FICHA TÉCNICA



Notas Recuento de los espectáculos de la década de los noventa, aquellos de mayor significación en la opinión del crítico

Referencia Rodolfo Obregón, “Espectaculos de la memoria III”, en Proceso, 9 enero 2000, p. 64.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Espectáculos de la memoria III

Rodolfo Obregón

Puestos ya en el recuento del teatro que fue, se antoja elaborar la lista de los grandes espectáculos teatrales del siglo XX. El inspector, de Gogol, puesta en escena por Meyerhold, Madre Coraje de Brecht, con Helen Weigel en el papel principal, El príncipe constante, del también desaparecido Jerzy Grotowski, formarían parte de esa lista que, dada la naturaleza efímera del hecho escénico, habríamos de elaborar a través de las opiniones y las crónicas de otros.

Pero la grandeza y la tragedia del teatro está íntimamente relacionada con el carácter irrepetible de la experiencia que otorga, con su profunda capacidad para marcar el alma de sus espectadores y, al mismo tiempo, borrar las huellas externas de su presencia. El teatro está escrito sobre la arena.

Por ello, nos conformaremos compartiendo con el lector (en ésta y la próxima entrega) algunas experiencias aportadas por el gran teatro del mundo en la década que los astrónomos y matemáticos se niegan a dar por terminada pero que el frívolo entusiasmo popular ha finiquitado con todos los honores.

Un caso singular lo constituye un espectáculo que recorrió, en ocho o nueve versiones, los vastos territorios de la aldea global y la mitad del siglo que se ha ido. Creado en 1947, El servidor de dos patrones, de Carlo Goldoni, fue el emblema del Piccolo Teatro y la experiencia teatral más gozosa a la que puedan aspirar el espectador más ingenuo y el más exigente. Recreación historicista de la commedia dell’arte del siglo XVI, a través de la comedia dieciochesca y encuadrada en una puesta en escena del siglo XX, el espectáculo se desarrolla como un sistema de cajas chinas para establecer una relación dialéctica entre el presente y la historia, entre el mundo y el teatro, y construirse como un homenaje a sus protagonistas (los célebres arlequines Marcello Moretti y Ferruccio Soleri)y a un teatro entendido como la perfecta armonía entre el espectáculo y su público.

Como otras creaciones de Giorgio Strehler (Fausto de Goethe, Le baruffe chiozzotte, repuesta para conmemorar en 1993 el bicentenario de Goldoni), este Arlequín... mostraba una de las características del teatro finisecular que Italo Calvino sugería como parte de sus Seis propuestas para el próximo milenio: la multiplicidad. Al momento de su muerte, Strehler preparaba una adaptación de las Memorias de Carlo Goldoni que incluiría seguramente una antología de sus propias escenificaciones goldonianas. La magnitud de la empresa, parafraseando a Calvino, pone en evidencia el ansia de agotar la multiplicidad de lo representable en la brevedad de la representación que se consume.

A propósito de los espectáculos del Piccolo Teatro, entre otros, al finalizar la década de los ochenta, el crítico Bernard Dort (también muerto en este periodo) aseguraba: “las noches de los espectáculos iluminadores han terminado”. Cierto, la desaparición de las vanguardias, el conservadurismo de los ochenta y la estética posmodernista del revival dieron sagrada sepultura a la idea del arte como vehículo de transformación de la sociedad y de sus propias convenciones. Sin embargo, la realidad y su reflejo continúan desafiando a las capitulaciones posmodernas y su tan pregonado fin de la historia.

Tampoco ha sido el fin del teatro, y donde quiera salta la liebre; o, mejor dicho, el caballo. La fusión del circo ecuestre, la música étnica y la imagen teatral, ha hecho de los espectáculos de Zingaro, y su gitano-director Bartabas, una de las experiencias fascinantes de la década. La ópera ecuestre, estrenada en el Festival de Aviñón de 1989, enfrentaba la visión del mundo de las culturas caucasiana y bereber a través de sus cantos, sus ceremonias y sus juegos a caballo.

La profundidad y belleza de sus imágenes, el escalofriante nervio de la acrobacia y el íntimo diálogo que sus integrantes sostienen con la naturaleza animal, llevaron a Zingaro a conquistar Nueva York con su Quimera, en 1996. Instalada en Battery Park, esta otra forma del teatro dio el grito de la vida desde la punta que mira al mar en la ciudad que fue, sin lugar a dudas, la proa del siglo XX.