FICHA TÉCNICA



Título obra Noche de estío

Autoría Rodolfo Usigli

Dirección Germán Castillo

Elenco Luis Rábago

Escenografía Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro de las Artes

Referencia Rodolfo Obregón, “¿Noche de hastío?”, en Proceso, 20 febrero 2000, p. 72.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

¿Noche de hastío?

Rodolfo Obregón

“Si la historia fuera exacta y fiel como la poesía, me avergonzaría de haberla eludido”, escribía Rodolfo Usigli, quien, en su obsesiva búsqueda de identidad para el teatro, recurrió permanentemente a la historia como fuente inagotable de tramas, personajes y, sobre todo, temas para establecer el perfil de un posible repertorio, de una “dramaturgia mexicana”.

Usigli sabía que el poema dramático refleja la esencia de los acontecimientos, su carácter imperecedero, en una imagen de absoluta coherencia. Es más, sabía que el drama –en palabras de Alfonso Reyes– “ni siquiera necesita del suceso: le basta la probabilidad; y cuando recoge el hecho histórico, es porque lo acaecido, antes de acontecer, fue probable, luego tiene un elemento de eternidad”.

Tal es el caso de su obra más difundida, El gesticulador, y de una obra temprana (1935) como Noche de estío. En ambos casos, la ficción se urde a través de un suceso probable que refleja la esencia de personajes y acontecimientos reales y “su incorporación a la sangre nacional”. En el caso de Noche de estío, se trata de una hipotética reunión que define el último proceso de sucesión presidencial atribuible al “Jefe Máximo”, en 1934.

Al apoyarse en la verdad humana de sus personajes, Usigli logra llegar en su ficción a lo que Juan Tovar llama “el alma de los hechos” y, al hacerlo, sucede un fenómeno fascinante y no poco común: la obra dramática prevé y anticipa sorpresivamente algunos acontecimientos por venir. La realidad se refunda en la imaginación.

Germán Castillo ha elegido el momento justo para revivir esta espléndida comedia cuyo diálogo puede sentirse por momentos retórico, pero cuyos ecos de actualidad resultan francamente estremecedores. Y, al hacerlo, el director ha optado por una definitiva transparencia: dejar que la obra hable por sí misma.

A través de una escenificación que respeta deliberadamente las convenciones de la escena en tiempos de Usigli, Castillo enfatiza la vigencia de un texto que no requiere actualización alguna y, al mismo tiempo, establece una mirada no exenta de nostalgia sobre los modos y usos de un teatro que se ha ido.

Esencial para conseguir ese resultado es el espacio escénico diseñado por Gabriel Pascal, que sintetiza las formas y estilo de la época con las técnicas de iluminación y realización contemporáneas; síntesis que se echa de menos en el trabajo actoral, cuya rigidez y formalidad no siempre parece autoconsciente y cuyas formas de expresión verbal distan mucho de aquellas de los actores de antaño.

A pesar de ello, el elenco (donde, caso extraño, las actrices están muy por debajo de la eficiencia de los actores) logra la fluidez de una obra salpicada por un ingenio verbal que hace parecer aún más torpes las ocurrencias de nuestros políticos globalifílicos. En su papel de El señor General, Luis Rábago se siente particularmente a gusto con estos juegos de esgrima verbal.

Por todo ello, Noche de estío está muy lejos del título con que la frívola comunidad teatral la ha rebautizado. Sin embargo, la escasa treintena de espectadores de un jueves en la sala del Teatro de las Artes confirma el carácter simbólico de la distancia que separa al escenario de la primera fila de butacas. La distancia física se convierte en distancia mental.

Las arengas de Usigli, por boca del General, para que el pueblo mexicano se haga cargo de su destino, y la declarada expectativa de Germán Castillo “de que el público de hoy halle entretenimiento, sonrisas y tal vez luces para ver mejor nuestro tiempo”, contrastan radicalmente con la falta de respuesta de una nación empeñada en ignorar su historia y la fidelidad de su poesía.