FICHA TÉCNICA



Título obra El censor

Autoría Anthony Neilson

Dirección Jorge A. Vargas

Elenco Alicia Laguna, Laura Almela, Arturo Ríos

Escenografía Edyta Rzewuska

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Rodolfo Obregón, “El censor”, en Proceso, 27 febrero 2000, p. 70.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El censor

Rodolfo Obregón

In-yer-face es el nombre que reúne a un grupo de jóvenes dramaturgos de lengua inglesa, asociados al Royal Court Theatre de Londres, cuya airada voz e impacto público hacen pensar en una nueva generación de iracundos. Trainspotting de Irvin Welsh, Blasted –traducida como Reventado en la revista española ADE– de Sarah Kane, Mojo de Jez Butterworth, East is East de Ayub Khan-Din y Shopping and fucking de Mark Ravenhill son algunos de sus títulos emblemáticos.

Pero a diferencia de los escándalos desatados por los angrymen, estas obras, plenas de violencia sexual, escatología y nihilismo, han tenido una aceptación inmediata. La primera ha sido llevada con éxito al cine –y convertida en México en materia de morbo comercial–, la última está presente en todas las carteleras de Europa –de Madrid a Varsovia–, East is East ha roto los records de asistencia del teatro inglés contemporáneo. Los tiempos han cambiado.

Por ello, no puede pensarse que El censor, de Anthony Neilson, sea una obra preocupada por las cortapisas a la libertad de expresión en el arte. La censura de un filme porno, su obvio paralelismo con la relación entre el censor y la cineasta, e incluso el discurso autorreferente, son tan solo el carapacho anecdótico que debería sostener una mirada desencantada sobre las íntimas ataduras, la constricción de los espacios de humanidad.

La metáfora no logra empero desprenderse del tejido de los acontecimientos por el apego del autor a cierta psicología mecánica –el suceso infantil que determina la represión del adulto– y a la presencia de lo que un célebre director teatral suele llamar “materia fecal freudiana” –literal en el caso de la fantasía liberadora del censor–. A pesar de su impecable factura –a well done play–, el final de la obra diluye las posibilidades de subversión en las complacientes aguas del melodrama.

Sin embargo, con la puesta en escena de El censor, Jorge A. Vargas ha construido en La gruta del Helénico, un espacio de sórdida poesía que logra trascender las posibles limitaciones del texto y ofrece, viernes y sábados, una experiencia teatral altamente estimulante.

En la discreta y muy eficiente interpretación escenográfica de Edyta Rzewuska, La gruta es más gruta que nunca: sótano de la sociedad industrial, covacha de almas, recámara de metálica frialdad. En ella, el encuentro entre los oscuros personajes adquiere un tono soterrado en franco contraste con la colorida vitalidad que alcanza apenas a percibirse en la proyección del filme o en el simbólico e intocado jugo de naranja que acompaña e ilumina las intervenciones de la mujer del censor.

La expresiva y explosiva inmovilidad de la esposa juega también como contrapeso a la amplia codificación gestual del censor y la señorita Fontaine. Característica del trabajo de Jorge A. Vargas, esta estricta estilización corporal parecería a priori contradecir las connotaciones psicológicas del texto. Por el contrario, su exactitud y precisión terminan por dimensionar al texto, más allá de sí mismo, como patente demostración de un código de comunicación que trasciende el limitado universo de las palabras.

Desde luego, este trabajo no sería posible sin la apasionada y apasionante entrega de los actores. Alicia Laguna realiza su papel de esposa con absoluta eficacia y se pone generosamente al servicio de los protagonistas, Laura Almela y Arturo Ríos. Dueña de una presencia extraordinaria que acrecienta con su profunda sensibilidad, Almela se siente libre y flexible en el minucioso dibujo de Miss Fontaine. Arturo Ríos, en cambio, presenta una imagen inicial de rigidez, muy acorde al personaje, que parece asfixiarlo. Sin embargo, conforme transcurre la obra, la febril emotividad de este actor excepcional revienta la estructura externa del personaje y atrapa definitivamente al espectador por la veracidad de cada uno de sus momentos y la implacable sutileza de sus transiciones.

Paradójicamente, este censor arroja, in-yer-face, el placer y el poderoso efecto de un teatro que corre riesgos y se adentra, con plena conciencia y sin censura, en el campo infinito de la experiencia humana.