectoria, la directora no puede rehuir una cierta tendencia coreográfica de la puesta en escena, así como una mirada estetizante que se traduce en ritmos sosegados, imágenes líricas, acariciante acompañamiento musical; pero el énfasis puesto en el cuerpo, sus formas elementales de relación con el espacio, la síntesis gestual a la que somete a sus actrices, terminan por convencer al espectador sobre la pureza y la honestidad del espectáculo.

Dentro de este limpio esquema, que limita la participación de Karina Jiménez a la pincelada dancística en lugar de utilizarla como detonador de profundas emotividades, Teresa Rábago y Olga González realizan un trabajo tan sincero como eficiente. Dueña de todos sus recursos expresivos, Rábago se impone por la sugerente claridad de su voz, sus registros tragicómicos y la impecable factura de las múltiples personalidades representadas; Olga González lo hace, de un solo golpe, por su contundente presencia y la intensidad que permite entrever en la mirada.

Juntas, estas dos actrices realizan una exploración de las fuentes del drama para demostrar que, sobre el escenario, sólo aquello que se concreta en el cuerpo del actor existe (las grandes ideas, las imágenes extraordinarias, los grandes textos); y que, como en el caso de la ciruela, la edad de los actores suele determinar si el teatro produce vinos o vinagres.